22 abril, 2026
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Uno de los objetos principales de la cristiandad son las campanas. La iglesia católica comenzó a usarlas en sus templos a partir de 605 de la era común, originada en la región italiana de Campania -de ahí su nombre- y que la tradición atribuye a san Paulino de Nola. En un principio, la iglesia hacía uso de una sola esquila, con el paso del tiempo se adicionaron los campanarios y el número de campanas.

Desde los tiempos coloniales de Caracas, en iglesias, oratorios y monasterios sonaban con frecuencia las campanas ubicadas en sus campanarios y porterías. Un instrumento símbolo de control y civilización, puesto que era importante para la iglesia católica “reducir a campana” a las almas que se hallaban bajo su jurisdicción espiritual. Sellaban el tiempo canónico en la cotidianidad de la ciudad y anunciaban hechos jubilosos y luctuosos, formando un paisaje auditivo singular.

Aparejado con los carillones, están los relojes públicos, que, como en Europa, se hallan en la torre de la catedral. A partir del siglo XVIII, la metropolitana caraqueña ostentaba su reloj en las cuatro caras del campanario, signo de progreso que marcaban las horas, pero también los terremotos. El sismo de 1766 se encargó de causarle daño a la torre, por lo que tuvo que derrumbarse un cuerpo y la linterna que la coronaba. Las sacudidas de 1812, 1900 y 1967 pararon las agujas del reloj.

El séptimo y actual reloj púbico llegó con la ola urbana transformadora de Antonio Guzmán Blanco. Mil ciento ochenta y una libras esterlinas fue el precio de la máquina fabricada por Losada, un español radicado en Londres, quien, satisfecho por el precio pagado, obsequió un carrillón que interpreta seis piezas religiosas y el himno nacional, cuyos timbres metálicos se escucharon por vez primera en la plaza Bolívar en la Navidad de 1888.

Durante la borrascosa temporada de lluvias de 2011, un rayo cayó en la catedral, momento a partir del cual el reloj se detuvo y el carrillón quedó mudo. Hoy más que nunca, en que voces agoreras y pérfidas se ensañan contra nuestro país, bien vale la pena que el reloj catedralicio marque las horas y resuenen de nuevo las notas de la Canción Nacional en la cuadrícula histórica, lugar donde se gestó nuestra independencia y la liberación de los pueblos de Nuestra América.

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