24 abril, 2026
La ciencia al desnudo: utopías e historia

«Las herramientas del amo nunca desmontan la casa del amo». Esta frase de la poeta feminista Audre Lorde ―que se ha hecho parte del refranero popular― es una invitación a cuestionar lo dado ―como tiempo, como realidad, como utopía―, con miradas, memorias, formas y prácticas alternativas que permitan avanzar en la transformación de la realidad. Preocupa que la imaginación del tránsito a otro tipo de relaciones humanas siga marcada por el mito del progreso y la realización siempre futura, que caracteriza al pensamiento moderno/colonial y al capitalismo. Hay una izquierda que no termina de comprender que el horizonte moderno (llámese progreso, desarrollo) es la continuación de una teología, de una ciencia, cuyo fundamento se caracteriza por la negación del otro, la ecuación sujeto-objeto y una lógica de guerra contra la madre tierra; una ciencia que hoy tiene en jaque la vida en el planeta.

Lo grave de la colonialidad es que no nos permite ver ni entender que la ciencia ideologizada de la modernidad hace posible la presencia de las relaciones capitalistas, las cuales implican una ruptura existencial con la comunidad, de efectos destructores de la posibilidad de la vida. La modernidad no solo domina por medio de la economía, la ideología, la ortopedia social y demás artefactos represores; a través de la ciencia, esta cultura sustenta y legitima su modelo ideal para hacerlo pasar como bueno, racional, justo e incluso apetecible. ¡No es de extrañar que capitalistas y socialistas converjan en la ciencia moderna y coincidan en que el horizonte de todo pueblo es la modernización, esto es, ser desarrollados! Hacemos esta referencia con plena conciencia de que hablar, con rigor, de la transición hacia otra forma de vida presupone reconocer que tanto el capitalismo como el socialismo, hasta ahora, comparten el mismo fundamento y el mismo modelo ideal: la modernidad y el «desarrollo». En el libro Qué significa pensar ‘desde’ América Latina, el maestro Juan José Bautista arguye este asunto de la siguiente forma: «El socialismo, como intento de superar la dominación del trabajo humano, dejó intacta su pretensión de dominio de la naturaleza. Porque la modernidad, por constitución, es el desarrollo de la subjetividad que domina, controla y somete todo lo que se le enfrenta».

Si queremos tejer otra manera de vivir, tenemos que crear otro concepto de ciencia, capaz de humanizar las relaciones humanas y la relación con la Pachamama, y de impulsar la emancipación de cada uno/a como condición de la emancipación de todos/as. Más allá: ese otro concepto de ciencia solo vamos a poder desarrollarlo desde otro modelo de vida; es decir: tenemos que construir y vivir otra subjetividad que no sea la moderna; solamente, entonces, podrá cambiar no solo nuestra visión de la realidad, sino también la manera de transformarla. Dicho de otro modo: pasar de una forma de vida a otra radicalmente distinta.

Observar los problemas desde otro lugar que no sea el habitual es imprescindible. En una profunda reflexión filosófica sobre lo que significa un proyecto socialista que trascienda la lógica moderna ―presentada en la Escuela Comuna o Nada, desde Barquisimeto―, el sociólogo puertorriqueño Ramón Grosfóguel compartió algunas luces: «El socialismo no es más ciencia, ni más tecnología: el socialismo es transformación de los seres humanos, en su ser, en su razón, en sus relaciones». Efectivamente, ¡creer que mayor tecnología significa mayor conciencia representa un mito! La conciencia no cambia con más títulos universitarios, ni mayor conocimiento moderno; esa es una visión mecánica y reduccionista que no sale del marco de interpretación colonial. Ya en el siglo XIX, el maestro Simón Rodríguez, lo tenía claro: de nada sirve acumular conocimientos extraños al arte de vivir.

Consciente de que la independencia plena es cultural, el maestro Simón Rodríguez aportaría un mensaje decolonial, con una trascendencia histórica y política, que no deja de interpelar a los Sures globales del presente, en sus procesos de lucha y de construcción de espacios de esperanza. En uno de los más lúcidos textos que haya escrito, Luces y virtudes sociales, Samuel Róbinson advierte cómo «la sabiduría de la Europa y la prosperidad de los Estados Unidos son dos enemigos de la libertad de pensar en América». De ahí su insistencia en la necesidad de no imitar a Occidente y de avanzar en el fortalecimiento de un pensamiento crítico: las ideas primero que las letras. El llamado robinsoniano, a repetirlo mil veces, sigue vigente hoy.

