22 abril, 2026
«La trepadora» y el linaje indetenible

Según el crítico y escritor Orlando Araujo, Rómulo Gallegos llevó la novela criollista a su máxima expresión, otorgándole un carácter perdurable. El ejemplo más evidente es su célebre «Doña Bárbara» (1929); sin embargo, otras obras como «La trepadora» (1925) continúan despertando interrogantes existenciales.

En esta novela, Gallegos retoma la ambición de los grandes narradores del siglo XIX: mostrar la crudeza social y el detalle de las relaciones humanas, especialmente a través de las genealogías familiares. El paralelo más claro se encuentra en Émile Zola y su saga de los Macquart, donde personajes como Naná encarnan la tensión entre belleza, deseo y degradación social. Naná, artista fallida, asciende en la escala social mediante la prostitución.

Gallegos condensa esa mirada en una sola obra, exponiendo los conflictos de varias generaciones. La hacienda Cantarrana, en los Valles del Tuy, se convierte en escenario y símbolo: tierra fecunda descrita con la palabra herbosa del autor, donde naturaleza y pueblo se entrelazan. Allí se erige la genealogía de Hilario Guanipa, caudillo cuya juventud lo muestra como un hombre noble capaz de superar la barbarie heredada de su apellido y de los vándalos tíos que asolaban al pueblo. Pero en la madurez, corrompido por el poder, Hilario revela la fragilidad de la virtud con despotismo.

La vida de Hilario transcurre entre figuras femeninas decisivas: Modesta Guanipa, su madre mulata; Adelaida Salcedo, su esposa; y Victoria Guanipa, su hija. Son las mujeres de la estirpe Guanipa quienes concentran el verdadero peso narrativo. El hombre blanco aparece como el escalón del ascenso social, reflejo de un fenómeno de su tiempo frente a las estructuras sociales y raciales que relegaban a la mujer. Sin embargo, ese ascenso se transforma en cada una de las mujeres que Gallegos retrata con una visión más compleja del rol femenino, entendido como mediador y catalizador dentro del propio desarrollo humano.

La voz del relato, al evocar los temores de Adelaida, subraya “los graves recelos que siempre le habían inspirado los ímpetus de aquella sangre que la hija llevaba en sus venas, sangre de una raza trepadora que ante nada se detenía”.

Con ello se revela que la trepadora trasciende la idea del sexo femenino: es también una fuerza vital que corre por las venas, una pulsión heredada. Más que una metáfora de ascenso social, se trata de una naturaleza que busca liberarse de las cadenas impuestas por las estructuras sociales del siglo XX.

Centenario de una gran obra

A 100 años de «La trepadora», invitamos al lector a descubrir o redescubrir la historia de esta novela apasionante. Con una mirada afirmativa, Gallegos proyecta en Victoria, uno de sus personajes, un ideal: la fuerza espiritual que brota del mestizaje, esencia de la identidad venezolana. En ella se encarna la voz de una época y la afirmación de un destino colectivo: “Yo soy una mujer de mi tiempo, y tengo la verdadera virtud, que no es evitar el peligro, sino vencerlo”.

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