24 abril, 2026
De San Remo a Caracas

El 13 de junio de 1790 nacía en modesta casa a orillas del río Curpa José Antonio Páez, uno de los personajes más legendarios y polémicos del siglo XIX venezolano. Legendario, porque sus hazañas armadas en el llano de Apure entre 1816 y 1820 despertaron la admiración de sus contemporáneos y el reconocimiento de las generaciones futuras; polémico, por liderar los movimientos separatistas de 1826 y 1830 que dieron al traste con el proyecto político de Bolívar.

No obstante, más allá de actuar en la guerra de independencia y del periodo de disolución de la Gran Colombia, resulta limitado lo que se sabe de él. Los principales biógrafos (Tomás Michelena, Robert B Cunninghame Graham, Vitelio Reyes, Tomás Polanco Alcántara) han quedado para consulta de un público reducido de estudiosos. Sus dos períodos presidenciales 1830-1834, 1839-1843 y la dictadura 1861-1863, exceptuando contados trabajos, han sido abordados desde asuntos específicos pero no en toda su complejidad.
Medio siglo de trayectoria pública son dilatados en unos cuantos combates en el llano y en el controvertido proceso de secesión de 1830. La carrera militar y política de Páez no terminó en Carabobo en 1821 o Valencia en 1830 sino en la Hacienda de Coche el 23 de abril de 1863.

José Antonio Páez, fuera de la dualidad héroe-traidor que le ha endilgado la historiografía, fue un hombre de diversas facetas a lo largo de su extensa vida de 82 años. De peón de hato se tornó en el hombre más poderoso de Venezuela. En el lapso de 1830 a 1847 procuró, sin omitir en estas líneas las contradicciones existentes (esclavitud, latifundio, conflictos sociales), edificar un país destruido por la guerra sobre las bases del liberalismo en boga. De esta manera, resultó ser el ejecutor de la política nacional por cuatro décadas, haciéndole, junto a Bolívar y Guzmán Blanco, uno de los jefes más influyentes del siglo XIX.

Hoy, a 234 años de su natalicio, Páez permanece como una de las grandes figuras de la venezolanidad. También un hombre encasillado en hechos concretos y etiquetado sea de traidor, héroe o fundador de la República. Lo más sensato en estos casos, sin caer en diatribas y menos abandonar la crítica histórica, sería ver al personaje dentro de su mundo, de sus complejidades y evaluarlo en conjunto.

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