Las huellas del crimen – Últimas Noticias
El crimen perfecto no existe; siempre hay una huella, un cabo suelto o un soplón. En el caso contra Venezuela, Maduro y Cilia, el “delito” no se planificó en callejones oscuros, sino en los despachos de la Casa Blanca. El botín: petróleo, oro y tierras raras. El método: una puesta en escena de una novela de espías.
Para ejecutar el saqueo, era necesario un engaño masivo. Al estilo de las inexistentes “armas de destrucción masiva” en Irak, se desempolvó una vieja fábula de los años 90: el “Cartel de los Soles”. Bajo este disfraz de narcoterrorismo, lo que en realidad fue una incursión bélica y el secuestro de un presidente y su esposa, se la intentó vender al mundo como una “operación policial”. Para ocultar la agresión física y el traslado de rehenes hacia un juicio ilegal en suelo estadounidense.
Pero el asesino dejó el arma con sus huellas. El error de origen está escrito. John Bolton, exasesor de Seguridad Nacional, confesó en sus memorias de 2020 (The Room Where It Happened) la orden tajante que recibió el 15 de agosto:
“… Surgió el tema de Venezuela y Trump me dijo enfáticamente: ‘Hazlo’, refiriéndose a deshacerse del gobierno de Maduro. “Esta es la quinta vez que lo pido”, continuó… Trump insistió en que quería opciones militares para Venezuela y luego conservarla porque “en realidad es parte de Estados Unidos”.
La premeditación y la alevosía son totales. Pero si Bolton confesó el plan, el propio Donald Trump confesó el motivo. En junio de 2023, ante la Convención Republicana de Greensboro, el autor del crimen soltó la verdad sin remordimientos:
“¿Qué les parece que estemos comprando petróleo a Venezuela? Cuando me fui, Venezuela estaba a punto de colapsar. Nos habríamos apoderado de ella, nos habríamos quedado con todo ese petróleo”.
Aquí no hay lucha por la “democracia”, hay pillaje. La “Operación Resolución Absoluta” de 2026 no fue justicia, fue una ejecución militar de un plan de pillaje de recursos. Ahora, tras el estruendo de los bombardeos en Caracas y el traslado forzoso en un buque de guerra, pretenden legitimar el ultraje con una trampa política-jurídica en Nueva York.
El criminal es confeso; ahora el sistema judicial de EEUU enfrenta una prueba de fuego: o se hace cómplice de una infamia documentada, o permite que la verdad y la soberanía se impongan sobre la codicia. Al final de esta novela negra, solo queda una certeza: la historia, como un fiscal implacable, ya ha dictado su veredicto.
