La macdonalización estética del gusto
Anoche, mientras navegaba entre las aparentes infinitas ofertas de delivery que prometen darme placer y hacerme así feliz, me doy cuenta que las hamburguesas están imperando en el mercado.
Ofertas tentadoras, combos irresistiblemente económicos y fotografías que te hacen salivar y prometen desde bocados jugosos y llenos de sabor hasta estrambóticas hamburguesas empapadas en varias salsas con topping de cambur. Todas buscando tu asombro, construyendo tu deseo, cientos de mensajes lanzados a tu mente hasta que, como un estúpido pez, caigas en uno de los anzuelos.
Pero, ¿dónde están las otras opciones? ¿Acaso la gastronomía se ha reducido a una batalla campal entre hamburguesas?, o si no ¿con el pollo frito, el sushi, la comida china y la pizza? Y todo aderezado con mucho kétchup.
La respuesta, creo, es más compleja de lo que parece. Por un lado, la comodidad y la rapidez son factores que pesan mucho en nuestras decisiones a la hora de comer. Pedir comida a domicilio se ha convertido desde la pandemia en una práctica común, y las plataformas de delivery han entendido a la perfección qué es lo que buscamos: opciones sencillas, conocidas y, por supuesto, que parezcan sabrosas. Por esto es muy importante el engaño de la imagen que te presentan, porque todo el trabajo lo hace tu mente.
¿Y cuál es el costo que estamos pagando? Esta homogeneización del paladar, esta reducción de la gastronomía a unos pocos géneros industrializados, tiene como consecuencia la actual banalización del gusto y de la comida. ¿Qué ha pasado con la diversidad culinaria? ¿Dónde están los platos tradicionales, las recetas de la abuela, los sabores auténticos y la comida sana? ¿Y las otras comidas de países como Grecia, Marruecos y Polonia? Solo por nombrar tres.
Pero además se ha ido moldeando el gusto a la aceptación de la salsa kétchup, la mostaza y la mayonesa sobre cualquier cosa cocinada o no, lo que genera un aplanamiento del sabor y un acomodamiento del gusto a pocos sabores pasteurizados.
Pero esta situación es mundial, la globalización, la estandarización de los productos y la búsqueda de la maximización de la ganancia han llevado a una creciente homogeneización y banalización de los gustos a nivel mundial.
El modelo de negocio de las grandes cadenas de comida rápida, con sus productos estandarizados y sus campañas de marketing agresivas, influyo en nuestros hábitos alimenticios de manera profunda, extendiéndose hasta una estética funcional del “usa y bota”.
A mi modo de ver se ha empobrecido el gusto, no solamente concebido como sabor si no también en su función estética.
Ejemplo de esta categoría “estética” son esas hamburguesas gigantes para 4 personas bañadas en queso líquido amarillento y tocineta de mentira más un kilo de queso blanco rayado y su respectivo y abundante chorro de mayonesa de ajo. Lo curioso es que esta imagen asombra generalmente al espectador, pero no le dan nauseas.
De hecho, el concepto de “McDonaldización” acuñado por George Ritzer unos años atrás describe cómo los principios industriales de eficiencia, calculo, previsión y control han invadido cada vez más ámbitos de nuestra vida, incluida la alimentación.
Comer en un restaurante, que antes era una experiencia particular y personalizada, dónde había mantel, florero, platos de cerámica, cubiertos de metal, un mesonero, una ritualidad, atmosferas y olores característicos, y hasta una cierta privacidad e intimidad que sentías. Todo eso ha desaparecido, se ha vuelto cada vez más similar a una visita a un McDonald’s o a un restaurante de terminal de autobuses, un menú limitado, un ambiente estandarizado y un servicio rápido en un contexto en donde las mesas y los muros están forrados de imágenes tipo valla publicitaria. Ahí no es posible la más mínima privacidad y menos intimidad. Todo te está mandando el mensaje “termina de consumir y vete que otro debe ocupar tu lugar para consumir”.
Esta homogeneización tiene consecuencias que van más allá de nuestro paladar.
Al reducir la variedad de opciones, limitamos nuestra exposición a nuevos sabores y culturas. Además, la comida rápida, rica en grasas saturadas, azúcares y sodio, está asociada a una serie de problemas de salud como la obesidad, la diabetes y las enfermedades cardiovasculares.
Pero volvamos a la hamburguesa, sin duda que la pandemia modifico muchos hábitos cotidianos y uno fue el de donde y como comemos.
Y ciertos productos se han vuelto “imperativos”, como la hamburguesa que ha invadido todos los lugares, callejones y carreteras. Por ahora la hamburguesa está ganando en ventas sobre el pollo frito, el sushi y la pizza. Date cuenta que es tan así que en tu horizonte cotidiano siempre aparece alguien con una hamburguesa.
¿Hay motivos para ser optimistas? Podemos ponernos la conciencia en paz y decirnos que cada vez más personas se interesan por la cocina casera, los productos locales y la alimentación saludable, pero creo que la gran masa de consumidores está contenta con sus gustos banalizados y tienen las papilas gustativas adictas a ciertos sabores.
Tal vez lo que queda es la oportunidad para reflexionar individualmente sobre nuestros hábitos de consumo y tratar de buscar alternativas más saludables y sostenibles.
¿Y tú qué opinas? ¿Podremos recuperar el placer de comer de manera consciente y responsable o nos va a ganar la banalidad del gusto?
