20 julio, 2026
Narbonne - Últimas Noticias

¿Cómo se puede sentir un analista de los cambios sociales ante la transgresión del sentido común, la normalización de la violencia y el menoscabo de las identidades?

Si nos sinceramos un poco, estudiar historia es doloroso. Como oficio exige la actualización permanente de una profesión subvalorada, muchas veces vista como un ejercicio inútil o fastidioso propio de un grupo de nostálgicos o trasnochados. No obstante, dicha apreciación es expresión de la crisis civilizatoria que vivimos, en la que la condición humana es proclive a lo indecible. El sujeto modelado de los días alienantes que pasan está coartado a la banalidad, la instantaneidad, el pragmatismo, la acriticidad y a la exaltación hedonista.

Sin embargo, la historia, devenida en una especie de Antropología Filosófica, ayuda a responder las grandes interrogantes, siendo un saber -arte y ciencia a la vez ¿por qué no?- de una importancia capital en un mundo que parece haber perdido su rumbo en el espectáculo de la estupidez, la sinrazón y el crimen.

Por eso nuestro recuerdo necesario de la figura de Marc Bloch -paradigma del historiador militante y comprometido- ahora que cumple 140 años de su natalicio, alumbramiento registrado en Lyon el 6 de julio de 1886.

Bloch fue sin lugar a dudas un innovador en estricto sentido. Marcaría un antes y un después a la hora de indagar fenómenos recientes o pasados, concibiendo a la historia como una franca comprensión de “los hombres en el tiempo”.

En un instante llegaría a decir que el “pasado es un país extranjero, pero es el único pasaporte que tenemos para entender el presente”.
Bloch no se abocaba a examen histórico circunscrito a un momento determinado sin profundizar, sin cotejar, en otras experiencias, períodos y lugares. La comparación era fundamental en su labor.

Igualmente, partía del principio interdisciplinario, o sea, de valerse del auxilio de otros campos de conocimiento -psicología, sociología, economía, etc.- en la faena de sondear un hecho concreto. Hoy algo común, para ese entonces una solución provocadora.

Del mismo modo, con gran audacia echaba por tierra temáticas manidas, sumergiéndose en una búsqueda con una óptica más totalizadora, plural, dialéctica, con el uso heterodoxo de fuentes y siempre partiendo de la realidad contemporánea para lanzar la mirada retrospectiva. Todo un desmitificador del relato dominante, genésico, lineal, objetivista, cronológico, elitesco e insulso.

Sus obras principales fueron «Los reyes taumaturgos» (1924), «Los caracteres originales de la historia rural francesa» (1931), «La sociedad feudal» (1939-1940), «La extraña derrota» (1946), e «Introducción a la Historia» (1949), este último su texto más conocido.

Recordamos al medievalista de origen judío, francés por antonomasia, republicano por convencimiento, protagonista de sendas guerras mundiales, partidario de la resistencia antinazista, fundador de la escuela de los Annales, académico de Estrasburgo y de la Sorbona quien entendió que la historia no era solo un discurso para regodearnos en lo lejano, sino una pasión volcánica por la construcción de un mundo más justo y libre en nuestra actualidad.
Bloch sería fusilado, después de ser torturado por la Gestapo, el 16 de junio de 1944. Su nombre clandestino era Narbonne, apodo secreto de aquel que revolucionaría la mirada de Clío en pleno siglo XX.

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