Crítica ‘Wonder Man’, de Marvel Studios
Wonder Man llega a Disney+ con una propuesta que, sobre el papel, parece una rareza dentro del UCM: una serie de superhéroes que deja de lado a los superhéroes para hablar de actores, castings, fracaso, ego, ilusión y la parte fea de la industria. Y no lo hace como excusa decorativa, sino como motor real de la historia. El resultado es una ficción que se siente, en esencia, como una buddy movie convertida en serie, con dos intérpretes en etapas opuestas de su vida profesional, unidos por la misma necesidad: que alguien, por fin, les mire de verdad.
Quién es Wonder Man
Antes de meternos en la serie, conviene ubicar quién es Wonder Man. En Marvel, Wonder Man es Simon Williams, un personaje con trayectoria de caída y redención, cuyo recorrido en cómics lo ha llevado a moverse entre la sombra de intereses ajenos y la posibilidad de convertirse en un héroe legítimo. Su “lado superheroico” está asociado a un poder enorme (la energía iónica y todo lo que eso implica), pero lo interesante aquí es que la serie decide empezar desde lo contrario: desde un tipo que, antes de ser algo grande, es alguien al que el mundo no deja despegar.
Crítica de Wonder Man: la rara avis de Marvel
Y esa es la primera victoria de Wonder Man: hacer que te importe Simon no por lo que pueda levantar con una mano, sino por lo que lleva años arrastrando en la espalda. Desde el inicio, la serie te empuja a sentir lástima por él, pero no una lástima condescendiente, sino esa empatía que nace cuando ves a alguien querer algo con todas sus fuerzas y recibir, como respuesta, el silencio, el desprecio o la patada elegante de una industria que te sonríe mientras te cierra la puerta. Simon no es solo “un actor que sueña con triunfar”: es un actor de método, un romántico del oficio, alguien que se entrega tanto que su empeño roza lo doloroso. Y claro, en un sistema donde lo que manda es lo rápido, lo vendible y lo eficaz, esa entrega se convierte en un problema.
El sueño de Simon no es un capricho. Es el centro de su identidad. La serie lo deja claro en cada escena, en cada mirada, en cada intento por encajar, por demostrar, por resistir. Y lo más devastador es que cuanto más importante es ese sueño, más caro le sale. Porque mientras Simon persigue esa idea casi infantil de “ser un gran actor”, todo lo demás empieza a derrumbarse: su vida personal, su estabilidad emocional, su relación con el mundo. Hay algo muy humano en esa espiral: la sensación de que si no consigues eso que te prometiste desde pequeño, entonces no eres nadie. Y la serie lo explota con una sensibilidad que no siempre asociamos a Marvel.
Ben Kingsley se roba el show (otra vez)
Entra entonces Ben Kingsley, recuperando a Trevor Slattery, y vuelve a robarse el show como solo él sabe hacerlo. Trevor es un personaje que arrastra un pasado particular dentro del UCM: aquel actor que interpretó una versión falsa del Mandarín y que, con los años, ha ido encontrando un sitio nuevo cada vez que Marvel lo ha traído de vuelta. Su primera gran aparición fue polémica (y aunque aquella película fuese un éxito comercial, el tratamiento del personaje llegó a enfadar al público), pero lo fascinante es ver cómo Trevor ha sabido reinventarse dentro del propio universo hasta convertirse en algo más que un chiste interno. Aquí, directamente, se siente “consagrado” dentro de su función: además de aliviar también sostiene.
Un canto de amor al cine
La relación entre Simon y Trevor es el corazón emocional de la serie. No se conocen porque el guion lo necesita, sino porque comparten una religión: la interpretación. Ambos creen en el oficio, aunque la vida les haya colocado en sitios muy distintos. Simon es el aspirante desesperado que todavía piensa que el talento debería bastar. Trevor es el veterano que ya ha vivido el espejismo, ya ha sido devorado por la maquinaria y ahora se mueve entre la comicidad, la supervivencia y una melancolía que asoma cuando baja la guardia. Ese amor compartido por actuar es lo que los une y lo que hace que la buddy series funcione como funciona: no por chascarrillos, sino por la sensación constante de que se necesitan.
