22 febrero, 2024

‘Cuando acecha la maldad’, o por qué la narrativa de una película debería ser una carretera con curvas y no una interminable línea recta

'Cuando acecha la maldad', o por qué la narrativa de una película debería ser una carretera con curvas y no una interminable línea recta


Ya han pasado unos cuantos meses desde que ‘Cuando acecha la maldad’ comenzó a hacer ruido en el circuito de festivales, ganándose la etiqueta de «la mejor película de terror del año» y entusiasmando a unos parroquianos del género que llevaban una larga temporada faltos de una animalada de este calibre. Pero lo nuevo de Demián Rugna tras la reivindicable ‘Aterrados’ dista de la proclamada perfección por un motivo muy concreto.

Que no se me malinterprete. La ganadora del premio a la mejor película en la última edición del Festival de Sitges me ha gustado en líneas generales, y es totalmente comprensible que haya levantado pasiones entre propios y extraños. El terror cinematográfico ha mostrado una tendencia más «sesuda» y contenida durante los últimos años, y el título argentino la ha roto completamente apostando por la visceralidad más salvaje.

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La importancia de los altibajos

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Si algo destaca de ‘Donde acecha la maldad’ es su capacidad de impacto. Sus 100 minutos están repletos de violencia explícita e imágenes de auténtica pesadilla que, pese a dejar clara su voluntad de provocar sin miramientos, funcionan sin demasiados peros y parecen recuperar el espíritu cafre del cine francés de principios de siglo. Un enfoque que, tal vez por la falta de propuestas de este corte en salas de cine, se agradece sobremanera.

Además, a esto hay que sumar la creación de una mitología de lo más interesante —que no se aprovecha plenamente en última instancia— y una dirección notable de Rugna, que se reivindica como un autor diestro a la hora de generar tensión y atmósferas desesperantes. El viaje que propone es intenso, asfixiante y un auténtico infierno sobre la tierra, y esto ya es suficiente como para poder reivindicar la producción.

Pero, como apuntaba al principio del texto, no es oro todo lo que reluce en la historia de Pedro, Jimi y su lucha contra los embichados. El relato peca de ser demasiado plano en lo que respecta a su tono y a su progresión dramática, y esto, en última instancia, termina transformando la tensión y la implicación en monotonía, y distanciándote irremediablemente de los protagonistas y su abrumador conflicto.

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Está claro que las reglas son para romperlas, especialmente en lo que respecta al arte, pero la teoría nos dice que la narrativa de un largometraje debe ir intercalando momentos positivos y negativos para sus personajes a lo largo de su estructura. Las películas deberían ser montañas rusas o carreteras con curvas por una razón muy específica: sin escenas en las que los héroes se acercan a sus objetivos y paladean el éxito, los momentos en los que fracasan estrepitosamente no son tan efectivos.

El caso que nos ocupa no deja de ser un ejercicio de nihilismo puro. En ‘Cuando acecha la maldad’ no hay un ápice de luminosidad. Su trama es una línea recta en la que el optimismo y el tan necesario alivio cómico —presente incluso en títulos tan terroríficos como ‘El exorcista’—no tienen cabida, y esto, en última instancia, acaba convirtiendo el metraje en una sucesión de setpieces impactantes que, por reiteración, dejan de serlo tanto.

Entiendo plenamente que esta ha sido una intención cien por cien creativa de Rugna y una seña de identidad de la obra, pero, para un servidor, una película de terror necesita más que una exposición constante a la brutalidad para hacerme sentir algo más que agotamiento. Como ocurre con las noticias, es inevitable desarrollar cierta insensibilidad de forma inconsciente después de estar minutos y minutos escuchando hablar sobre tragedias.

Eso sí, todo lo tratado anteriormente no quiere, bajo ningún concepto, decir que no debamos apreciar apuestas más extremas que huyen de corrientes y que, en este caso, vuelven a demostrar la buena forma del cine de género latinoamericano.

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