17 abril, 2026
Bejuma de arepa y sancocho al “Mago Maravilla”

La Arepera Hermanos Tovar ocupa el amplio patio de entrada a la casa, en donde se despliegan unas tres o cuatro mesas bajo la sombra de árboles, entre ellos uno de mango, cuyos frutos, en estos meses de maduración, caen de cuando en cuando al suelo. Entonces, José Ramón Tovar los recoge y se los regalas al comensal. “Aquí tienes para el postre de esta noche”, dice con la chispa que le caracteriza. En horas de la mañana, parados frente al cartel pegado a la pared, los clientes pasan revista a la lista del “relleno” que las arepas llevan adentro: teretere, panza, chorizo con huevo, omega 3, pollo, carne molida, chicharrón, carne mechada, chigüire, pescado negrito, pescado rayado.

Ante la curiosidad por el contenido de la fórmula del omega 3, José Ramón Tovar menciona los ingredientes remarcando el nombre de cada: Huevo, sardina y cazón. Luego se ríe.

En la calle, en la entrada de acceso al patio, está el pequeño aviso del local.

Ramón Tovar señala que en Bejuma, pueblo de los Valles Altos de Carabobo, en los días de Semana  Santa desfiló un gentío por esa casa pintada de blanco, de dos pisos, ubicada en la esquina  “Luís Tovar”, para desayunarse en el horario de lunes a sábado. En los rostros y en la espera se dibujaba cierta expectativa por esa especie de manjar criollo, típico de estos pueblos, cuyo olorcito se esparce por el aire . La arepa calientica, puesta a prueba con los primeros mordiscos, satisface la ansiedad . Hubo mucha demanda de la rellena con chigüire, así como la del pescado rayado o negrito, acompañados de caraotas con queso.

Los domingos en la Arepera los Tovar, como en muchos pueblos venezolanos, están reservados para el suculento sancocho, hecho en un enorme recipiente metálico. Muchos llegan con ollas y vasijas para cargar el almuerzo. El sancocho, o hervido dominical, forma parte de la tradición culinaria criolla.

 “Estamos aquí dos hermanos (él y Rafael Antonio Tovar) haciendo las arepas y los domingos la sopa”, señala José Ramón. Su hermano entra y sale de la cocina o se sienta en la mesa de concreto a picar cebollas en pequeños trocitos.

“A esa olla”, explica José Ramón, “le caben 220 litros de agua. Le echamos ocho kilos de costilla, seis kilos de pata, huesos de cogote, panza. Lleva su ñame, ocumo, papa, auyama para que agarre el color amarillo. Son unos 30 kilos de verduras, aunque a veces le echamos más. De auyama le ponemos unos 15 kilos para que se deshaga y el caldo se ponga amarillito”.

Las costillas con sus trozos de carne emergen del caldo como si fuesen la punta de un iceberg. Algunos trocitos de jojotos flotan dejando ver el lomo de granos amarillo. Al fondo del recipiente están el ocumo, el ñame, la papa, la yuca. José Ramón ( “Chiqui Rank”)merodea atento para agregar otro cucharón de sopa o reponer el vaso de jugo con limón.

Refiere don Ramón, conocido por todos como el “Nene”, que diariamente amasan entre 100 y 200 arepas. Todas se venden.

 “Nosotros vendíamos dos arepas con sus rellenos por un dólar. En estos días, como los precios han subido, ofrecemos una arepa en dos dólares. El plato especial lleva tres sabores a escoger, más su caraotica con su queso, por dos mil cuatrocientos bolívares; es el regalo de nosotros.  El juguito de papelón con limón que no debe fallar es regalado, igual que el café. Tenemos la sopa grande y la sopa pequeña. En dos mil bolívares la pequeña y dos mil quinientos la grande. El que quiera más, le echamos más”, agrega.

