la solución de familia italiana desplazada por los sismos en Venezuela
Durante décadas, el Frigorífico Zeus fue un lugar donde se acumulaban historias: su colección de botellas de refresco antiguas y fotografías familiares en las paredes, el recuerdo de varias generaciones de carniceros napolitanos. Cerca de la caja registradora, un cartel resume la filosofía del negocio: “Aquí vendemos para hacer amigos y damos servicio para conservarlos”. Hoy, entre cuchillos, vitrinas y mostradores, también se acumula otra historia: la de una familia que perdió su casa en los terremotos.
Por El País de España
Vincenza y Michelle —o Enza y Miguel, como los conoce la comunidad— nunca imaginaron que la carnicería que durante años fue el centro de su vida laboral terminaría convirtiéndose en su refugio. Después de que los terremotos que sacudieron Venezuela dejaran graves fallas estructurales en su edificio en Los Símbolos, en Caracas, siete integrantes de la familia quedaron desplazados de un día para otro: Enza, de 67 años, y Miguel, de 73, sus dos hijas, sus dos nietas (de 13 y 17 años) y el menor de la familia, de apenas cuatro años.
La primera noche la pasaron en una carpa en Los Símbolos mientras buscaban desesperadamente a alguien que pudiera recibirlos, aunque fuera por la primera noche. Llamaron a amigos, conocidos y familiares, pero en medio de las líneas caídas y el desconcierto que siguió al terremoto, nadie tenía una solución inmediata. Así que la calle terminó siendo su primer refugio.
Al día siguiente apareció una alternativa inesperada. Un amigo les ofreció un apartamento en Bello Campo que llevaba tres décadas cerrado. “Todavía estamos intentando limpiarlo y adaptarlo a nuestras necesidades. Ahora mismo se trata de sobrevivir hasta que puedan arreglar nuestro edificio”, explica Mariangela, la hija de Enza, mientras sostiene a su hijo de cuatro años en brazos.
Incluso conseguir esa vivienda temporal estuvo marcado por la incertidumbre. El propietario no tenía forma de entregarles la llave, así que les autorizó a abrir con un cerrajero. Cuando llegaron, algunos vecinos los acusaron de ser invasores. Solo después de que el dueño interviniera y confirmara la situación pudieron entrar.
Sin embargo, el apartamento de Bello Campo estaba en un séptimo piso y, para entonces, la salud de Miguel había empezado a empeorar. Desde el terremoto, tenía un extraño y agudo dolor en su pierna derecha. Con el paso de las horas aparecieron marcas visibles en la piel y una hinchazón que aumentaba casi sin pausa. Subir y bajar escaleras, desplazarse o simplemente descansar empezó a convertirse en una dificultad más.
Ese mismo día tomaron una decisión: irían a la carnicería. No porque fuera un lugar más cómodo, sino porque era el único espacio donde Miguel podía seguir trabajando. Allí, entre las grietas que dejó el terremoto en las paredes y frente a los refrigeradores de carne y con permiso de los socios, la familia acomodó colchones improvisados para pasar las noches.
“Hay que recordar que, en medio de toda esta situación y toda esta pérdida, tenemos que seguir trabajando para vivir. Decidimos venir a la carnicería porque era la única forma de tener algo de independencia. Si no trabajamos, no podemos salir de esta”, explica Enza.
Mientras intentaban sostenerse entre el trabajo, la incertidumbre y una vivienda que todavía no podían recuperar, comenzaron a pedir ayuda en distintos lugares. Necesitaban comida, ropa y atención médica para Miguel. Una de las llamadas que más se repitió fue al consulado italiano.
A través de un contacto de emergencia por WhatsApp llegaron a comunicarse directamente con el cónsul, Jacopo Martino, quien les aseguró desde el principio que estaban registrados en una lista de ayuda inmediata. Pero la ayuda nunca llegó.
Sin registro de las necesidades
En la página web de la Embajada de Italia en Venezuela hay una promesa: “La Embajada de Italia en Venezuela y la red consular están cerca de los conciudadanos y del pueblo venezolano en este momento difícil”. Pero para Enza, Miguel y otros italianos afectados por los terremotos, esa cercanía no se sintió.
“Nos dijeron que nos iban a ayudar, pero realmente no fue así. El abandono de la embajada ha sido total”, dice Mariangela, hija de Enza, en la carnicería. Según relata, desde el consulado les indicaron que acudieran al colegio Agustín Codazzi para recibir alimentos. Fue cinco veces, pero nunca encontró el lugar abierto. Fue apenas a dos días de cumplirse el mes del terremoto que los llamaron directamente para ofrecerles un paquete de comida, que al final les entregaron junto con ropa de niño.
No todos tuvieron exactamente la misma experiencia. Ángela, una amiga ítalo-venezolana de la familia, cuenta que uno de sus primos, damnificado en La Guaira, sí logró recibir una bolsa de harina de maíz en ese mismo colegio. “Después le preguntaron si quería irse a Italia. Cuando respondió que sí, le dijeron que le pidiera el pasaje a su familia”, relata en una nota de voz.
