¿Dónde estaba Dios el 24-J a las 6:05 pm?
Por: Eligio Rojas, Lewis Pereira y Mariela Acuña
Si el sismo de Lisboa de 1755 alejó al ser humano de los templos al presentar a un Dios castigador e indiferente, el doblete sísmico en el país parece estar logrando lo contrario. Al asumir que la divinidad acompaña el llanto colectivo y no el brazo que destruye, las religiones en el país han construido un refugio espiritual unificado.
Hace casi tres siglos, el Gran Terremoto de Lisboa del 1° de noviembre de 1755 cambió el curso de la historia occidental: Aquella mañana, coincidiendo con la festividad católica del Día de Todos los Santos, la tierra rugió en la capital portuguesa con una magnitud estimada hoy en 8.5.
Aquel apocalipsis provocó una fractura absoluta en el pensamiento de la época. La Iglesia tradicional, liderada por figuras radicales como el jesuita Gabriel Malagrida, sepultó a los sobrevivientes bajo una narrativa implacable: el sismo era un “castigo divino” enviado directamente por Dios para purgar la corrupción y los pecados de la población. Se llegó al extremo de prohibir la reconstrucción inmediata para priorizar rezos y actos de contrición.
Esa insistencia clerical en culpar a las víctimas desató la rebelión de los grandes pensadores de la Ilustración. Voltaire destruyó el “optimismo filosófico” imperante (la idea de que vivíamos en el mejor de los mundos posibles) en su célebre Poema sobre el desastre de Lisboa y en su obra Cándido, argumentando que un Dios verdaderamente bondadoso no podía ensañarse de forma tan cruel e indiscriminada con niños e inocentes. El desastre de Lisboa secularizó a Europa: apartó las explicaciones teológicas y dio nacimiento a la sismología moderna gracias al Marqués de Pombal, quien acuñó la famosa frase pragmática: “¿Y ahora? Se entierra a los muertos y se da de comer a los vivos”.
Hoy, en la Venezuela de 2026, lejos de la homogeneidad punitiva del siglo XVIII, emerge una amalgama de visiones donde conviven el misterio de la prueba, el imperativo de la acción humana y la dolorosa irrupción de intolerancias dogmáticas que demuestran que el fantasma de Lisboa sigue vivo.
El Dios que sufre con las víctimas.
Para el padre Numa Molina, la respuesta ante la tragedia venezolana se desmarca por completo de los reproches coloniales de Lisboa. Al preguntarle directamente dónde habitaba la divinidad el día del sismo, el sacerdote jesuita responde con seguridad y sin titubeos: “Dios estaba allí con nosotros sufriendo, como sufría con el hijo cuando moría en la cruz. Ahí estaba él, muriendo con él y resucitando con él”.
Apoyándose en la Carta de Pablo a los Romanos, Molina extiende un bálsamo teológico a quienes hoy lloran pérdidas humanas en el litoral y la capital: “Nosotros también resucitamos. Ellos están vivos; nosotros celebramos la vida, a pesar de la muerte, porque la muerte no es más que un paso hacia la vida eterna”. El sacerdote aclara con firmeza que sus palabras “no son una consolación de tontos”, sino “una verdad de fe que la creemos como cristianos”. Para él, las gracias divinas y los dones se revelan cuando el ser humano se activa para servir al prójimo en el caos, emulando el relato del Evangelio de San Mateo, donde Jesús se regocija por sus discípulos que salieron a la calle a proclamar la buena noticia y a romper con las viejas e inmóviles estructuras de los maestros de la ley.
El misterio de la prueba y la fe protectora.
Desde el púlpito evangélico pentecostal, la interpretación adquiere matices de examen espiritual y misterio. “¿Crees que Dios puede transformar a Venezuela?, ¿usar lo que ha pasado para la gloria de él?”, plantea Samuel Olson, pastor principal de la Iglesia Evangélica Pentecostal Las Acacias. Él mismo responde con convicción que el creador utilizará “todo esto para una transformación del corazón de Venezuela y para ver la gloria de Dios”.
Aunque Olson confiesa que descifrar el mensaje exacto detrás de los movimientos telúricos escapa al entendimiento humano —afirmando que “Dios actúa en el sufrimiento”, pero que hasta revelar el misterio de su voz “no ha llegado” —, evoca pasajes del Antiguo Testamento para dar contexto. Recuerda cómo Dios usó en su tiempo “la maldad del faraón egipcio para liberar al pueblo de Israel” y recurre al Génesis con el sacrificio de Isaac para recordar que los pueblos, al igual que Abraham, son examinados. “Dios pone a prueba la fe de cada uno”, comenta, invitando a creer “a pesar de cualquier circunstancia desfavorable. Puede ser que nos encontremos en una hambruna o en la maldad que produce caos. Pero cada uno tiene que descifrar, tiene que determinar eso, porque Dios habla”.
