El galerón y la fuerza del (nos)otros
La palabra competencia ha cargado durante siglos con una verdad colectiva que la economía de mercado terminó por saquear. Su raíz latina habita en el verbo competere, que significa buscar juntos y dirigirse hacia el mismo lugar en compañía. El prefijo cum incorporaba al otro en el movimiento propio desde el primer instante, asumiendo que cualquier búsqueda real presupone la existencia de alguien que avanza en la misma dirección. Ese sentido original logró sobrevivir a duras penas en el verbo “competer” para señalar una jurisdicción o una responsabilidad compartida, pero se extinguió por completo en el verbo “competir” cuando el capitalismo industrial lo redujo a una rivalidad salvaje basada en la idea de que la ventaja propia depende directamente de la desgracia ajena. Al conservar la ambición del impulso y negar la comunidad del encuentro, el mercado nos dejó una palabra amputada que solo conserva la mitad de su contenido.
El galerón margariteño rescata esa potencia mutilada a través del picón, la figura más exigente de todo el contrapunteo. Cuando un cantador lanza una décima que clausura las salidas posibles, construye una imagen que parece no tener respuesta y una trampa donde la métrica, el tema y el turno juegan al unísono. Frente a la encerrona de la palabra o la sacudida de la tierra, la grieta no es el fin sino el lugar por donde se responde. El creador que recibe el desafío debe encontrar la grieta invisible en el mismo sitio, con la misma rima y bajo el dictado implacable del ritmo. El público celebra ese instante porque el verso halló el punto exacto donde la trampa se transforma en pasaje. Esa demostración evidencia que la fuerza de la dificultad es la condición necesaria para la genialidad de la palabra que abre caminos. Un picón preciso obliga al oponente a volar más alto de lo que habría volado en la soledad de su mente, demostrando que la energía del adversario nunca resta porque su verdadera función es multiplicar nuestras potencias.
La comunidad que asiste a este canto en la plaza no necesita aplicar un baremo técnico ni consultar un estándar previo. Los cuerpos presentes reconocen que el verso llegó y que la respuesta al picón desarmó la emboscada antes de que cualquier argumento racional intente convencerlos. Esa sabiduría colectiva constituye un ejercicio soberano que da cuenta de lo que el proceso produjo por sí mismo y que prescinde de cualquier juez o tribunal ajeno a la plaza. Un galeronista sin un contendor a su altura se reduce a un simple solista. Un rival débil empobrece la asamblea porque libera al otro de la obligación de superarse. El contrapunteo entero sostiene su andamiaje sobre la certeza de que la capacidad del otro sostiene la genialidad propia, asumiendo que nadie es capaz de llegar solo hasta donde llega la comunidad cuando canta.
El capitalismo educativo ejecutó la operación inversa al diseñar un sistema que no te prohíbe competir, pero que te obliga a hacerlo en la más absoluta soledad. La estructura escolar asimiló la amputación del mercado al eliminar el sentido del acompañamiento para premiar el avance individualista. El examen, la nota y el promedio transformaron el saber en una propiedad privada, una mercancía que se cotiza mejor cuanto más rezagados queden los compañeros de aula. Al cortar el lazo colectivo del aprendizaje, las instituciones convirtieron la superación en una carrera de exclusión mutua donde el éxito del estudiante se mide por su capacidad para neutralizar y superar el rendimiento de los demás.
Esta práctica de resistencia sonora todavía ocurre en las plazas y en los pueblos de Margarita. El galerón sigue vivo y su permanencia nos coloca frente a una pregunta que desborda cualquier nostalgia folclórica para interpelar el presente de nuestras aulas. La escuela actual se enfrenta a la urgencia de decidir qué hacer con una palabra que ya no nombra lo que necesitamos construir. Queda abierta la tarea de imaginar qué sucedería con el conocimiento, con la enseñanza y con la vida compartida si el sistema educativo decidiera tomar en serio lo que el galerón sabe hacer para sostenernos cuando la tierra tiembla.