La búsqueda de ayuda de Enza y Miguel pronto se convirtió también en una espera frente al teléfono. “El número de emergencia no responde desde hace ocho días y el de la secretaría nunca funcionó”, dice Mariangela. Este medio comprobó que ambos números permanecían sin respuesta rápida (respondiendo después de cinco días) o inactivos. “Cuando responden, no es para ofrecer información sino para decirnos lo mismo: que no tienen recursos para ayudarnos. Pero ni siquiera nos preguntan qué necesitamos”, dice Enza.
La embajada italiana en Caracas sufrió daños en su fachada durante los terremotos y trasladó temporalmente sus oficinas al Instituto Italiano de Cultura en Caracas. Sin embargo, en ninguna de las dos sedes se entrega ayuda directamente. Frente al consulado, varias personas esperan para hacer consultas. “He escrito al correo de la secretaría y no me contestan”, comenta un hombre que pide ser atendido directamente por algún funcionario.
Entre ellas está María, una mujer de 73 años que llegó en representación de una amiga con movilidad reducida, también damnificada. “Ella tiene familia en Italia. Solo necesitamos que puedan ayudarla a trasladarse”, explica. La respuesta que recibe de una de las funcionarias que controla el acceso es breve: “Déjenos su nombre y su número. Nosotras la llamaremos”.
En la puerta hay funcionarios cordiales y dispuestos a ayudar, otros no tanto: “Ir al consulado es recibir humillaciones. No es la primera vez que lo vivimos”, explica Enza.
Para la pareja, que además enfrentan el deterioro de la salud de Miguel después del terremoto, esa ausencia de respuestas fue difícil de entender. “Yo le dije al cónsul que no podía creer que no nos hubieran dado ni un paquete de pasta”, recuerda Miguel mientras Enza busca los mensajes en Whatsapp y los muestra como evidencia de la desprotección.
Mientras Italia anunciaba el despliegue de equipos de Protección Civil, personal médico en hospitales, vuelos con ayuda humanitaria, centros de acopio y apoyo a organizaciones italianas en Venezuela, la familia seguía esperando algo más básico: que alguien registrara su situación.
Según Enza, la ayuda se concentró en hospitales y en algunos puntos específicos de distribución, pero quienes permanecían fuera de esos circuitos quedaron invisibles. Asegura que nunca fueron censados, que nadie registró sus necesidades y que tampoco hubo seguimiento a casos vulnerables como el de Miguel. “En ningún momento el consulado nos preguntó si necesitábamos apoyo médico o medicamentos específicos. Nos dicen que no tienen recursos, pero no saben qué recursos necesitamos.”
Un trabajador vinculado a las instituciones italianas, que pidió reserva de su identidad, asegura haber visto llegar a varias personas damnificadas buscando ayuda. “Lo he visto y la respuesta se repite: no podemos ayudar”.
La página de la embajada también informa que clubes italovenezolanos y centros comunitarios funcionaron como puntos de acopio. Pero las publicaciones difundidas en redes sociales muestran entregas concentradas en zonas de alto impacto como Catia La Mar, la avenida Carlos Soublette, La Pastora y la avenida Panteón, sin otorgar información o protocolos sobre familias afectadas que necesitaban apoyo directo.
Los registros consulares italianos contabilizan hoy alrededor de 160.000 ciudadanos en Venezuela, distribuidos entre las sedes consulares de Caracas y Maracaibo y, en su mayoría, con doble nacionalidad. Muchos pertenecen a las familias que emigraron después de la Segunda Guerra Mundial, atraídas por las oportunidades económicas que ofrecía la bonanza petrolera venezolana. Esa historia migratoria también explica una realidad demográfica: una parte importante de esa comunidad está integrada por personas de la tercera edad, uno de los grupos más vulnerables frente a una emergencia como la provocada por los terremotos.
Este medio solicitó al consulado y a la embajada información sobre el censo de ciudadanos italianos afectados, los mecanismos para identificar necesidades específicas y la coordinación para atender solicitudes de medicamentos o insumos médicos, pero no hubo respuesta por ninguno de los canales oficiales o directamente desde sus sedes.
“A nosotros nos hicieron llenar una planilla en la que se indicaba claramente que estábamos en situación de indigencia. Ni siquiera así nos tomaron en cuenta para algún apoyo”, dice Enza. “Hemos sobrevivido gracias a nuestra comunidad: a Pasquale Ibetti del Comité Italiano, a nuestros amigos y vecinos, a los otros negocios de la calle que nos han ayudado, a nuestros clientes y al apoyo de la Alcaldía de Chacao. Pero no podemos dejar de sentirnos abandonados en esta situación, en medio de nuestra peor pesadilla.”
