5 mayo, 2026
Del milagro de Bikila a la proeza de Sawe

Entre una conquista y otra, —el episodio de Bikila y la epopeya de Sawe— solo hay un inmenso cementerio de datos y estadísticas que el ritmo del tiempo, la cadencia inmortal, la métrica exacta, ha colocado, como una suntuosa ofrenda en la memoria de los olvidados. Y es que, en el territorio del fondismo mundial, asistimos a los mismos cuerpos de siempre; la dotación genética en aguas mercuriales, que no moja las manos, y solidifica un patrón. Medidas escrupulosamente antropométricas. El yugo de la exactitud recreada por el Universo. 

Sin embargo, hay dos aspectos determinantes que han modificado la conducta, al menos en las dos últimas décadas, del alto rendimiento en cualesquiera de sus frentes; la mentalidad y la parafernalia. La primera se impone porque es la voluntad del atleta; la segunda, es el lenguaje del mercado, sus atributos, aquellas coordenadas que te dan un centro de atención y exposición, sin la cual, no existiría, en este caso, el oficio de corredor.

Un evento perdura en la psique de los seguidores del atletismo mundial. En los Juegos Olímpicos de Roma, 1960, el etíope Abebe Bikila demostró muchas cosas con esa ferviente admiración de sí mismo. Pocos corredores son capaces de silenciar el altisonante chascarrillo mediático de los anunciantes, esos que te dicen cuál marca de zapato es mejor. Para Abebe, sin patrocinante -hay un mito según el cual fue Adidas, porque era la marca oficial de los Juegos- no logró hallar el calzado adecuado. Luego de ajustarse varios, libre albedrío mediante, dijo: prefiero correr descalzo. ¿Si entreno descalzo, como es que no voy a poder enfrentar la prueba en esas condiciones? Voluntad de hierro. Resultado: 2:15.16. Oro olímpico y marcas olímpicas y mundial.

Ahora bien, la prensa de la época comparó la hazaña de Bikila con la ópera Aida para resaltar el dramatismo de un soldado etíope celebrando en la capital italiana. No es para menos; un simbolismo político que evocaba el conflicto histórico entre ambas naciones. Recodemos la invasión italiana a Etiopía, en los años previos a la II Guerra Mundial, y la instauración del fascismo en tierras africanas. Una victoria que humanizó la intemperancia de la humanidad. Una victoria que silenció al planeta, en especial, porque no fueron pocos los medios que se burlaron de Bikila. Oh, pies desnudos, pobreza extrema. Decían.

Descalzo hacia el infinito

Nadie en la historia del olimpismo, y más allá, ha logrado lo que esta figura concretó en las reuniones olímpicas de Roma y Tokio 1964. Vale decir, dos Olimpiadas consecutivas. Y es que la magnitud de la hazaña luce irrepetible. ¿Quién se atreve a correr unos Juegos Olímpicos, descalzo, bajo esa indigestión de anunciantes, y superar un registro mundial?

Antes de aterrizar en otro asombro -correr los 42k por debajo de dos horas- Bikila se presentó en Tokio, en esta ocasión bajo el respaldo de Puma, se enfundó sus zapatos. Resultado: 2:12.11. Atrapó el oro olímpico, y los registros de la reunión y mundial. Ahora es casi imposible apostar a esa sincronía. Los dioses aprendieron a administrar las proezas, a resguardar todo aquel que esté dispuesto a rebelarse contra la civilización, digamos, en términos de actos de veneración. No cualquier aventura.

Se comprende entonces que la trascendencia del milagro de Bikila es inaudita, admirable. Singular y única. No tiene ni tendrá punto de comparación en las maratones actuales porque el firmamento, el devenir-maratón, con todas sus alteraciones, ya lo definió la dimensión de su logro. Dos juegos Olímpicos con registros mundiales; uno con los pies descalzo, y el otro con 40 días de recuperación luego de una operación de apendicitis.

Bikila alcanzó un firmamento no solo indescriptible, sino, insuperable. No hay en la actualidad condiciones que permitan emular su gesta.

No estamos hablando de culto al héroe, sino la ratificación de un carácter que atenta contra la razón, que desafía a las mentalidades cerradas que controlan las emociones y remarcan una dialéctica a cal y canto contra el deportista que trasciende los tiempos confusos del cambio, donde quiera que el deslumbramiento avive el interés por las formas. Insistimos. ¿Cómo un sujeto, sin zapatos, va a correr una maratón, y ganar con registro mundial? Para el estatus, hay cosas deliciosamente intragables.

