1 junio, 2026
Fragilidad

Su aspecto verduzco o rojizo, que no escatima valor nutritivo, es signo de su sencillez: aguanta sequias prolongadas sin inmolarse, que nos recuerda la bondad del pan.

Su carga proteínica, su multiplicidad vitamínica y mineral, hace trampa en el paladar, tornándose en una sustancia suave que nos pone en contacto con los orígenes de la humanidad.

Su nombre curiosamente está emparentado con la palabra lentes, emanando del latín lens, por su parecida geometría a un cristal biconvexo, es decir, a dos superficies esféricas curvadas hacia afuera.

Esa son las lentejas, siempre presentes en nuestros platos con un pasado más que interesante. Se suele afirmar que las lentejas surgieron en el Cercano Oriente o en la zona mediterránea.

Ya nuestros ancestros en el neolítico la cultivaron. Los egipcios fungieron como sus primeros exportadores. Pobres y ricos de las antiguas Grecia y Roma se disputaron su comparecencia en sus mesas. Eran preferidas por filósofos, médicos y soldados. Los invasores españoles, más tarde, la traerían a nuestro país.

En la Biblia su simbología es muy cara. Cuenta cómo Esaú desistió a su primogenitura por un plato de ellas y un pan. Es la historia de dos hermanos de caracteres opuestos: Esaú y Jacob.

El primero era dinámico, despierto, más apegado a su padre, bastante extrovertido decimos ahora, mientras que el segundo, Jacob, era todo lo contrario. Había fraterna rivalidad.

El Libro del Génesis relata que una vez Esaú regresaba a casa agotado y hambriento. Con la boca hecha agua husmeó un asado preparado por Jacob, solicitándole a su hermano que lo convidará a comer. Éste, muy sagaz, no perdería la oportunidad de plantearle un trato: cambiar sus derechos de hermano mayor por aquel delicioso guiso de lentejas. Esaú, ni corto ni perezoso, lo aceptaría.

Así, Esaú no sería el jefe del clan, ni heredaría doblemente los bienes del hermano menor, en síntesis, no sería el patriarca de la familia.
Si bien las lentejas es símbolo de lo efímero, también representa la prosperidad y la fortuna, por eso todavía la servimos en Noche Buena.
Los venezolanos sabemos de lentejas. Lentejas impuestas a la fuerza por acción del odio a los humildes, de aquellos que estrangularon ayer no más al pueblo -y lo siguen estrangulando- con bloqueos, aquellos que forzaron las migraciones y que después, con sus caras bien lavadas y con respaldos mediáticos mundiales, maldijeron el Gobierno bolivariano, el único que respondió con dignidad a la carencia obligada de nuestra gente.

No era una crisis económica, no es una crisis económica la que vivimos en Venezuela, más allá de los desaciertos de la Revolución Bolivariana. La causa mayor de nuestro estancamiento ha sido la traición de una fracción de apátridas que pediría el ahorcamiento de nuestros recursos para acelerar un “cambio de régimen”.

Esos paisanos que fueron a llorar ante Angelina Jolie -quien jamás ha tocado estos parajes- porque “tenían que comer lentejas guisadas, croquetas de lentejas, arroz con lentejas, sopa de lentejas, arepas con lentejas, lentejas con lentejas”, nunca le dijeron a la actriz hollywoodense quienes eran los verdaderos culpables de esa situación.

¿Nos avergonzamos hoy de las lentejas? ¿Cuándo vamos a erigir la Plaza de las lentejas? ¿Agradecidos? Las lentejas son frágiles, pero son más frágiles nuestras memorias.

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