Simón Rodríguez comprendió la modernidad/colonialidad. Para el maestro del Libertador de América, si partimos de la perspectiva moderna de ciencia y tecnología, como que casi todo está claro, no tenemos posibilidad de pensar ni de conocer nuestras realidades; porque la racionalidad de la modernidad solo es apropiada para una cultura y una cosmovisión en guerra abierta con la vida; una civilización que no conoce otra forma de relación que no sea preponderar (léase: dominar); una civilización que se autodestruye, porque no sabe vivir en comunidad. ¿Qué pasa cuando intentamos conocer y transformar aquello que no pertenece a esa cosmovisión moderna? Si queremos pensar, lo fundamental, en el ideario robinsoniano, es, además de conocer, ir a nuestras raíces y, desde allí, contribuir para la transformación de la realidad y de la teoría que supuestamente explica la realidad.

No salir de los vagones de la modernidad significa quedar atrapados al interior de su cosmovisión y su horizonte, que es el lugar de donde hay que salir, reflexiva y categorialmente, para poder superar las crisis en las que estamos hoy. Por ello, resulta indispensable una robinsonada, que nos haga recuperar el vínculo con nuestra historia, nuestra filosofía política, nuestra identidad comunitaria, nuestra realidad.

Pensar, a fondo, exige cerebros complejos y poner de pie la realidad invertida (puesta de cabeza) por el mercado moderno, hasta el día de hoy. La conciencia ética es la que nos hace desarrollar más capacidad cerebral. En el libro Date con la ciencia, decíamos que el pensamiento matemático es lo primero que nos inculca la educación moderna. Así, en las escuelas, se nos enseña a abrazar las matemáticas como el conocimiento más desarrollado y como la base central de nuestra capacidad intelectual. Pero no es así: los cerebros más complejos son aquellos con mayor conciencia ética; los cerebros éticos tienden a hacer más conexiones entre los millones de neuronas, dada la necesidad de pensar en todas las posibilidades y en los efectos probables que se pueden generar a partir de una acción. Pensar, de cara a los problemas, no se queda solo en la tematización crítica de un asunto o problema, también ilumina posibles salidas a la situación que motiva el pensar.

Luchar por un mundo otro implica acompañar la formación de generaciones de cerebros complejos, caracterizados por un pensamiento ético-crítico, que permita producir otro modo de vida, otro tipo de sujeto, otro tipo de relaciones y otro modo de desear la vida, que no sean los que la modernidad/capitalista impone. En la primera entrega de esta trilogía que comparto sobre la ciencia, observábamos que el razonamiento de la investigación científica hegemónica parte de la relación sujeto-objeto, como es lo propio del mundo moderno. Esta lógica presupone que la teoría ocupa el lugar del sujeto; y la realidad, el del objeto. Dominar la realidad es la utopía (léase: distopía) que encarna la ciencia y la que encarnamos quienes hacemos ciencia, aunque normalmente no lo hablemos o no lo digamos de forma explícita. Ante este laberinto, avanzar hacia la reconstitución del pensamiento crítico desde los Sures globales debe significar una ruptura con esa ecuación y, por consiguiente, con la utopía que presupone.

«Esto significa también ―afirma el filósofo andino-amazónico Juan José Bautista― que la crítica de la racionalidad moderna, como irracionalidad, ya no puede ser expresada solo en términos seculares o científicos, porque la modernidad no solo tiene sus propios mitos y utopías, sino que también tiene sus teologías que justifican su dominación, las cuales hacen aparecer su dominio como bueno y justo ante inmensos sectores de la población del primer mundo. Ahora, más allá del prejuicio jacobino que afirma que la modernidad es el estadio civilizatorio que ha superado el mito y la religión, hay que cuestionar su utopismo (…). Esto es, la crítica de la modernidad también tiene que ser expresada en términos teológicos, utópicos y míticos».

Para Juan José Bautista, es autocontradictorio querer criticar o cuestionar la modernidad, el capitalismo o modelo neoliberal dejando intacta la ciencia moderna, la cual justifica y hace posible, no únicamente el capitalismo y el modelo neoliberal, sino también sus valores. Esa es la razón por la que no debemos seguir engañados al interior de la (ir)racionalidad de la ciencia moderna; estamos obligados a construir otro tipo de razón, otro tipo de ciencia.

