Las sanciones no existen… (1)

Ya la vida no es la misma; en el imaginario de millones hay una marca de arrechera, decepción, tristeza y en algunos casos, de odio, mucho odio, un rencor que sigue carcomiendo a una parte de los venezolanos.
No se me olvidan las lágrimas de aquella abuela, que sumergida en la soledad por la migración de sus hijos y nietos, me dijo que la vida no tenía sentido si no podía reunir nuevamente a su familia.
Cuando se fueron del país sus seres queridos, huyeron espantados por una hiperinflación que pulverizaba el salario al mejor estilo de la plataforma opositora Dólar Today. No les faltaban razones; unos empresarios habían decidido por aquella época que debían desaparecer de los supermercados los alimentos y víveres esenciales para la vida cotidiana.
No había papel toilet, era imposible acceder sin cola a una harina para hacer arepas, las medicinas más comunes no estaban disponibles, las profecías autocumplidas de las voces agoreras se habían convertido en una realidad apocalíptica. En medios y redes, los pedidores de “libertad” se regocijaban por haber “acertado” sus vaticinios.
Allí en las pantallas siempre estuvo presente el mensaje de desasosiego, mientras se creaba una inusitada logística para facilitar la salida masiva de venezolanos a través de inéditos autobuses que recorrían varios países y de los cuales no recuerdo su existencia antes de la crisis.
Para poder sobrevivir muchos tuvieron que incrementar sus horas de trabajo, emprender con la venta de cualquier dulce, perro caliente, hamburguesa o cualquier otro servicio que permitiera ingresos para completar un salario que en 2008 (con Chávez) llegó a ser el mejor de América Latina.
El sistema de salud se redujo a un sálvese quien pueda en medio de la caída libre de los ingresos por concepto de la venta de petróleo; la ansiedad revoloteaba en las mentes y los estómagos de millones. El venezolano pasó de ser uno de los países de tradición en la recepción de emigrantes a una de las naciones con mayor tasa de migración, familias separadas, el llanto de las madres y una situación económica que solo podía justificarse en un contexto. Todo ocurrió después de la firma de un decreto en el cual Barack Obama calificó a Venezuela como una amenaza inusual
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