Relata José Ramón que su padre Luis Tovar montó, en los años cincuenta del siglo pasado, el primer abasto en Bejuma . Estaba por los lados de la plaza Bolívar; lo llamaban el “Mercadito”. Se vendía ñame, ocumo, legumbres, frutas, velas, sombreros, chimó, catalinas, víveres. Llegaba gente de muchas partes, entre ellas de Canoabo, Chirgua. Don Tovar  ayudó a muchos inmigrantes con el “fiao”, mientras se establecían y salían adelante. Uno de ellos fue Rosario Lozzia , también conocido como Palermo, por ser esta ciudad la capital de su natal Modica, en Sicilia . Palermo, de oficio zapatero, se convirtió en un próspero empresario. Construyó el Teatro Palermo y montó Hierros Palermo, empresa de ferretería y materiales de construcción. En su teatro, todos los lunes presentaba espectáculos, animados por él mismo, con números, o secciones, como la rueda de la fortuna, la cuerda floja, la mancuerna, concursos de canto. Otorgaba muchos premios.

Mil arepas diarias

Don Luis Tovar un día dejó el abasto cercano a la plaza Bolívar y se fue para el llano a probar fortuna. Por los lados de Pimpinela, un pueblo del estado Portuguesa, se dedicó a sembrar. Sin embargo, las lluvias lo dejaron en la ruina. Hubo una creciente y acabó con lo sembrado; se llevó todo . Regresó a Bejuma y montó la bodega en una esquina de la avenida Carabobo cruce con Betancourt. Es la misma esquina que ahora lleva su nombre, ya que en Bejuma, por disposición de la alcaldía, algunas esquinas llevan los nombres de personas destacadas que allí vivieron o regentaron un negocio por largo tiempo.

José Ramón recuerda a su padre con un catire chéveres, “jamao” .

“Se paraba  todos los días a las cuatro o cinco de la mañana. En esa época estaban otras bodegas como las de Tito Bello, Raúl Mendoza, Epifanio, la de Misael Rodríguez,. Quedan pocas, la de Remigio, con las Clavellinas y la de Raúl Mendoza, la de don Saturno Viloria. Mi papá falleció hará unos 30 años . Quedamos los hermanos, tres hombres y dos mujeres, trabajando con la bodega. Luego la cerraron . Volvimos hace unos cuatro cinco años con las arepas en este lado de la casa. En una época hicimos mucho chicharrón , colocábamos una bandera blanca para avisar a la gente. Todavía guardamos el caldero y una ollota”,cuenta.

Carlos Pereira siendo un niño de siete años comenzó a trabaja con Luis Tovar, quien lo consideraba un hijo. Recuerda que en aquella bodega, ya desaparecida, se despachaban víveres, verduras, pescado, chigüire, chucherías, dulces, platanitos, arepas, pescado sancochado.

Comenta con tono noticioso que en la bodega de Luís Tovar se vendían hasta mil arepas diarias, ya que por aquellos años en los Valles Altos de Carabobo y en Bejuma , había un boom de cultivos de naranjas. En temporadas de cosecha, por ejemplo, los dueños de fincas compraban las arepas donde Luís Tovar, para el personal y los obreros.

“El que encargaba poco pedía cien arepas diarias”, asegura Carlos Pereira

De la bodega de Luis Tovar eran muy apetecidas, además de las arepas, las exquisiteces o dulcería criolla, preparada por las mujeres del pueblo, entre ellas Teresa Fernández, madre de don Luis. Ella hacía empanadas que se abombaban; por eso gustaban a todo el mundo. Pereira menciona a otra mujeres como Teófila, Isabelita y Ramona (hermanas), que llevaban sus delicias a la bodega :platanitos, majaretes, besitos de coco,dulcitos en vasitos, tortas, tostadas, arroz con coco, pasabocas. La arepa retostada se llamaba así porque la que quedaba de un día para otro se freía de nuevo con huevo y se rellenaba con queso.

