Judas y el evangelio de Judas, I
En días pasados, como me ocurre con frecuencia, quería cambiar de tema, y entonces recordé que hace ya varios años, diecisiete para ser exactos, porque fue en abril de 2006, que decidí dedicar -y dediqué- al tema de Judas y al llamado Evangelio de Judas tres de los programas de Temas sobre el tapete, que realizaba los miércoles en la mañana en el canal clásico de Radio Nacional de Venezuela. Como todo tema relativo a los orígenes cristianos y a la formación del dogma fundante que sirve de base al cristianismo, el de Judas, de su papel en ese dogma y de su traición a Jesucristo, inseparable del tema de la Redención, es un tema de gran interés, un tema que no pasa, que no envejece, no solo porque está asociado a los orígenes mismos de la religión cristiana sino sobre todo por la dimensión realmente cósmica, universal que para el dogma cristiano tiene esa traición. Y es que, como malvado, traidor a su maestro y servidor o agente del demonio, Judas tiene una talla que no está lejos de la del propio Jesús al que traiciona, porque esa traición es única y porque lo que el cristianismo proclama es que sin ella no habría habido Redención y que por tanto habría fracasado la misión redentora que había traído a este mundo a Jesucristo.
Pero el cristianismo reduce a Judas a la mera condición de traidor, perdiendo de vista sus otras dimensiones. Judas es el modelo de traidor que, como señalan los evangelios canónicos, no solo traiciona a Jesús, sino que lo hace por dinero. Sus representaciones, que abundan en el arte medieval, no rebasan ese tema, aunque sí añaden detalles que no aparecen en los evangelios ni en los Hechos de los apóstoles.
En el período románico del medioevo se representa a Judas ahorcado por dos demonios, lo que no deriva de ninguna fuente; y en el período gótico se prefiere representar a menudo el tema del llamado beso de Judas que tampoco deriva de las clásicas fuentes tempranas del cristianismo. Los evangelios dicen que después de la última cena, Judas, acompañado de esbirros armados, aparece en el huerto de Getsemaní en el que se halla Jesús orando con varios de sus discípulos, y para que los esbirros lo reconozcan le da un beso. Y fue solo más tarde que se precisó que el beso había sido en la mejilla, que es como se ve en esas representaciones. Eso no era normal ni necesario, porque en todo caso en esos tiempos antiguos los discípulos no besaban a sus maestros en la mejilla sino en la mano, y porque además en Jerusalén, donde había entrado triunfalmente días antes, todo el pueblo conocía a Jesús.
En los siguientes siglos cristianos Judas es representado en el infierno, donde el Diablo lo somete a las peores torturas. La mejor descripción de esto es la que hace Dante en la Divina comedia. En la última fosa del infierno muestra en las fauces de Satanás a Bruto y a Casio, los asesinos de Julio César, y a Judas. Este castigo al que Satanás somete a Judas carece de sentido. Si Judas es por su traición el más cercano agente de Satanás, es absurdo que este en lugar de premiarlo lo castigue. A menos que sea porque su traición a Jesús hizo posible la Redención. Pero entonces Judas sería un santo y la Iglesia debería tenerlo en el cielo. En fin, serias contradicciones del dogma, pero eso es normal, porque los dogmas religiosos no suelen ser muy racionales.
Desde temprano teólogos cristianos y gnósticos trataron de abordar esa contradicción. Pero la Iglesia, mediante sus llamados Padres y sus continuadores los condenaron y silenciaron, calificándolos de herejes y hasta usando el ya conocido Evangelio de Judas, del que Ireneo de Lyon cita un corto fragmento. Y siglos más tarde la Inquisición se ocupó de sus seguidores. De modo que estas discusiones acerca del conflicto entre Jesús y Judas solo pudieron plantearse a partir del Siglo XIX, ya desaparecida o por desaparecer la Inquisición. Thomas de Qquincey trata de hacer una lectura comprensiva de Judas, y David Strauss, en su Vida de Jesús, censurada por la Iglesia, trató de distinguir entre el Jesús hombre y el Jesús dios mostrando que sin la traición de Judas no habría habido Redención.
Pero es en el siglo XX que los estudiosos del mundo judío del tiempo en que la Iglesia cristiana ubica la vida de Jesús hallan que entre los muchos judíos opuestos al dominio romano sobre Palestina destacaban los rebeldes llamados zelotes, que se enfrentaban armas en mano a ese dominio; y que un judío llamado Judas el Galileo había encabezado una rebelión reprimida por los romanos. Los que buscaban explicar por causas humanas el choque entre un Judas y un Jesús también reales y no míticos (pues creían en la existencia real de ambos) encuentran que el Mesías rebelde que esperaban los judíos poco tenía que ver con un Jesús que reconocía al César romano y decía que su reino no era de este mundo.
Esa debía ser la causa del rechazo de Judas a Jesús. Y se hizo de Judas un zelote.
Visiones y defensas parecidas de Judas continuaron en el siglo XX. La excelente novela de Nikos Kazanzakis La última tentación de Cristo, publicada en 1951, es un hermoso ejemplo de ello. Pero la obra más importante, por su audaz argumento, su enorme fuerza y su gigantesca difusión fue la ópera rock Jesucristo Super star, producida en Broadway en 1971 y pronto convertida en masivo éxito mundial. El Cristo de la obra es débil, indeciso y hasta gritón mientras que Judas es un verdadero rebelde que le critica sus dudas y vacilaciones. Y es por ello que lo entrega a sus enemigos judíos los Príncipes de los sacerdotes. Solo que hacer de ese Judas rebelde que entrega a Jesús un negro en una sociedad tan racista como Estados Unidos no parece haber sido una idea muy exitosa si lo que se quería era combatir con ello ese racismo.
Sin embargo, pese a su innegable importancia, todo esto, ensayos, novelas, operas rock, transcurre fuera y al margen de la Iglesia que, por supuesto, prefiere ignorarlo. Lo que viene a cambiarlo todo y a afectar en forma directa al dogma impuesto por la Iglesia es el descubrimiento en los últimos años del pasado siglo XX del texto original completo o casi completo, aunque maltratado, del Evangelio de Judas. Ya dije que del mismo apenas se conocía un corto fragmento reproducido por Ireneo de Lyon, uno de los Padres de la Iglesia, en su libro Contra las Herejías, dedicado a hacer la crítica contundente de lo que la Iglesia oficial calificaba de herejías gnósticas o maniqueas.
Y ese texto era hasta entonces casi desconocido o ignorado por la mayoría de los cristianos, y sobre todo por la casi totalidad de los católicos, pendientes solo de la opinión del papa. Pero ahora que había aparecido el texto completo había que tomarlo en cuenta pues se había hecho público y era imposible seguir ignorándolo. Es que esta vez no se trataba de un texto moderno, obra de un autor racional laico criticable por su opinión sino de un texto cristiano de los comienzos mismos del cristianismo, casi contemporáneo de los evangelios canónicos; de un texto que además refutaba por completo la forma en que estos narraban la relación entre Jesús y Judas y en el que Judas no era solo el discípulo favorito de Jesús, el único al que este comunicaba su mensaje y con el que compartía su sabiduría secreta, sino que todo, hasta su traición y entrega de Jesús a sus enemigos contaba con el firme y razonado apoyo de este. Veremos y comentaremos eso en un próximo programa.
