El negativo de la infamia: 27 de febrero de 1989
Todavía puedo sentir el peso de la cámara colgando del cuello, una carga que aquel 27 de febrero de 1989 se volvió plomo. Semanas antes, el flash de los colegas iluminaba los trajes de gala en el Teatro Teresa Carreño; la “coronación” de Carlos Andrés Pérez prometía una bonanza que solo existía en el protocolo. Pero el país real, el que no cabía en los palcos, estaba a punto de estallar frente a mi lente.
El fin de la ilusión
Cuando salí de la redacción de El Nacional, el aire en Caracas ya no era el mismo. El “paquetazo” económico había encendido una mecha que recorría las barriadas y bajaba por las autopistas. Como fotógrafo, uno aprende a leer el lenguaje de la calle, pero aquel lunes el alfabeto era de fuego y gritos. El aumento del pasaje y la gasolina fueron el detonante, pero lo que mis negativos capturaron fue el rugido de un pueblo que se sentía traicionado.
La crudeza en el encuadre
Retratar la muerte no es lo mismo que verla. A través del visor, uno intenta distanciarse para no quebrarse, pero la realidad de aquel día superó cualquier filtro. Vi cómo la represión transformaba las esquinas en zonas de guerra. Recuerdo el sonido seco de los fusiles y el rastro de sangre sobre el pavimento caliente.
Lo más doloroso no fue capturar el saqueo, sino el silencio que vino después. Ese silencio de las morgues improvisadas de Bello Monte y el llanto de quienes buscaban a los suyos entre cientos de cuerpos. Se habla de cifras oficiales que palidecen ante la realidad: los ojos de nosotros, los reporteros gráficos, contaron una historia de más de 3.000 víctimas que el poder intentó invisibilizar.
El Cementerio General del Sur
Llegar al Cementerio General del Sur no fue solo un trabajo periodístico; fue descender a un círculo del infierno que la política intentó sepultar bajo tierra. Recuerdo la montaña de “La peste”. No eran solo fosas comunes; era un monumento al desprecio. Con los años, esa tierra saturada de tragedia cedió, se vino abajo y se transformó en ese anillo macabro a la entrada del camposanto donde aún permanecen los cuerpos inertes.
Allí, entre el barro y el olvido, descansan cientos de venezolanos sin rostro. Son figuras que mi flash iluminó brevemente, pero que el Estado decidió dejar sin nombre, sin cruz y sin justicia.
El olor que no se va
Como fotógrafo, aprendes que las imágenes no tienen aroma, pero mis recuerdos sí. El olor a muerte de aquel febrero no se quedó en 1989. Es un olor a llanto rancio y a sangre fresca que, para quienes estuvimos allí, todavía flota en las calles de Caracas. Es el aroma de una herida que no cierra porque no ha habido reparación.
Cada vez que camino por el centro o subo a los barrios donde capturé a los caídos, siento que la ciudad sigue esperando. La justicia es el único elemento que podría limpiar ese rastro de sangre que aún mancha el pavimento de Venezuela. Mientras esos cuerpos sigan sin ser identificados en el General del Sur, mi archivo fotográfico seguirá siendo una denuncia abierta, un grito mudo que exige que sus nombres sean finalmente pronunciados.
