3 marzo, 2024

‘Chicas malas’ (2024), crítica: Triunfa en su desvergonzado tributo musical a la película original, pero tiene demasiado miedo a romper la nostalgia y se convierte en una simple banda tributo

'Chicas malas' (2024), crítica: Triunfa en su desvergonzado tributo musical a la película original, pero tiene demasiado miedo a romper la nostalgia y se convierte en una simple banda tributo


De un tiempo a esta parte, el odio a los musicales por una parte de la población es latente. Lo que hace décadas se convirtió en un género cinematográfico exitoso por derecho propio basado primero en el vodevil y después en los grandes éxitos de Broadway, hoy por hoy ha perdido su llama, y películas como ‘En un barrio de Nueva York’ o ‘Matilda, el musical’ languidecen en el streaming mientras sus contrapartidas triunfan encima de un escenario. Quizá por eso en el marketing han intentado ocultar que ‘Chicas malas’, en su versión de 2024, es un musical sin complejos. Y no deberían porque es el punto diferencial que la hace única.

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Es tan fetch

¿Tiene sentido hacer un remake de ‘Chicas malas’ teniendo en cuenta que hace solo veinte años de la original y aún se sigue viendo? Es más, ¿aporta algo que esté guionizado y protagonizado por las mismas personas? Por más que vayamos dispuestos a divertirnos, a reír y a salir tarareando un par de los impresionantes temas que perlan su metraje, no vamos a poder evitar preguntarnos de manera acuciante las mismas dudas.

Y no es para menos: por momentos, se siente como un ejercicio a lo ‘Psicosis’ de Gus Van Sant, con una muy extraña devoción a su película madre, de la que copia estilos, diálogos, planos y peinados, casi como temiendo romper la burbuja de cristal en la que el propio fandom la ha encerrado. Pero, en los momentos donde se deja llevar y el musical inunda los pasillos del instituto, Samantha Jayne y Arturo Perez Jr (la pareja de directores) nos muestran el ‘Chicas malas’ de 2024 que podría haber sido, repleto de luz, color, movimiento, alegría y celebración.

Malas

Tina Fey ha hecho lo que ha podido para actualizar su primera película, escrita cuando aún era la jefa de guionistas de una de las mejores etapas de la historia de ‘Saturday Night Live’. Y los nuevos chistes funcionan como un reloj: como pasa habitualmente en todo lo que escribe, desde ’30 Rock’ hasta ‘Unbreakable Kimmy Schmidt’, la ironía y el timing de Fey es perfecto, aún acarreando los mismos problemas que ya tenía la película original, como ese tercer acto maltrecho a partir de la escena del autobús. Hace falta un ejercicio mental casi imposible, pero si conseguimos desligarnos del ‘Chicas malas’ de 2004 podremos ver sus no pocos aciertos.

El 3 de octubre

Reconozco que temía que toda la puesta al día de ‘Chicas malas’ fuera «meter móviles y redes sociales». Y en ocasiones es así (no pueden resistirse a llenar una pantalla entera de diferentes móviles en vertical hablando del mismo hecho), pero, cuando se desliga de esta necesidad de demostrar que la historia ahora transcurre veinte años después, se convierte en la misma historia inmortal que ha sido siempre. Sin sorpresas para los fans (no hay ningún elemento de la trama ni siquiera ligeramente diferente), pero con la misma chispa de antaño.

Mean

Se echa de menos, eso sí, que la dirección tuviera la misma garra durante los intermedios musicales que durante el resto de la cinta, donde los bajones de ritmo se notan terriblemente acentuados. Empieza con un plano secuencia que embelesa al ritmo de ‘A Cautionary Tale’ pero, en el mismo momento en que los personajes dejan de cantar y comienzan a hablar, la dirección se vuelve plana de manera inmisericorde. Funciona, sí, pero el único motivo para hacer este remake se diluye y todos los implicados son perfectamente conscientes.

En el fondo, ‘Chicas malas’ es como una banda tributo al culto de la propia película de 2004 y todo lo que la ha hecho única y atemporal. La trama y el guion están seguidos al dedillo y modificados solo donde se notaban especialmente anticuados, perdiendo así oportunidades de oro para atreverse a contar nuevas historias dentro de este mismo universo. Al final, no deja de ser la adaptación cinematográfica de la versión musical de la película original, y su propia condición de producto derivativo la condena, por muy buenas intenciones que tenga.

Grool

Reconozco que antes de verla estaba vendido: soy muy fan de los musicales y, al mismo tiempo, de ‘Chicas malas’. Y, efectivamente, disfruté muchísimo de esta nueva versión mientras la estaba viendo, a pesar de sus problemas. ¿Cómo no hacerlo? Es una mezcla imposible entre ambas que sale sorprendentemente bien y en la que las canciones son un absoluto triunfo que avanza la trama, otorga personalidad y llena los planos de coreografías espectaculares acompañando a unos travellings y movimientos de cámara dignos de aplauso.

Al contrario que su campaña de publicidad, ‘Chicas malas’ no se avergüenza en ningún momento de su condición de show de Broadway filmado y lo abraza con todas sus fuerzas gracias a las voces de unas increíbles Angourie Rice, Renée Rapp y Auli’i Cravalho, que salen victoriosas de su concurso de cosplay cinematográfico. Es cierto, como ya he apuntado, que no tratan nunca de crear momentos tan icónicos como la película original, pero al basarse en lo ya conocido acaban dando un salto de gigante festejando su mera existencia. Lo tienen muy claro, y el espectador potencial también debería: si odias los musicales o la película original, no deberías entrar a la sala: es una versión exacerbada con nuevos chistes, más canciones y las bromas meta necesarias.

‘Chicas malas’ es exactamente lo que pretende ser, y no engaña a nadie con su exageración queer, su explosión de movimiento, sus canciones pegadizas y sus personajes míticos pasados por la batidora de la actualidad. ¿Era necesaria? No, desde luego que no. Pero tampoco lo son la mitad de las películas que pasan por nuestra cartelera, repleta de subproductos, remakes y secuelas que nadie había pedido. Al menos ‘Chicas malas’ tiene la excusa del musical para tratar de renovar una base de fans que seguía, dos décadas después, postrada a sus pies. Es normal. ¡Es tan fetch!

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