El Informe MacBride y las redes
Un informe de la Unesco hace 44 años alertaba sobre el desequilibrio de información en el mundo, describía la necesidad de un nuevo orden informativo donde todos los países tuvieran la posibilidad de participar en la creación y distribución de contenidos.
En ese mismo documento se advertía sobre la necesidad de proteger las identidades culturales ante la homogeneización cultural impulsada por los grandes medios de comunicación y enfatizó sobre la importancia de la ética profesional y la responsabilidad social en la producción y difusión de la información.
Se trata del llamado Informe MacBride publicado en 1980 en el seno de las Naciones Unidas, cuando los medios de comunicación predominantes eran la radio, la prensa escrita y la televisión. Nadie se imaginaba que podía generarse un desarrollo tan sofisticado como el internet y las llamadas redes sociales que vinieron a poner el mundo de cabeza.
Lo cierto es que el investigador Sean MacBride puso el acento en un fenómeno creciente que se ha venido consolidando con el paso del tiempo: la hegemonía de medios y agencias de noticias que generan información desde escasos centros de poder en el mundo, respondiendo sólo a los intereses económicos y geopolíticos de esas naciones.
La creación de contenido informativo y cultural se concentró cada vez en menos manos, y las corporaciones mediáticas se convirtieron en una verdadera aplanadora sin competencia que promovió en el planeta la imposición de gustos, preferencias, modas, cánones de estética y la formación ideológica procapitalista.
Las identidades culturales fueron avasalladas comunicacionalmente de la misma forma como lo hacen los ejércitos, y la tendencia popular fue parecerse más a los estadounidenses o los europeos, fuera de allí nada era suficientemente civilizado para quienes monopolizaron las fuentes de información internacional.
La ética profesional fue otro de los temas álgidos introducidos por MacBride. En primera instancia los profesionales de la comunicación más aventajados eran contratados para ser la imagen de los principales medios, cuya libertad era y es limitada por los intereses de los dueños y coaccionada por las determinantes pautas publicitarias.
Hoy, el desequilibrio informativo y el control sobre la distribución de contenidos se ha acrecentado con la implementación de algoritmos que aseguran la dictadura mediática soñada por los poseedores de grandes capitales.
