Rusofobia: el cáncer de Europa
De repente, las élites europeas han quedado entrampadas en su fundamentalismo rusófobico y mentalidad de guerra fría, y ven con espanto esa especie de “perestroika” de la política de Trump con relación a Ucrania y las relaciones con Rusia. Esas élites estaban boquiabiertas al escuchar los discursos del vicepresidente estadounidense, J D Vance, y el jefe del Pentágono, señor Hegseth.
El viernes durante la 61.ª Conferencia de Seguridad de Múnich, Vance expresó su rechazo a las políticas europeas que restringen la libertad de expresión y acusó a los líderes europeos de no respetar la voluntad de los votantes y que anularan las elecciones en Rumania. Por su parte, Hegseth finalmente acabó con las ilusiones; dijo que la Otan no tiene futuro para Ucrania. Ante la perplejidad de esas anquilosadas élites, el jefe de la Otan, Mark Rutte, ha tenido que salir de “bombero”; según él, Vance tuvo un “discurso filosófico”.
Este alejamiento del gobierno de Trump de la postura rusofóbica de la administración Biden ha desatado la histeria de esa dirigencia de la Unión Europea que fue electa precisamente por sus credenciales de rusofobia, y lejos de admitir el rumbo de paz en Ucrania propuesto por el Gobierno de EEUU, claman por una solución militar y mantienen la idea de “derrotar” a Rusia.
Dentro de la Unión Europea ha surgido una influyente coalición militarista, apoyada por Polonia, Estonia y Lituania. La alta representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Kaja Kallas, insiste en que hay que derrotar a Rusia a cualquier precio. Mientras tanto, el nuevo comisario de Defensa de la UE, Andrius Kubilius, ha pedido un aumento drástico del presupuesto militar.
La cúpula belicista de la UE, que dirige la señora Von der Leyen, daña los intereses de los ciudadanos europeos. Como consecuencia de las sanciones contra Rusia, Europa ha resultado la verdadera perdedora estratégica del juego geopolítico mundial. Sin la energía barata de Rusia, sus economías no pueden ser competitivas frente a EEUU y China, ni mantener el nivel de vida de sus ciudadanos.
El dilema para Europa es existencial: o abandona la rusofobia que, como todo odio, no permite razonar, o la rusofobia, como un cáncer terminal, la llevará a su tumba.