A partir de ahí, la serie abraza su componente meta con un acierto muy goloso para los que amamos el “cómo se hace”. Simon logra colarse en el casting de Wonder Man, un remake dirigido por Von Kovak de una película de superhéroes clásica que fue vital para él en la infancia. Y la ironía es perfecta: una condición indispensable para el casting es que el actor no debe tener superpoderes. La serie juega con esa contradicción como quien coloca una trampa narrativa para que el espectador sonría… y para que el personaje sufra un poco más. Porque Wonder Man, al final, no solo es “hacer de superhéroe”: es el símbolo de lo que Simon cree que le salvará.
Y aquí aparece uno de los elementos más bonitos de tu lectura: algunas escenas son un canto de amor al cine, pero no al cine industrial contemporáneo, sino a un cine más clásico, más romántico, ese que mucha gente sigue defendiendo como algo casi sagrado. Es curioso, incluso irónico, que Marvel homenajee esa clase de películas siendo, para mucha parte del público, lo contrario de esa idea de cine. Y justo por eso tiene gracia: porque parece que la franquicia se mira a sí misma con un puntito de autoconciencia, como diciendo: “vale, sabemos dónde estamos… y vamos a jugar con ello”.
La unión perfecta entre el drama y la comedia
En términos de tono, Wonder Man tiene bastante comedia, y la mayor parte de ella se apoya en Trevor. Kingsley está suelto, encantado de existir, y el guion le deja espacio para robarse escenas sin romper la historia. Pero la comedia no tapa el drama; convive con él. Y esa mezcla es, en realidad, el gancho: la serie puede hacerte reír y, un minuto después, apretarte el pecho con una escena donde Simon vuelve a quedarse fuera, otra vez, por no ser “lo que toca”.
En un episodio, la serie se detiene en las consecuencias que tuvo para Trevor su etapa como “Mandarín” mediático, y además retoma su línea argumental tras lo ocurrido después de Shang-Chi. Ese punto funciona muy bien porque convierte a Trevor en algo más tridimensional y, al mismo tiempo, lo empuja a relacionarse con Simon de una manera casi obligada. No es una amistad “porque sí”; es un choque de trenes donde ambos sacan algo del otro, aunque sea a la fuerza.
En paralelo, la serie va dejando migas sobre lo que, inevitablemente, tiene que llegar: los poderes de Simon Williams. Porque, claro, esto sigue siendo Marvel. Y una de las pequeñas alegrías del recorrido es precisamente esa: ir descubriendo poco a poco que Simon apunta a ser uno de los héroes más poderosos del entorno. La serie no te lo lanza en la cara desde el minuto uno; lo dosifica. Y eso, en una franquicia que a veces quema etapas por ansiedad de universo compartido, se agradece.
Poco a poco va notándose aún más esa combinación extraña y efectiva: es Marvel, sí, pero hay una sensibilidad en los diálogos y en la construcción de personajes que se siente distinta. Como si alguien hubiese dicho: “vamos a hacer que hablen como personas, aunque el mundo sea fantástico”. Y Trevor, otra vez, se roba el show. Es que es inevitable: está diseñado para eso, pero Kingsley lo interpreta como si estuviera en una comedia de prestigio y no en un engranaje más.
Visualmente, también hay una sorpresa agradable. Hay momentos con efectos muy logrados, lejos de esa Marvel televisiva que se ha llevado palos en los últimos años por el acabado apresurado o irregular. Aquí, cuando toca mostrar (en muy pocas ocasiones), se nota más cuidado. No es una exhibición constante, pero sí lo bastante consistente como para no sacarte de la historia. Y lo más importante: los efectos no intentan reemplazar emoción; la acompañan.
