27 julio, 2026
La tiranía de tener que explicarlo todo

¿Por qué hemos convertido la justificación constante en un requisito de salud mental y social?

Hoy, y más aún después del evento sísmico, de las réplicas y consecuencias, buscamos a como dé lugar explicaciones, pensando que nos van a calmar, así se observan en las redes y los pasillos de los edificios un ir y venir de análisis, explicaciones, dudas y justificaciones apelando a cualquier rama de la ciencia, religión o fantasía.

De aquí que sea bueno detenernos en que debemos, al menos como ejercicio mental, desaprender la necesidad de la explicación como imperativo categórico. La verdadera sabiduría no consiste en saber el «por qué» de todo, sino en saber cuándo callar la pregunta y simplemente contemplar y seguir con la vida.

Vivimos atrapados en la espiral del «por qué». No hay gesto, decisión o sentimiento que escape a la disección racional. Si alguien llora, preguntamos por qué. Si elegimos un camino profesional, exigimos un razonamiento estratificado. Si amamos, queremos un origen. Esta obsesión por la explicación perpetua, lejos de liberarnos o acercarnos a la verdad, se ha convertido en una camisa de fuerza cognitiva. La pregunta que debería incomodarnos no es «¿cómo funciona esto?», sino: ¿por qué asumimos que todo debe ser explicado para ser válido?

La respuesta corta es que no debemos. No tenemos la obligación de explicar cada una de nuestras decisiones, emociones o actos. Pero la respuesta larga, la que duele y compromete, es que esta necesidad obsesiva de justificarlo todo revela algo mucho más profundo: una inseguridad existencial, un miedo oculto a no ser válidos si no podemos traducir todo en palabras.

Hemos caído en un error fundamental: creemos que desmenuzar algo es lo mismo que comprenderlo. Pero no es así. Podemos diseccionar una emoción, nombrar sus partes, rastrear su origen en la infancia o en un neurotransmisor, y aún así no haber entendido nada de lo que realmente significa para quien la siente. Desmenuzar es un acto técnico; comprender es un acto humano, que implica empatía, tiempo y silencio. La explicación fragmenta; la comprensión abraza.

Peor aún: hemos confundido verbalizar con existir. Actuamos como si aquello que no podemos expresar con claridad no fuera real, o no mereciera ser tomado en serio. Pero la vida no cabe entera en el lenguaje. Hay dolores que no tienen nombre, alegrías que no necesitan justificación y decisiones que nacen de una intuición más profunda que cualquier razonamiento. Al exigirnos explicar todo, estamos traicionando la riqueza de lo vivido, reduciéndolo a lo que puede ser dicho, y condenando al silencio todo aquello que es, precisamente, lo más esencial.

En el fondo, esta obsesión por la explicación es un intento desesperado de controlar lo incontrolable. Queremos ponerle etiquetas a la vida para sentir que la dominamos, pero la vida se escapa entre etiqueta y etiqueta. La verdadera madurez no consiste en tener respuestas para todo, sino en aprender a habitar la incertidumbre, a aceptar que hay partes de nosotros que nunca serán completamente traducibles, y que eso no es un defecto, sino precisamente lo que nos hace humanos.

Desde la Ilustración, el paradigma científico-racional nos ha vendido la idea de que explicar es dominar.

Pero hay un componente soterrado de dominación en la exigencia de explicaciones. ¿Quién exige que te expliques? Generalmente, quien detenta el poder: el jefe que cuestiona tu método, la pareja que exige coartadas, el Estado que solicita declaraciones, o la masa digital que exige posicionamiento en cada polémica.

Explicarse es ponerse en el banquillo de los acusados. Hemos interiorizado al inquisidor interior. Cuando decimos «no sé por qué lo hice», sentimos que hemos fracasado, cuando en realidad esa frase es, a menudo, la más honesta y sabia. La exigencia de transparencia total (biológica y verbal) es un arma de control: al obligar al otro a traducir su subjetividad a un código objetivo que nosotros podamos juzgar, lo colocamos en una posición de inferioridad semántica.

Hay esferas de la vida que deben permanecer inefables. La intuición, el arte, la fe, el deseo irracional. Cuando los explicamos (ya sea con jerga psicológica o con tecnicismos neurobiológicos o con términos leguleyos), las prostituimos. La ciencia explica el arcoíris por refracción de la luz, y está bien, pero si eso anula la maravilla del asombro, hemos perdido algo esencial.

No se trata de un anti intelectualismo naíf, sino de una defensa de la poética de la existencia. Lo que los ejemplos anteriores demuestran es que todo dogma mata la subjetividad. Si explicar mi duelo como falta de serotonina o mi ira como exceso de amígdala fuera cierto, entonces la literatura, el arte y la filosofía serían meros epifenómenos inútiles. Pero no lo son; son el testimonio de que el ser humano trasciende su biología.

El agotamiento moderno no es solo laboral; es, fundamentalmente, explicativo. El agotamiento de tener que construir narrativas plausibles para cada acción y omisión. «¿Por qué llegaste tarde?», «¿Por qué no respondiste el mensaje?», «¿Por qué elegiste esto y no aquello?».

A veces, la respuesta honesta es «porque sí». Recuperar el «porque sí» es un acto de rebeldía existencial. Es afirmar la libertad más pura: la que no necesita legitimación externa ni escáner que la valide.

No se propone aquí un oscurantismo irracional. El error es universalizar una metodología racional a la totalidad de la experiencia humana y, peor aún, usarla como ariete legal o farmacológico para anular la responsabilidad y la historia personal.

Es legítimo explicar cómo funciona una neurona; es estéril y patológico exigir explicaciones neurobiológicas sobre por qué se ama a alguien o por qué se siente un vacío existencial. Debemos aprender a distinguir el ámbito de lo funcional (donde la explicación es útil) del ámbito de lo existencial (donde la explicación es un ruido).

En este caso frenar por ejemplo la tiranía de la “neuroexplicación” aplicada es, también, frenar la cosificación del alma.

Explicarlo todo es un acto de arrogancia intelectual; aceptar lo inexplicable es un acto de humildad y madurez. No hay que explicarse todo; hay que sentirlo, vivirlo y, en el mejor de los casos, compartirlo sin traducirlo. La próxima vez que alguien te exija una explicación, recuerda que el silencio no es vacío, y que la vida, en su esencia más profunda, no debe rendir cuentas. A veces, la respuesta más revolucionaria es decir: «No lo sé.

Debemos desaprender la necesidad de la explicación como dogma. La verdadera sabiduría no consiste en saber el «por qué» de todo, sino en saber cuándo callar la pregunta y simplemente contemplar.

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