En las calles y avenidas afectadas, los relatos de salvación reviven el misticismo bíblico. Una residente del edificio Punta Brava (en la avenida La Playa de Macuto, La Guaira) narra con asombro cómo su estructura quedó incólume mientras la edificación contigua colapsó por completo. Cuenta que semanas antes su hijo Benjamín, de apenas ocho años, insistía con extraña fijeza en cuándo iban a “ungir las columnas del apartamento” debido a los pequeños temblores previos. “El Señor me había dicho en oración: ‘Vas a ver la destrucción, pero no te llegará’”, relata la mujer, equiparando su experiencia con el capítulo 12 del Éxodo, donde la sangre en las puertas desvió al ángel de la muerte. Movida por la petición del niño, oró a las 3:00 a.m. sobre las columnas de su inmueble, el cual no sufrió daño alguno.
Contra la resignación.
Desde la perspectiva judía, la mirada se aparta radicalmente de buscar justificaciones metafísicas o culpas divinas, planteando la antítesis más pura al providencialismo que hundió a la Lisboa del siglo XVIII. “Siempre digo que Dios no quiere que entendamos por qué pasan esas cosas malas. Porque si vamos a entender la razón, lo vamos a justificar. Y si lo vamos a justificar, lo vamos a aceptar. Y si lo vamos a aceptar, no lo vamos a cambiar. Y Dios quiere que cambiemos”, explica el rabino Joseph Garmon.
Para el judaísmo, la mente humana es limitada y binaria, incapaz de captar la dualidad cuántica del universo y, mucho menos, los designios de la divinidad. Por ello, el enfoque desplaza la responsabilidad directamente al terreno humano.
“En esa situación, nuestro papel no es preguntar dónde estaba Dios, sino dónde está el humano. ¿Dónde está el humano que tiene que trabajar, que tiene que apoyar, que tiene que hacer?”.
A través del concepto fundamental del Tikún Olam —la misión del hombre de perfeccionar y reparar el mundo creado—, sostienen que ante la tragedia (sea un terremoto o el Holocausto), la única respuesta válida es la acción consecuente.
“La próxima vez, evitarlo con tecnología o lo que sea (…) Ayudar a la gente y eso hace parte de transformar el país. Nada es resignarnos”, dice Miguel Truzman, portavoz de la comunidad hebrea.
San Juan y el estigma de la intolerancia post-sismo.
El doble sismo coincidió con una fecha de profunda significación popular en las costas: el día de San Juan Bautista. Para Alexander Torrealba, representante de la regla de Osha (yoruba), lo ocurrido se desmarca de cualquier misticismo.
“Dios siempre ha estado con nosotros y nos protege a cada momento; lo ocurrido fue un fenómeno natural que puede ocurrir en cualquier parte del mundo”, afirma, lamentando las muertes de ciudadanos de todos los credos y viendo en la tragedia “un llamado a la reflexión para todos los religiosos del mundo buscar amor, hermandad, unificación, tolerancia y respeto para salir adelante”.
Relata que en el mundo ancestral hubo premoniciones: “Hay signos que manifiestan pérdidas y desastres naturales; muchos religiosos soñaron y tuvieron pesadillas fuertes y realizaron lo que llamamos ebbó (ofrendas/limpiezas) para poder estar bien”. Él mismo se considera un testimonio vivo de protección: “Yo salí de mi casa con mi familia y antes de los 10 minutos ocurrió el terremoto y el edificio se cayó”. Además, destaca un fenómeno, donde los tambores de San Juan sonaban en las calles y los edificios resistieron: “¿Y por qué no dicen que los que se salvaron fueron porque estaban en los tambores de San Juan? Eso es coincidencia”.
Sin embargo, la coincidencia de fechas ha despertado tensiones que recuerdan las campañas de incriminación de la Lisboa colonial. Torrealba aprovecha el espacio para formular una denuncia directa sobre el clima de acoso que vive su comunidad tras el desastre: “Me gustaría realizar una denuncia sobre la discriminación y la campaña que cristianos evangélicos están realizando de culpar a las religiones ancestrales del terremoto que ocurrió en Venezuela”. Ante los señalamientos que buscan etiquetar la catástrofe como un castigo divino por las expresiones de fe afrocubanas y tradicionales, el líder yoruba es tajante: “Solo casualidad”.
