La humanidad naufraga en Gaza
Al cumplirse 80 años de la derrota del nazi-fascismo en Europa y del militarismo supremacista japonés en Asia, resulta trágico y decepcionante ser testigos de la poca capacidad de la humanidad para aprender las lecciones que – a menudo y con toda crudeza— nos da la historia. El ejemplo más tajante y actual de esta afirmación la vemos a diario en vivo y directo en Palestina. La población de la Franja de Gaza, cerca de dos millones de personas, es sometida a una estrategia metódica (que pareciera prever hasta en lo mínimos detalles) de limpieza étnica, ante la mirada pasiva y vergonzosa de la Organización de las Naciones Unidas.
Israel asesina a diario civiles indefensos, ya sea con balas, bombas o por hambre. Los gazatíes, hacinados y sometidos al terror por un Estado criminal, versión hitleriana del siglo XXI, padecen las terribles acciones que muestran lo que pueden hacer las naciones cuando caen en manos de monstruos como Benjamín Netanyahu.
Ahora bien, el citado no se manda solo, aunque en su delirio de recrear el “Gran Israel del rey David” él lo crea así. La verdad es que el juego del capital lo lleva de la mano. El genocidio en Gaza es un negocio redondo, bien calculado. Un negocio para los vendedores de armamento estadounidenses y europeos, para los importadores de balas, misiles y demás equipamiento militar israelí. Un negocio para quienes controlan el ingreso de alimentos y medicinas. Y un negocio también para las empresas que ya se frotan las menos pensando en la “reconstrucción de la ciudad”.
Y es en esta fase cuando aparece Donald Trump, el empresario-presidente del sector hipotecario con el proyecto Great Trust (Fondo para la Reconstitución, Aceleración Económica y Transformación de Gaza). A esto también se le ha llamado la (futura) Riviera del Medio Oriente, un plan que supone inversiones entre 70.000 y 100.000 millones de dólares para el desarrollo de un espacio donde habría empresas de tecnología, centros de datos, plantas de vehículos eléctricos, complejos turísticos de lujo y rascacielos.
Obviamente, en este escenario sobran los palestinos, los verdaderos dueños ancestrales del territorio, una tierra -que casualidad- rica en gas natural.
