7 mayo, 2026
La incipiente industria venezolana del siglo XIX

Hasta la irrupción del petróleo, la economía de Venezuela era predominantemente rural. El país vivía de impuestos y de la exportación de productos agrícolas como el café, el cacao, el tabaco, el algodón y los cueros. No obstante, dentro de esa dinámica, en las ciudades había un incipiente desarrollo industrial que se restringía, la mayoría de las veces, al mercado interno. Las principales manufacturas se importaban de Europa y los Estados Unidos, pero eso no implicaba que el emprendimiento fuese nulo.

La guerra de independencia destruyó la economía y empobreció la república por décadas. El campo fue devastado y la poca industria primitiva que existía (elaboración de aguardiente, hamacas, esteras, sombreros, papelón, aceite de coco, etc.) resultó paralizada en muchos lugares. El crecimiento fue lento, pero con resultados interesantes. En 1843 se funda en Caracas la Fábrica Nacional de Papel, en 1844 la primera refinería de azúcar en Maracay y en 1856 la primera hilandería de algodón. Asimismo, en 1850 se estableció en Macarao un telar mecanizado. En 1861 abrieron los Molinos de La Guaira. En 1870, Francisco de Sales Pérez también abrió Telares de Valencia, el cual se expandió a Caracas.
En 1875 se crea la empresa El Cojo, que llegó a producir 6,5 millones de cajetillas de cigarros anuales y tenía 400 trabajadores. En 1882 inició también la primera fábrica de pastas alimenticias y en 1886 se creaba la primera compañía eléctrica en Maracaibo, luego en Puerto Cabello y Caracas. En 1878 inició La Petrolia en Táchira para explotar crudo y en 1883 la primera fábrica de tejas en Ciudad Bolívar.

El censo general de 1891 cifró 1.290 establecimientos de alfarería, 222 de alpargatas, 48 mueblerías, 516 hornos de cal, 56 sombrerías, 47 tabaquerías, 115 tenerías. En total había 37 locales en Distrito Federal, 53 en los Andes y 11 en el Estado Bermúdez.

A inicios del siglo XX existía en Venezuela una naciente clase obrera, compuesta por varios miles de trabajadores. El país seguía siendo rural, pero un nuevo grupo incrementaba su número en las ciudades con cada fábrica establecida. Fue una época no solo de guerra y caudillos, sino de trabajo, ingenio e intentos de crear una producción industrial local con las limitantes existentes.

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