La Maratón de Londres es uno de los 42K más joven del actual circuito. Nació en 1981. El 26 de abril de 2026 pasó la historia por haber acogido un pasaje insólito, impensable en el siglo XX y que ciertamente se fue cocinando, a fuego lento, en los primeros años del siglo XXI, pero igual, el advenimiento de semejante circunstancias, estaba anotado al final de toda discusión sobre los límites del cuerpo humano. El keniata Sebastian Sawe paró el cronómetro de 1hora, 59 minutos, 30 segundos. Una lección para la cacofonía mental esgrimida por los sentenciadores de oficio que les costó comprender la realidad de una hazaña de tal magnitud, eso sí, colocando a un lado el postizo resultado de 1h59m40, de Kipchoge, un recorrido asistido, bajo la tutela de Nike.

Kiptum, el elegido, pero…

Kipchoge, ciertamente, fue uno de los maratonistas más extraordinarios de los anales del fondismo, sin embargo, es Sawe el precursor auténtico, el primer ser humano en correr una maratón por debajo de dos horas. Mientras Kipchoge, en el INEOS 1:59 Challenge, celebrado en Viena, el 12 de octubre de 2019, con 41 liebres a su lado, y halando con fuerza para ajustar los parciales, Sawe contuvo a una febril jauría de principio a fin, gestionando con consistencia todo tipo de ultimátums. No solo ajustó su carrocería a los embates externo. Su proeza consistió en cabalgar sobre un tiempo sin medida y desaparecerse en el asfalto. Mantuvo la fatiga a raya. Un combate mental a la medida de su carácter.

No solo un dominio riguroso de la materia y sus aliados, desde el espectador que te mira, hasta el fondista retador de ocasión, sino ponderar el arrebato de dos figuras auspiciosas, un orden que había que compensar con dos atributos esenciales en Sawe: firmeza en la zancada y seguridad en el propósito. Soy invencible, no por las bondades de la tecnología del calzado y afines, sino porque cuando decides ser un corazón que avanza, que corre, no hay formas de desorbitar su foco. No habría cómo especular sobre el dopaje, el ensombrecido epitafio de todo estafador.  

Esos dos fondistas eran; el debutante en los 42K, Yomif Kejelcha y Jacob Kiplino (posee el récord mundial, por confirmar, de Media Maratón, 56m42s), Etiopía y Uganda, respectivamente, ambos pulverizaron las 2h00m35s del astro keniata, Kelvin Kiptum, récord mundial, vigente desde la Maratón de Chicago 2023. Lo de Kiptum fue asombroso, y lo fue por dos razones; a sus 23 años, nadie había frisado ese crono con tan poca edad: y lo más doloroso, al año siguiente, falleció junto a su entrenador ruandés, Gervais Hakizimana, en un accidente de tráfico.

Un breve paréntesis: hace tres años, Kiptum era el único en el firmamento del fondismo mundial en capacidad de superar las dos horas en la maratón. Hakizimana supo que tenía oro puro en sus manos y trabajaba en esa dirección. En su agenda anotó los 42K de Rotterdam y los Juegos Olímpicos de París. Kiptum estaba decidido a cambiar el curso de la historia. Y recalcaba en un objetivo que conviene revisar en los manuales de entrenamientos; más de 300 kms semanales. Énfasis en la cantidad. Con variables e intensidades que ubicaban más allá de 2m50s por kilómetro en los trabajos de pista. Estaba gestando la transformación, hasta que la ley divina de causa y efecto, le recordó su destino. Querer y, a pesar del talento, no saber que no te correspondía escribir ese capítulo dorado.

La escolaridad de Kiplino

De nuevo a la carrera. Kejelcha y Kiplino, presionaron lo humanamente posible, a tope. Cuando el odiado y querido médico deportivo Sabino Padilla -el druida particular del gran Miguel Induráin- entrenaba a Martin Fiz, no dejaba de decirle que, si alguien te pasa, a un ritmo escabroso, insostenible, déjalo ir, déjalo quieto, que está mejor entrenado que tú. Es cuando Sawe ensayó pequeños acelerones, hasta que Kiplino no pudo con la embestida. Luego, Kejelcha, a un kilómetro de la meta, se rindió ante el estrépito. Padilla tenía razón. Finalmente, Kejelcha 1h59m49s y Kiplino 2h00m28s.

