22 julio, 2026
Resarcir la esperanza

Hace años escuché a Hugo Chávez decir que el amor era la fuerza más poderosa que existía. Durante mucho tiempo, esa frase circuló como tantas otras, repetida, discutida, interpretada; pero en medio de una tragedia, las frases dejan de pertenecer a la política o a la memoria pública y vuelven a un lugar más simple porque el amor, aquí, no tiene grandilocuencia. Se parece más a una botella de agua compartida que a una idea. A una cama improvisada para alguien que no tiene dónde dormir, a una mano que acompaña sin preguntar demasiado.

Ninguna tragedia deja enseñanzas o manuales de cómo hacer; esa idea siempre me ha parecido injusta porque las tragedias dejan heridas y las heridas necesitan tiempo, cuidado y memoria.

El tiempo presente mezcla la euforia, la solidaridad, los temblores y la acción. Los especialistas en trauma explican que, después de un evento extremo, el sistema nervioso tarda mucho más que la realidad en entender que el peligro terminó. El cuerpo sigue reaccionando como si aún hubiera que salir corriendo. Por eso hay insomnio, sobresaltos, cansancio que no descansa, una sensación de extrañeza incluso en los lugares conocidos. Es el modo en que la memoria biológica intenta reorganizar el mundo.

He pensado en eso mientras veo lo que ha ido ocurriendo en paralelo al dolor. Porque junto a la pérdida también aparece otra escena: la de la gente que se organiza sin que nadie se lo pida, amores que se buscan entre sí, patriotas y hermanos que comparten agua, comida, información, voluntariados que no preguntan de dónde viene el otro antes de ayudarlo.

Quizás reconstruir un país no empiece cuando se levanta el primer muro, sino cuando decidimos que el dolor del otro también merece un lugar en nuestra propia historia; se atraviesan con tiempo, con cuidado, con gente alrededor, con palabras que no intentan explicar lo inexplicable, sino sostener lo que todavía está de pie.

La vida después de un terremoto no vuelve a ser la misma. Pero tampoco se queda detenida en el momento del quiebre; se empieza a reorganizar lentamente en la forma en que nos miramos, en la manera en que preguntamos por el otro. En cómo respondemos cuando alguien dice “estoy bien” sin estarlo del todo.

De forma progresiva viviremos el momento en el que la tierra deje de moverse; nuestra tarea ahora es aprender a habitar otra forma de movimiento: la de quedarnos, la de cuidar, la de no soltar demasiado rápido a quienes todavía están intentando entender lo que pasó.

Porque hay países que se reconstruyen con concreto y hay otros que solo pueden reconstruirse con algo más difícil de nombrar: la decisión de no dejar a nadie solo en medio del ruido que, aunque físicamente ya pasó, sigue haciendo estruendo adentro.

Seguimos de pie, ¡palabra de mujer!

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