18 junio, 2026

La Copa Mundial de Fútbol es el evento deportivo con mayor audiencia del planeta. El torneo pasado en Catar alcanzó 5.000 millones de espectadores y unos 1.500 vieron la final entre Francia y Argentina, siendo así el juego con más vistas de la historia. No obstante, todo era diferente a inicios del siglo XX. El fútbol no movía tantos miles de millones de dólares, ni estaba tan extendido por el globo.

La Fifa, creada en 1904, era presidida desde 1921 por el francés Jules Rimet, creador y organizador de la primera Copa del Mundo en 1930. La selección de Uruguay, campeona olímpica en 1924 y 1928, ganó el trofeo al vencer a Argentina 4 a 2. Este primer Mundial fue boicoteado por las federaciones europeas al negarse a participar. Inglaterra señaló que ellos merecían la sede por crear el fútbol y las demás naciones, lo costoso de viajar en barco a Suramérica. Uruguay ofreció cubrir todos los gastos y, al final, solo Francia, Bélgica, Rumania y Yugoslavia asistieron.

En 1934 le tocó el turno a Europa, como había acordado la Fifa. Italia sería el país anfitrión de un evento que ya tomaba importancia. Uruguay, la selección campeona, se negó a participar como respuesta al boicot sufrido cuatro años antes. Todo estaba servido para el dictador Benito Mussolini, quien asumió como política de Estado ganar el mundial para proyectar a la Italia fascista.

Mussolini compró árbitros, nacionalizó jugadores suramericanos de origen italiano (Luis Monti, Raimundo Orsi, Enrique Guaita, Atilio Demaría y Anfilogino Guarisi) para fortalecer el equipo, amenazó a futbolistas y al entrenador Vittorio Pozzo. El dictador también iba a los juegos para ejercer presión. En los partidos contra España y Austria, el arbitraje favoreció a los italianos con faltas sin pitar. El austriaco Matías Sindelar expresó decepción con esta situación. Se sabe que el árbitro sueco Ivan Eklind había cenado la noche anterior con el Duce. El 10 de junio de 1934 Italia ganaría la copa tras vencer 2 a 1 a Checoslovaquia.

El régimen usó el triunfo como propaganda. La Italia fascista era exhibida como un país fuerte, moderno y eficiente. La selección ganadora demostraba la “superioridad” de los italianos como herederos del Imperio romano. Mussolini empleó así el deporte como vitrina política, sin escatimar el soborno y la intimidación.

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