Clamor – Últimas Noticias
Hace 120 años su inquieta humanidad y su engalanada pluma arribaban a España. Una querella entre su natal Nicaragua y la vecina Honduras lo llevaría nuevamente al Viejo Mundo con la tarea de resolver una diferencia territorial, tarea que daría paso a la publicación de un libro imprescindible, el tercero de una cosecha de valía universal: «Cantos de vida y esperanza, los cisnes y otros poemas». Esta obra, de grata lectura, sería editada por el autor de «Platero y Yo», Juan Ramón Jiménez.
En su prefacio Rubén Darío hablaba de su “clamor continental” y de la naturaleza de su protesta “escrita sobre las alas de los inmaculados cisnes”. No ocultaba el vate como sus palabras eran todo un estético alegato contra el imperialismo septentrional.
En este texto es de oportuna revisión “A Roosevelt”, poema que en su hora sería una crítica al intervencionismo personificado en el apellido mismo del primer mandatario norteamericano.
No perdamos de vista que “A Roosevelt” está enmarcado en la vocación expansionista de marras, sobre todo hacia el Caribe, de la misma manera debemos percatarnos que para ese momento, 1905, ya se había consumado la guerra hispanoestadounidense por Cuba y se había materializado la expropiación a Panamá, paso franco del “gigante de las siete leguas” sobre el control del canal interoceánico.
Comienza “A Roosevelt”: “¡Es con voz de la Biblia, o verso de Walt Whitman,/que habría que llegar hasta ti, Cazador!/Primitivo y moderno, sencillo y complicado, /con un algo de Washington y cuatro de Nemrod”.
Desde sus primeras líneas califica Darío de “futuro invasor” a los Estados Unidos, quien se cierne sobre “la América ingenua que tiene sangre indígena, que aún reza a Jesucristo y aún habla en español.”
Epítetos de “soberbio”, “fuerte”, “potente”, “grande” y “rico” aplica al hegemón neocolonialista. Asimismo, comparaciones con Alejandro, Nabucodonosor, Hércules y Mammón, le sirven a Darío para reiterar, contrastantemente, la trascendencia de estos pueblos ancestrales, remotos y espirituales: “La América del gran Moctezuma, del Inca,/ la América fragante de Cristóbal Colón,/ la América católica, la América española, la América en que dijo el noble Guatemoc:/ «Yo no estoy en un lecho de rosas»; esa América/ que tiembla de huracanes y que vive de Amor,/ hombres de ojos sajones y alma bárbara, vive./ Y sueña. Y ama, y vibra; y es la hija del Sol.”
Así, el pionero del Modernismo discriminaba identitariamente ambas Américas, acusando en todo instante en el yanqui su torvo injerencismo.
Del mismo modo, el bardo advertía sobre la valentía y la resistencia de los hombres y mujeres de este lado del mundo: “Tened cuidado. ¡Vive la América española!/ Hay mil cachorros sueltos del León Español. / Se necesitaría, Roosevelt, ser Dios mismo,/el Riflero terrible y el fuerte Cazador,/ para poder tenernos en vuestras férreas garras./ Y, pues contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!”
Posteriormente, el Príncipe de las letras castellanas matizaría su visión del coloso norteño, siempre deslindando a los gobernantes del pueblo; convencido estaba el autor de «Azul» que la unidad y la paz pasaban por el consentimiento del Águila que se hacía de estos predios. Lamentablemente no sería así: el Destino Manifiesto se profundizaría aquende.
Rubén Darío había nacido el 18 de enero de 1867 y fallecido el 6 de febrero de 1916 en su patria amada.
