El terremoto en la novela venezolana
Rufino Blanco Fombona, prolífico escritor caraqueño del diecinueve venezolano, publicó El hombre de hierro, novela emblemática donde problematizó el asunto de la nacionalidad corrompida por valores neocoloniales que configuraban la naciente clase media de corte consumista e imitativa de la moda chic francesa del momento.
Justamente, en ese escenario relató las vivencias en Caracas de algunos personajes principales y secundarios durante esa hora amarga del terremoto del 29 de octubre de 1900, día de San Narciso.
Al respecto narró que “esa mañana la multitud invadía las plazas y jardines públicos. La vida de la ciudad se interrumpió con el pánico. Los almacenes no abrían sus puertas; los vehículos no traficaban. Solo en las boticas, en las imprentas y en el telégrafo agolpábase, estrujándose la gente. El público devoraba las nuevas de Maracaibo, de Valencia, de Cumaná, de Ciudad Bolívar, de Coro, de Barquisimeto, de La Victoria, de Mérida; en angustia los que tenían parientes por allá…”.
Llama la atención que hace 126 años del sismo que conmocionó al país, de igual manera las falsas noticias corrían por doquier causando pánico en la población; el autor describió que “de repente circuló una extraña noticia. En el Observatorio Astronómico flameaba una bandera negra. Y corrió junto con un escalofrío de pavura, el anónimo y absurdo anuncio de que a las doce estallaría un volcán en el monte Ávila”.
Por supuesto, la gente entró en pánico y ante las feroces réplicas esperaban la explosión del supuesto cráter. Además de los corrillos mal intencionados, el capital extranjero ridiculizaba las acciones del gobierno de Cipriano Castro como ineficaz, tildándolo de cobarde por su supuesta huida al saltar el balcón de la Casa Amarilla, dejando olvidada a su señora esposa, doña Zoila.
El hecho confirma que la guerra cognitiva es de vieja data en el país. Los grandes monopolios foráneos, ávidos de materias primas estratégicas para el desarrollo de sus fuerzas productivas, no perdonaron acontecimiento tan terrible para su propio beneficio al manipular la conciencia de la decaída fuerza moral del venezolano como consecuencia del destructivo acontecimiento.
En el ámbito nacional, azuzados por los grandes capitales, llamaron a Castro “el cabito” y el “presidente saltarín”, inicio de su deslegitimación como gobernante.
