20 abril, 2026
¿Le creerán a Elon Musk?

María Corina Machado lleva poco más de dos décadas y media soñando con la llegada a Venezuela de los marines estadounidenses. Y, quizás también, aunque no lo haya admitido en público, con la anexión de la tierra en la que nació al imperio que tanto venera. No le bastan las ocho estrellas. Ella, mujer caprichosa al fin, quiere que la bandera de 50 astros sume uno más.

Y para cumplir con ese propósito, busca el poder político por cualquier medio, así sea sobre la destrucción del país, la ruina, el terror y la muerte de sus habitantes. Los “daños colaterales” los tiene presupuestados. Solo piensa y se frota las manos, con los negocios que surgirán de la “reconstrucción”.

La clase de personajes que representa esta señora no es única, ni se limita al interior de la República Bolivariana de Venezuela. Casualmente, Eduardo Bolsonaro, hijo del expresidente nazi-trumpista Jair Bolsonaro, anda por los despachos de parlamentarios y de los altos funcionarios del gobierno de Estados Unidos rogando que esa potencia intervenga militarmente en Brasil para salvar de la cárcel a su papá, sentenciado por golpista a 27 años y tres meses de prisión por el intento de golpe de Estado contra el presidente Lula Da Silva.

En declaraciones ofrecidas tras enterarse de la decisión de la justicia brasileña, Bolsonaro junior aseguró que debería llevarse a cabo en Brasil “un despliegue militar (de fuerzas armadas estadounidenses) en el futuro para defender a la oposición”. Según él, el presidente Donald Trump “no tiene miedo de utilizar la fuerza militar para proteger la libertad de expresión”. Y sostuvo, además, que este tipo de acciones “valen la pena por la causa de la libertad”.

En Argentina, Javier Milei, compadre del genocida Benjamín Netanyahu, coquetea con el Reino Unido y suaviza la postura oficial de lucha histórica por recuperar la soberanía de la nación sobre las islas Malvinas. En Ecuador, Daniel Noboa, como buen capataz, pide que se reabran las bases militares de Estados Unidos.

El fenómeno de tomarse con soda la traición a la patria en todos estos casos no es fruto de la casualidad. Está fijado en el ADN de la extrema derecha latinoamericana del siglo XXI.
alfredo.carquez@gmail.com

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