El día que quitaron la alfombra
El uso de la alfombra en los templos católicos proviene del legado musulmán en tierras españolas y que llegó a América por la Conquista. Con todo, este rito constituía un privilegio solo para las mujeres criollas y blancas, signo de arrogante prerrogativa. Como lo detallaría el viajero francés François Depons en su Viaje a la parte oriental de Tierra Firme (1806) no todas podían usar los tapetes, pues “aquellas cuya sangre no es perfectamente limpia, están condenadas a ensuciar sus faldas con el polvo de las iglesias y a probar con sus rodillas la dureza de las baldosas”. Los oratorios no disponían de sillas para sentarse hasta bien entrado el último tercio del siglo XIX, así que las jóvenes esclavas cargaban las alfombras de sus amas.
La costumbre se impone a pesar de las normas neorepublicanas. Si bien el 24 de marzo de 1854 el Congreso de Venezuela aprobó la ley que abolió “para siempre la esclavitud”, esta aspiración venía andando desde la Junta de Gobierno del 19 de abril, pasando por los decretos de Bolívar en 1814 y 1816. Varios personeros estaban convencidos en romper las cadenas a sus propios esclavos, otros se resistían. En realidad, la que en definitiva impulsó la voluntad política para extinguir el vasallaje en el país fue el factor económico, puesto que el café y el azúcar venezolanos no eran admitidos en puertos ingleses “por no ser trabajo de hombres libres”. Así que Venezuela se vio forzada a negociar un nuevo tratado con Gran Bretaña, nación que había aprobado en 1807 la ley que prohibía el tráfico de personas esclavizadas y al final, en 1833, la Slavery Abolition Act, pese a que sus razones tampoco fueron humanitarias, sino comerciales.
Aquel domingo 25 de marzo, cuando las señoras asistían a la liturgia con su séquito de criadas vestidas de pulcros camisones blancos portando las moquetas de la vanidad, grupos parados a las puertas de las iglesias embistieron a las sirvientas, arrancándoles los paños o las sobornaban con tiras de carne salada. Ese día pasó a la historia como la “guerra de las alfombras”. Hoy, persisten otras formas de esclavitud. En palabras de la poeta Marguerite Yourcenar “Dudo que toda la filosofía de este mundo consiga suprimir la esclavitud; a lo sumo le cambiarán el nombre”.
