6 agosto, 2026
La programación del odio (1)

Una niña de muy poca edad se aproxima con un gesto de asco en su rostro y le dice en tono despectivo a su prima: “¡Tú eres una maldita chavista!”.

Entre lágrimas y desconcierto, la niña de apenas 11 años le responde: “¿De qué estás hablando? Ese no es un tema de mi interés”. “¡Ustedes son unos malvados chavistas!”, ratificó la joven con total impunidad.

Ni siquiera el afecto familiar pudo neutralizar aquella espantosa expresión de odio que subyace de una niña cuyo conocimiento de política es limitado a su continuo acceso a TikTok.

Pero la historia no se detuvo allí; seguidamente, la misma preadolescente se dirigió a otro niño de 8 años y afirmó: “Yo estoy a favor del aborto, porque cada mujer debe tener derecho a hacer con su cuerpo lo que le dé la gana”.

Reflexiono ante la evidencia, ¿en qué momento fue que nuestros niños se involucraron en asuntos tan complejos que aún los adultos no resuelven?

 El relato es reciente y forma parte de una especie de “normalidad” de una generación criada entre contenidos cortos, influencers y pantallas. Claramente, el desequilibrado consumo de redes sociales puede tener unas consecuencias nefastas. ¿De dónde pudo obtener aquella joven información sobre temas tan densos como la polarización política en Venezuela y el aborto? ¿Quién en su sano juicio puede incorporar a pubertos a debates tan encendidos?

Tal parece que cualquier tema que sea sobredimensionado por el algoritmo que gobierna las redes es susceptible de convertirse en un factor de perturbación en la relación de unos niños con otros, incluso rozando con la posibilidad de llegar a la agresión verbal y física.

Estamos en presencia de un fenómeno digno de estudio que debe despertar alertas tempranas de potenciales brotes de violencia. Al investigar sobre las características de las redes sociales, nos encontramos que su modelo de negocio es mantener por mucho tiempo a las personas consumiendo su menú de opciones.

El algoritmo está diseñado para sugerir sistemáticamente contenidos que hayan llamado la atención del consumidor. La persona, sin saberlo, recibe cada vez mayor información que confirma sus sesgos, lo que hace que endurezca sus posturas y piense que su razonamiento es irrebatible, empujándolo a posiciones extremistas que jamás hubiese adquirido en un debate sano y normal.

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