Pensar a fondo – Últimas Noticias
«A ese cuento le falta un pedazo». No recuerdo de quién es esa frase. La he oído y repetido tanto, que, como decía Gabo, a lo mejor, termine creyendo que es mía. Por cinco siglos, hemos escuchado un metarrelato —socialmente compartido, de significancia práctica y existencial— que, hoy, se cae a pedazos. En medio de la actual crisis civilizatoria, también conocida como una crisis de racionalidad, tenemos el reto de poner en cuestión lo que nos ha traído a este resquebrajamiento que tiene en jaque la vida.
El sentido común hegemónico, que funciona como matriz explicativa de la complejidad del mundo, no tiene respuestas ni recursos para superar las contradicciones de hoy. El dilema es: ¿cómo visibilizar aquello que está encubierto? ¿Cómo descubrir aquello que no está dicho en esa gran narrativa histórica euro-nortemericanocéntrica que hemos normalizado como verdad? Esta columna quiere subrayar ese reto; porque la promoción entusiasta del llamado «pensamiento crítico» muchas veces se queda atrapada al interior de la cosmología del proyecto moderno/colonial, a pesar de la retórica de apoyar transformaciones y revoluciones.
Esta falta de reflexividad crítica no es nueva. Ya, a mediados del siglo XX, en Europa, Heidegger alertaba que lo más grave de la generación de entonces era que no pensaba lo que merecía pensarse. En opinión de Heidegger —uno de los mayores exponentes de la racionalidad moderna—, la filosofía de su época había perdido la capacidad de pensar. Peor aún: ¡ni siquiera se daba cuenta de que ya no pensaba! Sobre esta inconsciencia total, ahonda el filósofo boliviano Juan José Bautista Segales en su libro ¿Qué significa pensar ‘desde’ América Latina? Para este maestro decolonial, la mayor tragedia de la modernidad es que, poco a poco, ha desaparecido el pensar. La razón calculadora (o sea, la matemática, la instrumental; la que ha desarrollado con bastante éxito la ciencia y la tecnología moderna) desplaza el pensar, porque cuantifica y describe únicamente una dimensión de la realidad, aquella que se somete a la sola cuantificación y, «cuando la razón confunde esta dimensión de la realidad con toda la realidad, entonces no solo reduce la realidad, sino que también reduce y empobrece la razón y la humanidad». Solo lo grave es lo que da que pensar, alerta Juan José. Pero… hace rato que no pensamos los grandes problemas de nuestro tiempo, en su debida radicalidad.
En la encrucijada de hoy, no solo tenemos la responsabilidad de pensar lo que estamos viviendo en el planeta, sino pensar el propio pensar; porque, como diría uno de los grandes ideólogos caribeños de la descolonización, Frantz Fanon, «una civilización que cierra los ojos ante los problemas es una civilización enferma».
La intencionalidad de pensar, de manera crítica y decolonial, plantea entender que el sistema civilizatorio hegemónico está en crisis, pero también reconocer que ese modelo lo tenemos adentro (está interiorizado en nosotros/as y es parte de nuestra identidad). En otras palabras: nuestra cultura, nuestra forma de concebir la vida, nuestros anhelos, nuestros sentimientos —esto es, nuestra subjetividad— están constituidos de lo que está en crisis.
La racionalidad moderna ha establecido un tablero, una especie de teatro de operaciones, que determina lo que puedes ver; todo lo demás queda invisibilizado. Es decir: todo lo que está fuera de ese foco se ignora de manera constitutiva y sistemática. Con los lentes de la modernidad, te quedas enredado en lo que aparece frente a los ojos y no tematizas aquello que produce eso que aparece.
En nuestro proceso de socialización, interiorizamos formas modernas de mirar, de conocer; pero también expectativas modernas. La modernidad ha colonizado el ámbito de nuestras subjetividades y voluntades de vida. ¡Incluso el «amor» hay que repensarlo y descolonizarlo! El argentino Darío Sztajnszrajber, con su filosofía a martillazos, nos recuerda cómo todos/as estamos repitiendo la historia de Adán y Eva (sociedad patriarcal), de Romeo y Julieta (muerte absurda), y del Quijote y Dulcinea (construcción idealizada de un otro imposible); una racionalidad que ha penetrado en la estructuración de nuestra psique, de nuestra forma de sentipensar; porque el pensamiento también es sentimiento. Con la modernidad, entramos en un dispositivo (ordenamiento) previo en el que se constituye nuestra subjetividad afectiva. Allí, se construyen nuestras formas de amar; maneras de amar en las que se prioriza el yo y se pone entre paréntesis el dolor. Con esa mirada (en la que está una concepción de vida y de sujeto), intentamos acomodar al otro, para perseguir a como dé lugar los ideales que hemos internalizado (aunque terminemos negando lo que somos), para nuestro propio despliegue. El otro, en esta racionalidad, solo es un objeto. Olvidamos, entonces, que el otro también (sea humano o no humano) también es un sujeto: un sujeto que nos excede, que nos desborda… un sujeto que merece respeto y dignidad. Esta irracional manera de amar es un ejemplo de nuestra constitución colonial; es parte de la dominación inscrita en nuestras creencias, nuestros horizontes de expectativas y nuestros sentimientos. La colonialidad penetra todo el ámbito de nuestras relaciones con los otros humanos distintos o iguales, con la Tierra; y se ha convertido en sentido común, materia prima fundamental para la interacción humana, así como para la organización del pensamiento, la emocionalidad y las prácticas cotidianas.
Por eso es clave entender que la descolonización no es un problema intelectual: descolonizarnos es transitar de una forma de vida a otra forma de vida. Ello implica desestructurar las vías con las que yo estoy acostumbrado a relacionarme con el otro; las epistemologías de dominación, explotación, negación del otro. De ahí la necesidad de pensar, de sentipensar, como seres en relación. El pensar sintiente nos abre la posibilidad de problematizar las complejidades del mundo, fuera de los márgenes, de los esquemas de un sistema que ha roto los vínculos comunitarios y ha establecido una subjetividad individualista, en guerra con la vida.
Pensar a fondo es una apuesta política por contribuir a tejer otros horizontes y marcos categoriales; a partir de estos, se configuran relaciones de sentido con la realidad. Los horizontes utópicos y los marcos categoriales fundan el sentido de la praxis (o el tipo de nuestra participación en la realidad). Es fundamental dibujar otros imaginarios que posibiliten concebir otras realidades como posibles y, a su vez, definir otro tipo de prácticas comunitarias como viables.
Pensar más allá de Occidente y de su «lógica de la única alternativa» pasa por redimensionar una nueva historia, con otras coordenadas, y comenzar por mostrar las negaciones que la modernidad europea ha producido en el camino hacia su autoafirmación. Esto quiere decir: constituir otro horizonte desde el cual sea posible reconocer no solo otros modos de ser-y-de-estar en el mundo, sino esencialmente conocer de otro modo el mismo espacio que habitamos.
Pensar, a fondo, es esperanza… esperanza de una conciencia nueva que nos permita tematizar nuestro tiempo, reflexionar sobre estrategias de resistencia y discutir posibles alternativas que —arraigadas a nuestra historia, nuestra identidad, nuestro pensamiento originario— iluminen senderos distintos para encarar el presente y dibujar un futuro que abrace la reproducción de la vida de todos y todas, incluida la madre tierra.
