23 abril, 2026

Caballeros Teutónicos, la ultraderecha mundial alarmada

Caballeros Teutónicos, la ultraderecha mundial alarmada

 En el anterior artículo de esta serie presentamos a la ultraderecha mundial alarmada por las medidas “progre”  desarrolladas por James Carter con el derrocamiento del Sha en Irán, de “Tacho” Somoza en Nicaragua y la semi devolución del canal de Panamá a los panameños. Contra todo eso se movilizaban entre otros, el cardenal cismático Lefebvre y Gregor Straser, que fue el titular de la S.A. rival de la S.S., en la Segunda guerra mundial. Trabajan para el cisma conservador que intenta llevar a los hechos el cardenal Lefebvre». 

A su manera, representaban un gajo muy grueso del tronco de la cristiandad, que arranca de la alta Edad Media, cuando la aristocracia alemana se organizó en órdenes militares, una de ellas la de los Caballeros Teutónicos, formó una nobleza riquísima, petulantísima, con gestos místicos y ocasionalmente suicidas. En la Alemania de fines del siglo XIX y comienzos del XX se les conoce algo inexactamente como los Junkers, forman la casta del poder y desarrollan el Ruhr como la más grande zona industrial del mundo. Este complejo militar industrial generó la Weltpolitik que voceó Guillermo II y lanzó, por su potente necesidad de expansión, a Alemania a la Primera Guerra Mundial, con su lógico interés en Panamá y Nicaragua. 

Benedicto XIV, el Papa de aquel momento, fue muy partidario de Alemania, la bendijo abundantemente, lo que no impidió que ésta perdiera la guerra. 

Secuela de la derrota es la ruina. Inglaterra y sobre todo Francia, se ensañan sobre la Alemania vencida. Las películas de noticiero muestran a las mujeres ojerosas, a los niños hambrientos, al hombre que va a comprar alimentos llevando una carreta llena de billetes de banco porque la moneda alemana ha sido destrozada. Es una verdad que el entonces pintor frustrado Adolfo Hitler comenzará a denunciar, acusando a los judíos de haber conspirado para crucificar a Alemania.

Los Junkers habían vivido intensamente el sueño de omnipotencia del Imperio de Guillermo II y viven intensamente la derrota. Vengativos y brutales, usan parte de la poca fuerza que les quedó para hacer una masacre a los comunistas que intentaban tomar el poder en Berlín. Piensan en el desquite. Hitler crece. Detrás tiene a los grandes capitales de la industria pesada alemana que está cortapisada por las cláusulas del Tratado de Versalles. Los judíos, por su parte, no se confían. Saben del monstruo de antijudaísmo que se está levantando en Alemania. Como capitalistas, adversan a la URSS pero saben que si ésta desapareciera tendrían encima a los nazis. Calculan bien.  Los centenares de miles de rusos muertos en la Segunda Guerra, las jornadas heroicas en Stalingrado, al tiempo que salvarán a la URSS, salvarán al capitalismo liberal y al judaísmo. 

Viene la Segunda Guerra, Con la nueva derrota de Alemania los capitales tudescos deben aceptar la mainmisa norteamericana, británica y rusa. Pero esta vez no es tan odiosa como la que salió de la primera. Aleccionados, los vencedores ya no hambrean a Alemania; por el contrario, la potencian, contentos de, eso sí, ser socios del industrialismo del Ruhr. En la Alemania occidental se gesta una camaradería anticomunista que no podía sino crecer con la postguerra, con las campañas de opinión de Winston Churchill y el Maccarthismo. Los capitales, principalmente alemanes, de racismo duro, son el caldo de cultivo del ultraconservatismo que se expresará en la Operación Cóndor. El papa Pío XII está en todo esto. En los días finales de la guerra, recorrió Roma, preocupándose por los heridos y limpiándose del pasado nazi y fascista, pues fue partícipe de primer nivel en la gestación del nacionalsocialismo en uso de su estatus de embajador papal en Berlín en los años veinte y treinta y, ya papa, socio de Mussolini y su gobierno fascista. Pero vive un giro de 180 grados en cuanto a relación con los judíos, con Estados Unidos e Inglaterra, de alianza en la Guerra fría. 

Pero vienen la aparición de John Kennedy, la de Fidel Castro, el Mayo francés, todos ellos odiosos para el conservatismo. El Concilio Vaticano II, presidido por el papa bueno y dedicado a «aggiornar» los dogmas del Vaticano, es la gota que derrama el vaso de la paciencia conservadora. En 1968, el cardenal Lefebvre proclama que han sido violados los fundamentos de la religión de Cristo. Espantable será para Lefebvre el papa Paulo VI. El libro La nueva Iglesia Montiniana denuncia que, recién entronizado, Paulo viajó a Jerusalén, rompiendo una tradición de los papas, añeja de dos mil años, de condenación a los judíos como asesinos de Cristo y no visitables. Paulo VI fue recibido por el Sanedrín y ungido sumo sacerdote de Israel. ¿Fue pública y oficial esta concentración de las dos máximas autoridades espirituales en la cabeza del papa Montini? De ninguna manera. Arriaga basa su inferencia en la de varias publicaciones especializadas en religión, también en retratos del Papa —uno de los cuales ilustra la portada de su libro— en el cual éste porta, junto a joyas de calificación cristiana y papal, el Efod, joya propia de los sumos sacerdotes judíos. Se hace su descripción: 

«…llámase en hebreo, Elegido o Seleccionado o Predilecto, o sea el Pectoral del Juicio, por razón de recibir el Sumo Sacerdote, por su conducto, responsos divinos y exponiendo sus decisiones sobre todas las cosas relacionadas con el bien de la voluntad del pueblo (…) El pectoral (Efod) se usa en los Capítulos Americanos (masónicos) del Arco Real, por el sumo sacerdote, como parte oficial de sus adornos oficiales (…) era designado para recordar al Sumo Sacerdote el amor que debía prodigar a las tribus, cuyos nombres llevaba en él escritos». 

Hay masonería, además de alto judaísmo, en el Efod pues la descripción que acabamos de transcribir es tomada por el escritor de la Enciclopedia de la Francmasonería. ¿No tenía razón para estar alarmada la derecha con pasado nazi?

Murió Paulo VI envuelto en el aire del escándalo según los lefebvrianos, y los cardenales reunidos eligen como sucesor al cardenal Luciani, primado de Venecia, que adopta el nombre de Juan Pablo I. Como primera medida, Luciani ordena una investigación sobre los manejos del Banco Ambrosiano. Pocas semanas después aparece muerto en su lecho.

Háyalo o no envenenado la Logia P2, dominadora del Banco, lo cierto es que también tenía en contra a los seguidores del cardenal Lefebvre, que lo calificaban de hijo del Opus Dei, la masonería blanca y del oro, y aplaudieron esa muerte hasta que les sangraron las manos. A Luciani le sucedió Wojtyla, munido, según ellos, de una «excelente formación policial soviética», que dice a qué trabajo diabólico viene. 

En el próximo artículo de esta serie se desarrolla la acción ultraderechista, raíz de la de hoy y el secreto de Ucrania.



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