Entonces, ¿tenemos que rechazar todo lo que es moderno? Como aclara Juan José Bautista, la crítica hacia la modernidad no puede ser nihilista ni una negación absolutista. «Hay muchos logros en la modernidad que no son en sentido estricto modernos, sino humanos, es decir, no fueron creados o producidos para dominar, de los cuales, sin embargo, se apropiaron las oligarquías e imperios de turno para mantener su dominio. Lo que intenta un proyecto como el nuestro, es apropiarse de esos avances y desarrollos para darles otro fundamento, cuyo sentido sea ahora de liberación y no así de dominación. En ese sentido, nuestro diálogo ―señala este pensador boliviano― con los grandes críticos de la modernidad es sostenido, porque ellos se dieron cuenta, en su debido momento, de las tendencias inmanentes hacia las cuales la modernidad marchaba. Hay muchos logros en la modernidad que no son invenciones o creaciones modernas, sino que fueron tomadas, usurpadas o raptadas de otras culturas o civilizaciones. Aunque la modernidad sea un “ser para la muerte”, necesita la vida, es decir, necesita culturas cuyo sentido es “ser para la vida”». ¿En el camino, podrían perderse algunas cosas buenas, por no conservar, con ellas, las malas? No tenemos la respuesta para ello, pero podemos hacer algunas reflexiones breves.

Descolonizar la ciencia es quitarle su pretensión de dominio y, en esa ruta, puede que no quede nada del fundamento moderno. Dirán algunos/as: «Pero… la sociedad occidental ha desarrollado fuerzas productivas nunca antes vistas». El punto es que las ha desarrollado con tanta destructividad que ella misma se encuentra en el límite de su propia existencia y de la posibilidad de existencia del propio sujeto humano. Por ello, Franz Hinkelammert hace hincapié en el desmontaje de los mitos fundacionales de Occidente. Juan José Bautista, a su vez, agregaría el porqué: el capitalismo no produce vida, sino muerte, tanto del trabajo humano como de la naturaleza. Esto es lo único que, en verdad, sabe desarrollar; lo demás: carreteras, edificios, aviones, etcétera, son solo apariencia. Sobre la ansiedad que puede generar esa crítica, hace una advertencia entrañable: «Cuando se confunde la modernidad con la humanidad, se piensa normalmente que, al hacer una crítica radical de la modernidad, se hace para negarla completamente a ella y así nos quedaríamos sin nada. Este temor proviene normalmente de quienes piensan que la modernidad es lo mejor que la humanidad pudo haber creado y quedarnos sin ella equivaldría a volver a la Edad de Piedra. Lo humano y la humanidad son mucho más que la modernidad».

El compromiso de crear las condiciones para que sea posible otro tipo de relación humana requiere vernos en comunidad y pensar, a fondo, una racionalidad pertinente al momento histórico y a un mundo otro, desde horizontes de sentido distintos. Este ejercicio reclama hacernos algunas preguntas: ¿Cuál es el contenido del proyecto moderno y cuáles son sus consecuencias? ¿Cuál es la utopía que encarnamos y que le da sentido a toda nuestra realidad? ¿Cuáles son las implicaciones que tiene ponerle más ciencia (moderna) a la vida en comunidad? ¿Qué pasa cuando queremos, haciendo ciencia, criticar las relaciones de dominación? ¿Qué fundamentos de la ciencia moderna reproducimos en nuestras prácticas cotidianas? ¿Qué tipo de conocimiento es pertinente para reproducir la vida y para vivir bien en comunidad? ¿Cómo hacemos para salir de la lógica del sujeto-objeto y para avanzar hacia una relación de sujeto-sujeto, no solo entre los humanos, sino también con la madre tierra? ¿Si trabajáramos desde la racionalidad de la vida, qué tecnologías no podríamos desarrollar? ¿Desde dónde nos seguimos haciendo las preguntas? El proyecto comunitario implica un proyecto de relación entre sujetos; es decir: es otra subjetividad, otro proyecto civilizatorio humano, otra utopía. Como dice el geógrafo de izquierda David Harvey, para las nuevas utopías, resulta vital construir formas materiales, físicas y simbólicas, que las hagan posibles. Ver al otro como sujeto establece una relación política que se me abre, por la comprensión epistemológica, y se me retorna como una política de comunidad, una política comunitaria, cuya conciencia parte de la sacralidad de todos y todas.

¡Basta de idolatrar la ciencia moderna; ya nos sobra capitalismo y colonialidad! Avanzar hacia un horizonte comunitario debe abrir sendas de nuestra identidad original y nuestra realidad concreta, que renueven la construcción de alternativas y de otros imaginarios que nos permitan poder vivir.



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