El punto medio entre el cielo y el abismo
Había una vez un anciano que vivía en la frontera de China. Un día, su único caballo escapó hacia territorio enemigo. Sus vecinos llegaron a consolarlo, pero él respondió con calma: «¿Quién sabe si esto es una desgracia o una bendición?». Semanas después, el caballo regresó trayendo consigo un hermoso caballo salvaje. Los vecinos lo felicitaron, y el anciano volvió a decir: «¿Quién sabe si esto es una bendición o una desgracia?». Su hijo intentó domar al animal, se cayó y se rompió la pierna. Nuevamente, ante las condolencias, repitió la misma frase. Tiempo después, estalló una guerra y todos los jóvenes fueron llamados al frente; muchos murieron, pero su hijo, por estar inválido, se salvó.
Esta pequeña parábola taoísta encierra una verdad incómoda que la humanidad se empeña en negar: “no sabemos nada a ciencia cierta sobre el devenir”. Sin embargo, el ser humano moderno, al igual que el antiguo, detesta habitar en esa incertidumbre y más cuando se siente hundido en la más profunda indefensión. Prefiere mil veces una explicación errónea pero contundente, a un «quién sabe» que lo deje suspendido en el vacío. Ese es el drama del punto medio: un lugar tan lógico que resulta insoportable para una mente que anhela certezas absolutas.
Cada persona camina por la vida con un filtro mental construido por su cultura, su religión, sus miedos, sus deseos y sus aprendizajes inconscientes. Cuando todo marcha bien, esos filtros son cómodos: el exitoso cree que su éxito es merecido; el devoto cree que su bienestar es una bendición. Pero la trampa está en que no vemos la realidad, sino la interpretación que nuestras creencias hacen de ella. Somos, en esencia, narradores obsesivos de nuestra propia película. A esto se suma el bombardeo mediático, los rumores, y las noticias falsas que se enganchan en nuestras emociones buscando una posibilidad de explicación y previsión.
Tomemos el terremoto de Caracas (ya sea el de 1812, que sacudió la independencia, o el devastador de 1967 o el de ahora que nos tiene sin aliento). En segundos, el hormigón armado se convierte en polvo y las certezas geológicas se desmoronan junto a los edificios. El movimiento telúrico no tiene intención, no tiene moral, no tiene un destinatario. Es puro caos físico. Y ahí radica el problema, el caos no tiene narrativa.
Para una persona atrapada entre los escombros, o para el que ha perdido algún ser querido o su casa en esta última tragedia, la explicación tectónica de placas (fría, distante, azarosa) resulta insuficiente. El alma necesita un por qué, no un cómo. Necesita un autor intelectual del sufrimiento. Y como en el plano terrenal no hay respuesta que calme la angustia existencial, la mente da un salto al vacío.
Cuando la realidad supera la comprensión, las creencias se potencian como supuestos salvavidas hasta volverse alucinaciones extremas. Entonces la fe se convierte en delirio de persecución u obsesión. Las sombras se convierten en fantasmas. Si el suelo se mueve, «alguien» lo provocó. Si mi casa cayó y la del malvado vecino no, entonces hay una conspiración o me castigaron. Aparecen los demonios que castigan la falta de fe, los brujos que lanzaron maleficios desde el Ávila, los fantasmas de antiguos caciques enfurecidos, o el enemigo político conspirador que activó un arma secreta que se está experimentando con nosotros. Así mismo aparecen los “seres de luz”, “los ángeles salvadores”, los falsos profetas y las amas de casa con péndulo a cazar en río revuelto.
La realidad y las posibles explicaciones dan para que cualquier creencia se anide. Sin darnos cuenta, en cualquier espacio de opinión en que estemos o compartamos, nos convertimos en caldo de cultivo. Cada uno cree en la información que no entra en contradicción con sus creencias.
Aléjate de todo eso y busca en ti la luz que tienes, solo eso te puede dar paz. Lo que pasa es que no estamos acostumbrados a buscar en nosotros, nos enseñaron a encontrar a alguien que nos quiera, una idea que nos reasegure o un dios fuera de nosotros y resulta que lo tienes dentro y no te das cuenta.
La desesperación y el miedo se mueven libres entre nosotros y nos regresan en segundos a la edad de la piedra o a la edad media, como tu prefieras. Y es natural que cada uno de nosotros se aferre y proyecte lo que tiene inconscientemente. Escucho esas afirmaciones que plantean “Este es el parto doloroso de una nueva Venezuela” o “Vamos a ser un centro de luz” y mil afirmaciones e interpretaciones más que tratan de dar una explicación aparentemente racional e insuflar esperanzas entre las ruinas. Lo entiendo, pero vuelve a mí el viejo chino, «¿Quién sabe si esto es una desgracia o una bendición?»
Estas proyecciones no son «locura» en el sentido clínico; son hipótesis y proyecciones desesperadas para restaurar el orden simbólico individual. Es más llevadero enfrentarse a un demonio (que puede ser aplacado con rezos) que a la indiferencia absoluta del universo (que no escucha ni negocia). Proyectamos hacia afuera (en chivos expiatorios, en entidades sobrenaturales o las conspiraciones) el pánico interno que no sabemos contener.
Sinceramente no soy nadie para pensar lo que es verdad o no, entiendo que muchos no saben ni pueden vivir sin esperanzas, es humano. No discuto que haya energías negativas, y que hay gente que las usa, pero no llenes tu mente y tus emociones con eso. Creo que después del último evento nadie el próximo 24 de junio cantará con tambores “tiembla la tierra tiembla”.
¿Dónde queda el anciano del cuento en medio de este caos? El sabio no niega el dolor; no es un insensible. Pero practica una disciplina radical: se niega a bautizar el evento. No lo llama castigo, ni bendición disfrazada, ni conspiración. Lo llama simplemente «lo que ocurrió».
Este punto medio no es la pasividad; es una resistencia activa contra la tentación de la paranoia y el fanatismo. Implica aceptar que el universo no nos debe explicaciones y que la realidad es, en gran medida, un juego geológico y biológico y si queremos ir más allá, un misterio.
Además, desde hace mucho tiempo se planteaba que era posible un terremoto, y estúpidamente seguimos construyendo edificios donde no se debía y sin las medidas debidas (como hacen por ejemplo los japoneses). Y entonces a nuestra ceguera, a nuestra estupidez oportunista y nuestra imbecilidad inmediatista la llamamos “desgracia” o “castigo divino” y empezamos a pedir misericordia al cielo. De nuevo regresamos a la edad de la piedra en un segundo.
Las catástrofes naturales son espejos que reflejan nuestras grietas psicológicas y culturales. Y las alucinaciones colectivas (brujos, demonios o conspiraciones) buscan llenar el silencio de la física. Pero el verdadero desafío, el que nos acerca a la sabiduría del taoísmo, es sostener la mirada sobre el desastre sin disfrazarlo de mitología.
Como bien decía el viejo: «¿Quién sabe si esto es bueno o malo?». En esa pregunta, incómoda y abierta, reside la única brújula capaz de guiarnos sin volvernos locos ante lo inexplicable. Porque al final, el demonio más aterrador no es el que habita en las sombras, sino el que construimos en nuestra mente para huir de la incertidumbre.
Un consejo para el que lee esto, sigo insistiendo, escucha la música que más te guste, baila, mueve las energías acumuladas en el cuerpo. Porque esto va para largo y necesitas protegerte.
