17 abril, 2026
Narrativa, poder y vida cotidiana

Si hay algo que hemos entendido como pueblo profundamente político es que para nosotras y nosotros la política como hecho no solo se juega en los parlamentos, pues transversaliza los relatos que nos contamos sobre el mundo y especialmente sobre nosotras mismas. Como advierte Byung-Chul Han en La crisis de la narración (2012), vivimos una sobreabundancia de información que no produce sentido; los datos circulan y se consumen, pero no construyen orientación ni continuidad histórica. Esta fragmentación afecta nuestra experiencia colectiva y debilita la capacidad de proyectar futuro.

A partir de ello es que me surge una interrogante, pues en Venezuela tenemos el llamado a no permitir la ausencia del relato ni sus abstracciones, pues esta narrativa atraviesa la vida cotidiana de quienes sostenemos familias, comunidades y proyectos desde la resistencia diaria. Dicho en palabras más llanas, la política que no narra desde lo cotidiano invisibiliza a quienes sostienen la vida: mujeres, cuidadoras y quienes enfrentan desigualdades estructurales. Fisher (1984) sostiene que la persuasión política efectiva no se da solo con argumentos aislados, sino mediante historias que construyen sentido social y coherencia. Sin relatos que conecten memoria, conflicto y horizonte, la acción colectiva se dispersa.

Disputar la narrativa es disputar poder. Las narrativas mercantiles, centradas en la economía de la atención (Papacharissi, 2010), captan emociones sin generar conciencia ni densidad histórica. Nosotras, que militamos desde la ética de los afectos y el feminismo, necesitamos relatos capaces de arraigar, que nos nombren y reconozcan como sujetas de la historia.

La perspectiva de género no es un adorno: es la brújula que visibiliza la vida cotidiana como espacio político. Narrar desde ahí implica reconocer que lo doméstico, el trabajo de cuidados, la salud mental y la resistencia diaria son campos de disputa. Nombrarlas es reclamar que la política recupere densidad, humanidad y horizonte (Tronto, 2013).
Si dejamos de narrar, otros lo harán por nosotras. Recuperar la narración es, en última instancia, recuperar la posibilidad de hacer política desde el amor, la justicia y la vida cotidiana. Es ponerle el cascabel al gato y recordar que transformar el mundo comienza por nombrarlo, hacerlo inteligible y habitable para todas.

Como siempre te lo he dicho, que nadie se equivoque nosotras y nosotros venceremos. ¡Palabra de mujer!

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