Llama la atención la seguridad con que Kejelcha sobrevivió a su primer maratón, y a pesar de que no ganó, se lleva el nada despreciable reconocimiento de haber sido el primer ser humano en debutar en una maratón, y hacerlo por debajo de dos horas. Su divino esplendor se mantuvo, su vínculo con la tribu se ratificó, entiéndase, el cosmos sublime de los únicos que han logrado cubrir la distancia con unos dígitos, desconcertantes, sobrehumanos.

Kiplino es otra extravagancia. El año pasado debutó en Londres, y escoltó al propio Sawe. Luego ganó Chicago con 2h02m23s. Es el más joven. Con apenas 25 años. Sépase que para poder ir a la escuela -es del grupo étnico Sebei – corría un poco más de 2 kms todos los días. Por allá, por las laderas del monte Elgon. Un ser que se rebela con las zancadas desde niño. Conviene recordar que a los 15 años participó en los Juegos Olímpioas Ríos 2016, el más joven de Uganda en participar en unas Olimpiadas. Como atleta junior no pasó las series en los 5 mil. Luego explotó y logró cuatro títulos mundiales de cross country.

Kiptum estaba decidido a cambiar el curso de la historia. Era un tipo de corredor despiadado, dispuesto a subvertirlo todo.

Dado el contexto, más allá de la adaptabilidad fisiológica del ser humano, a grandes exigencias; léase capacidad aeróbica, eficiencia metabólica y tolerancia neural, los límites, o las rupturas de ellos, siguen siendo el atractivo más excelso que promueve toda mentalidad dispuesta a construir su heroicidad. No pudo Kiptum imprimirle a la gesta su ley de las Octavas, pero era el más prominente, y aunque su prematuro adiós dejó en la mesa la discusión de que pudo haber sido él el primero en bajar de las 2h los 42K.

La maratón más rápida de la historia, Londres 2026, fijó los pilares de un nuevo enfoque dialéctico sobre tres aspectos claves de la maratón de alta competencia: qué buscamos, cómo lo buscamos y por qué lo buscamos. El primero, si quieres cruzar el umbral de las 2 horas, y experimentar superioridad suprema en tu obra, ya sabes lo que tienes qué hacer: absoluta entrega; el segundo, buscar ese umbral no es coser y cantar. Las formas de alcanzar ese prodigioso nivel están diseñadas para un ajusticiamiento de los apegos, para un estudio pormenorizado de la fisiología y la magia del entrenador. Sin un técnico a tu lado, élite absoluta, nos referimos, no hay trato posible con la gloria.

Todo el que se entrena a sí mismo, perece arrollado por su propia arrogancia. Aunque hay casos de asistencias indirectas. No obstante, la keniata Ruth Chepngetich, un fenómeno, que corrió la Maratón de Chicago 2024, con récord mundial de 2h09m56, y al año siguiente dio positivo. Profanó. Y, aun así, su marca sigue intacta. En definitiva, el entrenador es quien formula y direcciona el cómo. La tercera, el porqué de la búsqueda. La correa transmisora de valores que constituye el deporte es un acicate, pero lo es aún más, si lo asumes como un trabajo. Hay una combinación de pensamiento salvaje y racional. Hay varios aspectos en juegos; desde la inmortalidad, vía resultado, reto a los límites humanos, reconocimiento y ascensión social, y el estimulante mayor; dinero.

Finalmente, si Kejelcha halló su pared en el km 41, y a pesar del desgaste, mantuvo un ritmo sufriente, pero con elegancia, lo de Sawe permitió ver más de cerca su interno en estado de fugacidad extrema, en ese último kilómetro. Como no estaba buscando correr por debajo de las dos horas, lo halló. Sobre todo, porque el destino y su desarrollo no son iguales. Su quemante biología no admite, por ahora límites. Muy entusiasta, el caballero italiano Claudio Berardelli, atentos, su entrenador, hizo una advertencia depredadora después del estupor: “No ha alcanzado su máximo potencial”.

Aquí si vale la pena parafrasear a Raymond Carver; de qué hablamos cuando hablamos de atletismo.

*Ramón Navarro es periodista y atleta venezolano radicado en Ecuador.

Ver fuente