22 abril, 2026
Odontología es un dolor de muela

Para presentar un examen de Anatomia Dentaria, a las estudiantes se les exige recogerse hacia atrás el cabello y colocar el suéter, el reloj, el celular, la cartera y la mochila debajo del pizarrón, delante de los pupitres, a la vista de todos.

Hubo una joven que solo portaba el suéter, nada tenía debajo, no podía quitárselo: rogó para que le permitieran entrar al aula.

“Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y por consiguiente infecunda. Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden”, dice el Manifiesto de la Reforma Universitaria de Córdoba, de 1918.

Acatar el régimen de estudios de la Facultad de Odontología de la Universidad Central de Venezuela significa someterse a una política académica ejercida por algunos, o por muchos, profesores, que mientras enarbolan el derecho divino, arguido con la crisis, de obtener ingresos extrauniversitarios, abruman a los estudiantes con una carga académica que reduce a la mínima expresión las posibilidades de desarrollar alguna fuente propia para costear sus estudios.

El estudio de la denominada profesión más mercantilizada de las ciencias de la salud impone una jornada de clases de 7:30 am a 4:30 pm, durante la cual se imparten, solo en el primer año, los contenidos de enseñanza previstos en los programas de nueve asignaturas o materias, incluidas en un pensum reformulado en 2012.

La Renovación Universitaria de 1968-1969, aupada por el gran Rector Jesús María Bianco, que reivindicaba la semestralización, no pudo soslayar el academicismo del cuerpo docente de la Facultad de Odontología; se negó a flexibilizar los tiempos de enseñanza aprendizaje enarbolando el actual régimen anual.

Cuando un estudiante resulta aplazado en dos asignaturas debe repetir el año. Lo grave es que para el estudiante sin respaldo o sustento económico, salir desaprobado o perder una materia es altisimamente probable.

Y perder la materia es tan estadísticamente factible como el porcentaje de estudiantes que sufren traumas, depresión, angustias, más cuando saben que la aprobación de sus asignaturas depende de pacientes de bajos recursos, quienes por limitaciones económicas tienden a faltar con frecuencia a las citas. Y si el paciente no acude, desaprueban. Para reducir el riesgo de perder la unidad curricular, algunos estudiantes se ven obligados a pagarles hasta el pasaje al paciente.

Las costosas comisiones abolidas por Simón Bolívar y el doctor José María Vargas en los 289 artículos de los Estatutos Republicanos de 1827 se gatopardiaron en la educación pública de la privatizada Facultad de Odontología de la UCV.

Allí todo se paga. Todo se vende. Las carteleras de los diez pisos de la Facultad poco difunden los mensajes habituales de calificaciones, horarios, comunicados institucionales o eventos culturales. Son decenas de pequeñas vallas delatoras de la mercantilización de los estudios públicos dictados con fondos del Estado llamado a ser docente. Hasta el Centro de Estudiantes rifa, por 15 dólares el número, los locker puestos en los pasillos para que cada estudiante guarde su instrumental y pertenencias.

Hay más. Los estudiantes deben pagar a la Facultad tres dólares por cada caries tratada. Las llamadas dentaduras Typodont, las mandíbulas de dientes presentes en escritorios, vitrinas o afiches de todo consultorio odontológico que se respete, son indispensables. Viejas, usadas, de 30 años, pueden costar 30 dólares. Nuevas alrededor de 400. Un año de estudios puede significar una erogación del orden de 1.000 dólares. Toda la carrera puede costar entre 5.000 y 7.500 dólares.

En promedio ingresan a esa Facultad 100 estudiantes por año, pero en la penúltima cohorte la Facultad inscribió 420. Cada estudiante debe comprar guías cuyos costos oscilan entre 40 y 60 dólares. A la Facultad le ingresaron algo así como 21.000 dólares. Pero para el segundo año deben haber cien estudiantes pues las salas clínicas son limitadas. La hostilidad y la presión es enorme. Es quasi imposible saber cuál es el destino de los recursos propios que le ingresan a la Facultad. Menos aún los asignados presupuestariamente por la misma UCV. No existe el denominado presupuesto participativo. Hasta allí no llega la transparencia de la autonomía universitaria.

“La autoridad en un hogar de estudiantes, no se ejercita mandando, sino sugiriendo y amando: Enseñando. Si no existe una vinculación espiritual entre el que enseña y el que aprende, toda enseñanza es hostil y de consiguiente infecunda. Toda la educación es una larga obra de amor a los que aprenden”, afirma el Manifiesto de Córdoba.

La pandemia se redujo al mínimo pero continúan las clases a distancia en algunas materias que exigen presencia profesoral por ser prácticas de clínicas y laboratorios. Incluso hay un profesor que usa videos a distancia que versan sobre tratamientos clínicos bucales; el docente prohíbe, arguyendo derechos de autor, a los estudiantes copiarlos. Deben aprender el contenido de memoria.

“Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y -lo que es peor aún- el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara”, dice el Manifiesto de Córdoba.

Es el academicismo puro, el culto a la excelencia de estudios que atienden más a las exigencias globales del mundo “industrializado” que a la realidad venezolana. El bloqueo con su secuela de fallas eléctricas, de transporte, inflación, pírricas becas, deficiencias en el comedor, de ascensores que afectan la nada fácil tarea de ser estudiante, sobre todo estudiante universitario, y más estudiante de Odontología, para las autoridades de la Facultad de Odontología no existe. O sí. Para justificar cobros mas no para renovar el régimen de estudios que no afecte su calidad, pero que lo haga pertinente a la Venezuela de hoy y del futuro.

“Nuestro régimen universitario -aún el más reciente- es anacrónico. Está fundado sobre una especie del derecho divino: el derecho divino del profesorado universitario. Se crea a sí mismo. En él nace y en él muere”, apunta el Manifiesto de Córdoba.



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