22 abril, 2026
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Como bien lo refiere Ángel Rosenblat en sus Buenas y malas palabras existe en Venezuela una atomización lingüística producto de la mezcla de las lenguas indígenas, así como de las extranjeras que se han venido incorporando, sin contar con los regionalismos propios de cada una de ellas. En todo caso, es la lengua general la que unifica. La voz adoptada para Caracas, oriunda o española, tiende siempre a imponerse dentro de la multiplicidad caótica de la terminología local.

No obstante, persisten muchas voces nativas entre nosotros. Maruto, de origen caribe, es el apodo para designar el ombligo. La acepción más usada para “maruto” es esa pequeña protuberancia patológica que se forma a la superficie de la piel, sobre todo en el ombligo, la cara y en las manos, es decir, ese tuyuyo que sobresale de manera fea; una verruga. Por extensión, también se dice que una cosa luce como un “maruto” cuando resalta algo, en una casa o edificio, de manera antiestética o poco elegante.

Construido entre mayo y noviembre de 1956 e inaugurado el 29 de diciembre de ese año, el Hotel Humboldt, constituye la obra más desafiante del arquitecto Tomás José Sanabria (1922–2008), casi un milagro. Sobraron los ríos de tinta para enaltecer a este tótem del Ávila. No es para menos, se trata de una de las edificaciones más emblemáticas de la Caracas del siglo XX, solo disputado por las torres gemelas del Centro Simón Bolívar de Cipriano Domínguez. El Hotel Humboldt reta el paisaje secular para aprovechar el potencial paisajístico de la cumbre que con el tiempo se ha convertido en la atalaya del valle caraqueño. En 1963 fue el primer símbolo que marcó el inicio de la Navidad, con luces y cortinas de la edificación para simular una cruz. Pero no todo fueron loas ni flores. Sería el poeta caraqueño Aquiles Nazoa, quien apodaría al Humboldt de maruto.

El refranero popular con su ancestral sabiduría nos aconseja que, entre innumerables gustos y colores, aún no han escrito los autores. La opinión de Aquiles, comprensible desde su alma de jilguero, la acogemos con ternura comprensiva, pues es el sentimiento de alteridad que debe prevalecer en toda relación humana, en un mundo que demanda más respeto y convivencia dentro de la diversidad. No nos está permitido olvidar su humor y amor de fina estampa.

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