16 junio, 2026
Ni callada, ni ausente

Hay una pedagogía del silencio ensayándose todos los días en nuestra geografía violentada y que quienes levantan banderas de emancipación olvidan, a veces, que ninguna revolución será verdadera si las mujeres continúan pagando con humillación el precio de ocupar la palabra pública.

La violencia política contra las mujeres no es un exceso del debate ni una desviación individual, es ni más ni menos que una estructura de control. Como advertía Rita Segato, funciona como un mensaje disciplinario: un recordatorio brutal de quiénes pueden habitar el poder sin ser castigados.

Por eso, cuando una mujer ejerce liderazgo, la discusión rara vez se concentra únicamente en sus ideas o capacidades; el ataque se desplaza hacia el cuerpo, la emocionalidad, la vida privada o el descrédito moral. ONU Mujeres ha alertado que la violencia política y digital contra lideresas, periodistas y funcionarias se ha convertido en una de las principales amenazas para la participación democrática femenina en el mundo.

Venezuela no escapa de esa herida. La violencia sistemática contra la presidenta encargada Delcy Rodríguez revela con crudeza cómo opera el castigo patriarcal sobre una mujer que ejerce poder real. Sobre ella se descargan campañas de odio, deshumanización y burla que exceden por mucho la confrontación política legítima. Lo que incomoda no es solamente su posición ideológica: incomoda una mujer con autoridad, capacidad de conducción y centralidad en la toma de decisiones.

Marcela Lagarde llamó “cautiverios” a las formas modernas de encierro femenino. Y uno de esos cautiverios es exigirnos presencia política bajo condiciones permanentes de agresión. Se nos pide fortaleza infinita mientras se normaliza el desgaste emocional como costo natural del liderazgo.

Una democracia donde las mujeres participan bajo amenaza es una democracia incompleta, pues cuando una lideresa es violentada públicamente, no se busca silenciar solo a una persona, se busca reinstalar el miedo colectivo, recordarnos que la plaza pública todavía tiene dueños simbólicos.

Y sin embargo, seguimos. Seguimos sosteniendo barrios, comunidades, afectos y memorias. Seguimos organizando la vida en medio de las diatribas, seguimos haciendo política incluso cuando el odio intenta convertirnos en ausencia.

Tal vez la tarea histórica de este tiempo sea esa: recuperar la plaza pública como un territorio habitable para las mujeres, alta, digna y nuestra.

Seguimos y seguiremos venciendo, que no se les olvide. Palabra de mujer!

La entrada Ni callada, ni ausente se publicó primero en Últimas Noticias.

Ver fuente