Luego está el gran punto emocional que es, probablemente, lo que más define a la experiencia: adoramos a Simon. De verdad. La empatía es tan fuerte que hay escenas en las que te nace el impulso absurdo de querer meterte en la pantalla y abrazarlo. Eso no es fácil de lograr en una serie de superhéroes, donde muchas veces el protagonista es un “vector de trama”. Aquí no: Simon es una herida andando.
Hablemos de Doorman
No quiero dejar de mencionar un desvío de Wonder Man hacia un personaje que, para muchos, va a ser una sorpresa: DeMarr Davis, Doorman, conocido en los cómics por su relación con los Vengadores de los Grandes Lagos y por su capacidad para abrir portales. Que la serie se centre en él dice mucho del enfoque: no está obsesionada con ir al grano superheroico de manual, sino con explorar rarezas del universo Marvel y meterlas dentro de una historia más amplia sobre la industria, la identidad y el sentido de pertenencia. Y además, ese episodio incluye un momento que es puro wtf (en el mejor sentido): Josh Gad cantando una versión techno de “Summer” (la canción de Olaf, de Frozen) en una discoteca. Es el tipo de escena que te reafirma que la serie quiere ser rara, jugar, romper un poquito la solemnidad.
Wonder Man puede dividir al público
Ahora bien, también hay un “pero” que es importante mencionar: como pasa con otras series de Marvel, tarda en arrancar si lo que vienes buscando es acción o set pieces constantes. De hecho, podría decir incluso que esas secuencias nunca llegan. Aquí el peso recae en drama y comedia, en mundo interpretativo, en audiciones, en backstage y en relación de personajes. A mí me interesa, por supuesto, pero es probable que no todos los espectadores entren con la misma facilidad. Es una serie que pide paciencia, y hoy la paciencia es un lujo que muchas series no saben (o no quieren) exigir.
La serie menos Marvel de Marvel hasta la fecha
A partir del tramo final, la serie deja más claro su discurso: las inseguridades de formar parte de la industria, el miedo a no ser suficiente, la forma en que el sistema te mastica si no produces el “resultado” esperado, aunque te estés dejando el alma. Y ahí aparece una conclusión bastante potente: Wonder Man no es una serie de superhéroes al uso. Es, quizá, la serie menos Marvel de Marvel hasta la fecha, y eso es precisamente lo que la vuelve interesante. Porque no expande el UCM solo añadiendo villanos o amenazas, sino añadiendo humanidad. Te enseña una parte del universo que no suele estar en primer plano: lo que ocurre cuando no estás volando, cuando estás esperando una llamada, cuando dependes de un sí ajeno para no derrumbarte.
Y aun así, queda flotando una inquietud legítima que conviene poner sobre la mesa: Marvel Television está abriendo muchos melones con sus nuevas series. Introduce personajes, presenta piezas, te insinúa caminos… pero da la sensación de que, salvo excepciones claras, no siempre hay un avance real o una continuidad orgánica en forma de nuevas temporadas o progresión sostenida. Esa impresión pesa porque Wonder Man es de esas series que, por tono y propuesta, agradecería un recorrido con calma, no solo una aparición y “gracias por venir”.
¿Vale la pena ver Wonder Man?
A estas alturas la duda ofende ¡Por supuesto que sí! Esta nueva serie es una ventana a cómo funciona el Universo Marvel más allá de la pelea. A veces Marvel olvida que su universo también debería hablar de gente común, de oficios, de aspiraciones, de lo que se rompe cuando no sale bien. Aquí lo recuerda. Y aunque no todo el mundo conecte con su ritmo y plantemiento, hay algo muy valioso en que el UCM se atreva a respirar, a mirar a la industria que lo sostiene y a contarte una historia donde el superpoder más importante, durante muchos minutos, no es la fuerza… sino la necesidad de que alguien te reconozca.