El profesor Wagner

Carlos Pereira, quien en el negocio de los Tovar es una especie de asistente (pica aliños, ayuda en los quehaceres) lleva el mismo nombre y apellido de su padre, un hombre fabuloso  conocido como el “Profesor Wagner”, nacido en Valencia.

El Profesor Wagner hacía de mago e ilusionista en circos, entre ellos el Circo Tropical, que viajaban de pueblo en pueblo y por ciudades de toda Venezuela, en aquellos años de las décadas del 40,50,60 del siglo XX en los que la magia de la radio, el cine, la televisión metidos en los hogares, causaban asombro y gran impacto en la población; auguraban nuevos tiempos. En los circos se presentaban espectáculos con números asombrosos, actos de magia, equilibristas que caminaban por una cuerda templada a gran altura, domadores que jugaban con animales que les obedecían. No faltaban los actos cómicos con payasos y enanos como el llamado “Medio Metro”.

El “Profesor Wagner  también participó en espectáculos de novilladas en plazas de toros . Ya retirado se dedicó en Bejuma a elaborar mentoles y brebajes medicinales a base de poleo y berro, que distribuía en farmacias y boticas . Murió a los 104 años, recuerda su hijo . Dejó un escrito que Pereira guarda en una carpeta llena de amarillentos recortes de periódicos, en el que aboga por los pobres y los campesinos venezolanos, critica a los terratenientes, reprueba las injusticias y la explotación de los obreros; se conduele de las penurias que sufren los adultos mayores.

Pereira, hijo,  acomoda la carpeta descolorida en una mesa de concreto y extiende los viejos recortes de periódicos que testimonian las andanzas de su padre, presentado como “El Mago Maravilla”, el “Profesor Wagner” y  “Señorita Lulu”.

En un anuncio se informa la “Regia presentación en esta localidad del célebre ilusionista y actor de teatro, cine, radio y televisión Profesor Wagner, famoso hipnotizador de multitudes, inédito, emocionante, fantástico, científico y divertido, eso es Wagner el rey de la magia moderna, el verdadero creador de lo irreal en compañía de la gran actriz GLENDA DEL CAMPO, y el actor cómico y torero PEPITO, el que trabaja en la película  Fantasmas en el Espacio”.

En otro cartel promocional de fecha 24 de julio de 1943, la empresa Arenas de Valencia anuncia un gran festival taurino bufo-cómico dedicado a todos los obreros de Carabobo. Allí se incluye la presentación de la “Señorita Lulu (Carlos J. Pereira) en combinación con la célebre cuadrilla integrada por  Cantinflas Tuyero, Chaplin, El Monje Loco y el fenómeno Indio Fiera. Entre los número que se ejecutarán están el Parabán del Diablo, el mitin interrumpido, el salto de la muerte, el indio comiendo fuego y echando chispas hasta por las narices. Otro cintillo del anuncio indica:” Orden del espectáculo: con el superior permiso de la Autoridad, llueva, truene o relampaguée,  y salvo el caso de algún terremoto se lidiarán a muerte 4 TOROS DE MUERTE “.

Cuenta Pereira que su padre trabajó un tiempo con el famoso Circo Razzore, cuya mayoría de integrantes perecieron en un naufragio en el mar Caribe . El buque que los trasladaba fue azotado por una tormenta, cerca de la isla colombiana de San Andrés, en la mañana del 1 de septiembre de 1948. A las once de la noche el barco se hundio. La tragedia dejó 56 muertos, entre ellos diez familiares, incluyendo su esposa e hijas, de Emilio Rogelio Razzore, dueño del circo. También perecieron 60 animales amaestrados.

El sábado en la noche del 28 de agosto de 1948, Emilio Razzore despidió a su esposa e hijas, en Puerto Mariel, al noroeste de Cuba. Viajaban con destino a Cartagena, Colombia.

“Mi papá no pudo viajar y por eso se salvó. Nosotros nos salvamos también porque si él hubiese muerto yo no habría nacido”, confiesa Pereira.

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