Telémaco – Últimas Noticias
¿Por qué nos cuesta tanto admitir que, de toda la Odisea, la parte que nos ha tocado en suerte es la de Telémaco? Preferimos ser Ulises —por más penas que purgue el astuto héroe —antes que encarnar a su prudente y tímido heredero. Por supuesto nos identificamos con el que viaja, el que vence al cíclope, el que restaura, al final del día, el orden de la casa. Sobre todo queremos ser el que castiga la insolencia y la voracidad de los pretendientes. Admitamos que es difícil estar del lado de quien espera. Sin embargo no tenemos más opción que ocupar su sitio: el peor y el más lejano de la denodada tripulación. Y esto es así al menos por dos razones tan simples como radicales: la primera es que la vida nos otorga una sola identidad que hemos de llevar con propiedad y para siempre: la identidad del hijo. Es parte de nuestra verdad y quizá la única certeza que tenemos. Nos guste o no es lo que somos. La segunda es que precisamente ese ha sido el rol que, en este poema, nos ha reservado Homero.
Entonces lo que Atenea quiere de Telémaco es exactamente lo que el poeta espera de nosotros: que logremos descubrir en nuestra condición de vástagos la razón que da sentido a una existencia justa. Esto explica porque ni la divinidad ni el poeta nos lleva al padre. Ulises seguirá por mucho tiempo ausente, disperso, ajeno, cantando su propia aventura, sosteniendo el lujo vivir y el deseo de volver a casa. Si la historia nos lleva hacia algún lado es al encuentro de su nombre y, con él, hacia todos los nombre que tiene y tendrá nuestro propio viaje. La deriva nos lleva, en fin, a encontrar su kleos, su fama: eso que el mar no puede tragarse.
Pero también se nos exige tener el arrojo necesario para reconocer la dignidad que hay en todo ello. Ser hijo es portar —como afirma Hannah Arendt— una posibilidad: la de que todo empiece de nuevo. Y ese recomienzo que interrumpe la historia y da paso a lo impredecible, es lo que nos habilita para el verdadero viaje. Un viaje, en apariencia menor, que va hacia la memoria, nos conduce al origen, y que también es Ulises. Sólo aceptando nuestra condición de descendientes podemos entender la verdad de la Odisea. La buena noticia es que nunca lo hacemos solos: vamos en huestes, detrás de Telémaco, cifrando el coraje de la vigilia
A Carlos Tovar, que está viajando
