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“La sirenita” finalmente está en los cines. Con su película de acción real, basada en el clásico animado de 1989, Disney apuesta 200 millones de dólares de sus arcas en su producción. Desde el anuncio de su elenco, el 3 de julio de 2019, la controversia le ha pisado los talones de manera recurrente día a día.
Pero lejos de la polémica, cuando el espectador asiste a la sala de cine va a entretenerse no a juzgar a la protagonista por su color de piel. Bueno, dice uno. En este sentido Rob Marshall, su director, hace malabares para gritarle al mundo que es algo nuevo.
Mar adentro, la película inicia con una frase contundente: “Pero una sirena no tiene lágrimas, y por lo tanto ella sufre mucho más”. Olas chocan entre sí advirtiendo la marejada por venir.
En modo crítica
Una vez iniciada la cinta el espectador simplemente se deja llevar por el trabajo de la actriz y se enfoca en otros asuntos para medir su alcance. Acapara la atención su credibilidad, su conexión con el elenco, la química que logra con su contraparte masculina o, incluso, la fuerza de su voz para narrar y enganchar a la audiencia en una historia de amor, inocencia y lucha.
Halle Bailey, la actriz a cargo, debuta en estas lides pues viene de ser cantante y por allí la condición le pasa factura. No es mala, pero le falta recorrido. Su expresividad bajo el agua es parca y el director evita planos cerrados que permitan capturar sus emociones. En su lugar, Marshall la enmarca constantemente en planos generales donde su rostro lucha por la atención contra la distracción que genera su cola de sirenita. El contrapeso se logra con el impresionante registro vocal de la chica (en la versión en inglés). Porque allí sí podría decirse que es la sirena perfecta, esa que enamora desde el canto.
Pese a esto, es inevitable que el público que vio y recuerde la versión animada no la compare. Sobre todo porque Disney, en su estrategia de marketing, parece el principal interesado en vender el producto como un live action -que revive a otro- empujando a la confusión y desatando el conflicto.
Desde este punto de vista, por momentos, la película sí evoca a la aventura estrenada en 1989. Pero está lejos de ser una copia al carbón, ya la simple elección de su protagonista lo advertía. También es inevitable que se pierda la magia propia de la animación donde un Dios, en este caso el ilustrador, diseña y construye a su antojo al personaje. Les da una forma que se aleja de la realidad, los caricaturiza para hacerlos exagerados y encantadores. En el caso contrario, el actor se puede caracterizar pero jamás puede lucir exactamente igual a una comiquita. Con la tecnología de su lado los creativos dibujan el contexto de una fantasía que trata de parecer más bien creíble. Flounder, el pececito que acompaña a Ariel, es a quien esto más le pasó factura.
Versión versionada
Otro elemento a tomar en cuenta es que la historia de “La sirenita” está inspirada en el cuento de Hans Chritian Andersen, lejos de ser una copia fiel. Lo que se traduce en que esta vez es una versión (de acción real) de la versión (animada) de la versión (del libro).
En esa “versionadera” se pierden líneas y estructuras que Disney cimentó en la consciencia de los fanáticos del proyecto original. Tanto así que se desdibujan varios de sus personajes y la historia toma rumbos insospechados.
Planos y sin chispa, carisma o expresividad, sus personajes obedecen a nuevas construcciones. La historia animada también sufre alteraciones que sepultan momentos emblemáticos que daban ritmo a la trama. Hoy, simplemente, hay giros que amarran la historia, para hacerla, según su director, más actual. Pero no son decisiones acertadas, duélale a quien le duela.
En este sentido, las hermanas de Ariel, por poner un ejemplo, pierden su voz y canción para aparecer con apenas parlamento. Se les incluye en una subtrama sin contexto que luce forzada y trillada al estar desligada de la historia.
Lo mismo ocurre con nuevos personajes que no se justifican en la acción y que están solo para estirar el chicle y sonar políticamente correctos. Y repito, Bailley como Ariel engancha con su voz pero su inexperiencia como actriz le pasa factura. Cuando se queda muda es sin duda el momento más emocionante de la aventura, en el que ella por fin hace clic con el príncipe y con el espectador. Pero el problema con Eric (a cargo de Jonah Hauer-King) es que cuando están juntos las pocas chispas que saltan no terminan de encender una llamarada.
¿Quiénes despuntan? Los personajes que lucen más intactos en el guion a la versión original. Tal es el caso de Sebastián, que diminuto y todo se hace notar por su buen parlamento y excelente ejecución detrás de quien presta su voz. Scuttle también se roba el show, o la misma Úrsula que en la piel de Melissa McCarthy le aporta a la villana un toque cómico y desquiciado que la eleva. Mala y calculadora gana credibilidad y, por allí, no solo genera terror pues también hace gala de nuevas artimañas que aportan giros. Su interpretación del tema “Pobres almas en desgracia” es perfecta y con su vuelta como Vanessa (a cargo de Jessica Alexander) explora una sensualidad y malicia que acaban por sepultar a Ariel.
Nuevas canciones
Otra novedad, que se suma a las ya reveladas, es la actualización de la banda sonora. Eric deja su flauta (de la versión animada) para demostrar que tiene voz y Ariel se luce con un tema en el mejor momento de la trama. Específicamente en el instante que es humana y experimenta todo aquello que tanto soñó. El espectador se conmoverá y soltará carcajadas con las cosas que le pasan en medio de su inocencia.
Caso contrario ocurre con Eric y su canción. Si bien es una balada interesante, en la escena son pocos los recursos a los que se echan mano y en su lugar la emotividad se pierde al mostrar al protagonista perdido en un mismo espacio. Lleno de ansiedad, sube y baja una cuesta como enloquecido por un recuerdo. Solo al final de la canción se le ve cantar en un barco, como para rematarla y sacar la escena de la monotonía.
Scutle, la gaviota que hoy es un ave que puede pasar más tiempo bajo el agua que en la superficie, también canta su propio tema. Es moderno y construido en forma de rap. Divertido y fuera de lugar, como el mismísimo personaje, logra con sus locuras la risa instantánea.
¿Saldrá a flote o se hundirá?
Este fin de semana es crucial para “La sirenita” pues determinará si sube a flote o por el contrario se hunde. La expectativa de viejos y nuevos fans está latente y será lo único que mueva esa balanza en favor o en contra.
Es una película con cierto encanto, pero no es el mejor live action que Disney haya hecho. Lamentablemente pudo haber sido memorable en lugar de una versión de la versión de la versión. Será el espectador quien determine su destino.
