15 junio, 2026
Blanco o negro - Últimas Noticias

Uno de los debates más interesantes es establecer la diferencia entre el juzgar y el comprender. Juzgar es parte de nuestra cotidianidad, somos muy dados a rotular a las personas con datos mínimos. Juzgar está relacionado con la economía y también con la pereza: es menos trabajoso y más rápido calificar al distinto que buscar conocerlo.

A esto sumémosle la inmediatez y la superficialidad reinantes en los días que corren, además de la tendencia casi natural que tenemos de que, aquello que ignoramos terminamos suponiéndolo o inventándolo.  Esta es la fuente de los malos entendidos, sin obviar que todo dictamen está emparentado con nuestra historia personal: valores, visiones, sensibilidades, pensamientos, experiencias emergen cuando el asunto es evaluar al otro.

Seamos sinceros: todos nos hemos erigido alguna vez en jueces implacables, e incluso hemos procedido hacia el prójimo con base en opiniones de terceros. Lo que indica que al interpretar al semejante en el fondo nos estamos interpretando a nosotros mismos.

Clave en esta discusión es partir del refrán popular de que “cada cabeza es un mundo”. Es asumir que la contradicción es parte de la condición humana. Y esto sin caer en el relativismo de que hay muchas verdades y de que todo el mundo tiene la razón. Es peligroso.

Así, quien juzga se monta en un pedestal y desde la exterioridad sentencia, emite un veredicto; mientras que, quien comprende estudia con detenimiento, desde adentro, clarificando las causas y los marcos regulatorios de los diversos procederes.

Existe un término que sale a relucir sobre el tema de la comprensión: empatía. Empatía no es más que colocarse en los zapatos del otro, hecho por demás bastante difícil cuando siempre se quiere tener la verdad sobre todas las cosas.

Si trasladáramos esta cuestión al campo del conocimiento histórico la disputa se torna más compleja.

Los seres humanos nos movemos en dimensiones temporoespaciales. En tal sentido, la realidad acaece y nosotros como sujetos desplegamos patrones socioculturales para ratificar o modificar el río de los acontecimientos. Lo complicado viene al tratar de responder por qué, ante tales o cuales hechos, reaccionamos como reaccionamos. Es decir, hasta qué punto somos realmente libres o estamos predestinados a actuar de tal forma. De allí que el historiador usualmente tenga que echar mano a la imaginación para intentar descifrar determinadas conductas.

Marc Bloch, hace más de ocho décadas, invitaba a reflexionar sobre este tópico. Advertía el pensador francés: “Cuando las pasiones del pasado mezclan sus reflejos con los prejuicios del presente, la mirada se turba sin remedio y, lo mismo que el mundo de los maniqueos, la realidad humana se convierte en un cuadro en blanco y negro”.

De tal manera que, comprender es “una palabra cargada de amistad”. No es juzgar lo que nos toca, más cuando como individuos -mediados por el totalitarismo de la mentira- muchas veces nos dejamos envenenar la mente por oscuros intereses. Por eso debemos cuidarnos de descalificar al cercano sin tener el panorama completo. Lo que no significa ausencia de crítica.

Comprender no es justificar, tolerar o aplaudir ciertos comportamientos sin más. Hablamos de desenredar motivos subterráneos y sobre ello decodificar traumas o éxitos, para luego revolucionar lo revolucionable.

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