El tecnofeudalismo: la nueva servidumbre del dato
El economista griego-australiano Yanis Varoufakis ha popularizado la tesis del tecnofeudalismo al afirmar que el «capital en la nube» crea feudos algorítmicos en los que el acceso, la visibilidad y la circulación económica dependen de plataformas privadas que cobran rentas por permitir la existencia dentro de sus dominios. La comparación es imperfecta, pero útil, ya que antes el campesino dependía del molino, la tierra y la protección armada del señor, mientras que hoy en día millones de personas, empresas, universidades y Estados dependen de nubes, sistemas operativos, tiendas de aplicaciones, motores de búsqueda, redes sociales, modelos de inteligencia artificial y pasarelas de pago que no controlan.
Según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (Unctad) Estados Unidos y China concentran aproximadamente el 90 % del valor de capitalización bursátil de las 70 mayores plataformas digitales del mundo, que asciende a cerca de 7 millones de millones de dólares estadounidenses. Si estas plataformas digitales constituyeran una economía nacional, se situaría como la tercera economía del mundo, solo por detrás de Estados Unidos y China, y por delante de toda Europa, Japón e India. En cambio, África y América Latina, en conjunto, ocupan una posición marginal cercana al 1 %. Quien posee los datos está en una posición privilegiada para diseñar el futuro, pero quien no tiene poder para gobernarlos queda a merced de otros.
Recordemos que el feudalismo clásico se articulaba en torno a la tierra, la protección y el tributo; el colonialismo, en torno al territorio, la administración imperial y la extracción; el capitalismo industrial, en torno a la fábrica, el salario y el mercado; y el capitalismo financiero, en torno a la deuda, el riesgo y la especulación. Ahora, el tecnofeudalismo se articula en torno a la nube, el dato, el algoritmo y la renta. En todos estos casos existe un patrón reconocible donde primero se captura un recurso común, luego se justifica su privatización como progreso, después se naturaliza la dependencia y, por último, se presenta la obediencia como eficiencia. La analogía con el vasallaje feudal es que, si bien el usuario cree no ser un esclavo, queda encerrado en un territorio técnico ajeno; la empresa no siempre prohíbe salir, pero abandonar su ecosistema resulta costoso; y el Estado sigue existiendo, pero pierde capacidad para imponer normas cuando la infraestructura crítica pertenece a corporaciones transnacionales.
Por ello, la respuesta está en construir instituciones capaces de disputarles terreno, formar talento avanzado, crear repositorios de datos públicos con reglas claras, desarrollar una infraestructura de cómputo soberana o compartirla a nivel regional, auditar algoritmos de alto impacto, proteger los derechos de las personas y orientar la innovación hacia las necesidades nacionales. En consecuencia, debemos pasar de ser usuarios pasivos y agradecidos a ser sujetos tecnológicos activos. De proveedor de datos a arquitecto de sistemas. De mercado observado a comunidad científica con voluntad de diseño. La historia muestra que toda servidumbre se presenta como inevitable hasta que una sociedad desarrolla los instrumentos para nombrarla, medirla y superarla. Midamos para liberarnos.
@betancourt_phd
