Nicolás Maduro y la conspiración hasta el remoto Plata. Esequibo, peligros y viejas historias escondidas (5)
Winston Churchill en su libro A History of the English Speaking Peoples, escribe sobre la crisis venezolana así:
«Desde la caída de Napoleón el pueblo estadounidense estaba tan absorto con la colonización del continente y la explotación de sus recursos naturales que los asuntos exteriores le interesaban poco. Completado el proceso de colonización y con el desarrollo económico bajo control, buscó nuevos campos donde actuar. Para 1890 la idea imperial se había impuesto en todos los grandes poderes industriales. Gran Bretaña, Francia y Alemania estaban particularmente dedicadas a la adquisición de nuevas colonias y de nuevos mercados. Este ejemplo europeo no pasó desapercibido para los norteamericanos. Por estas y otras razones, desarrolló un vigoroso espíritu de afirmación, el cual se manifestó, en primer término, en la disputa limítrofe entre Venezuela y la Gran Bretaña».
El 17 de diciembre de 1895, en mensaje dirigido al Congreso de su país, el presidente Grover Cleveland anuncia que Estados Unidos
«…resistirá por todos los medios cualquier apropiación por parte de Gran Bretaña o el ejercicio por ésta de jurisdicción gubernamental sobre territorio alguno que pertenezca de derecho a Venezuela».
En julio llega a Londres una nota diplomática firmada por Richard Olney, Secretario de Estado de los Estados Unidos, dirigida al excelentísimo señor Salisbury, Primer Ministro británico, exigiendo el sometimiento del impasse venezolano al Arbitraje de la Corte Suprema de La Haya,
«…por razón de la Doctrina Monroe —explica— los Estados Unidos son hoy prácticamente soberanos en este continente y su palabra es fiat sobre todos los asuntos en los cuales limita su intervención»…/…Todas las ventajas de esta superioridad estarían amenazadas desde el momento en que se admita que potencias europeas puedan convertir Estados americanos en colonias o provincias propias. El principio será anulado y cada potencia instalará una base militar contra nosotros. Lo que se le permita a una potencia no se le podrá negar a la otra y no podrá ser inconcebible que la lucha que ahora se libra por el reparto de África se transfiera a la América del Sur. Si lo fuera, los países más débiles incuestionablemente serían absorbidos pronto, en tanto el resultado final podría ser el reparto de toda la América del Sur entre las distintas potencias europeas».
Olney concluye amenazando con que, de no aceptarse la proposición, los Estados Unidos determinarán unilateralmente la frontera esequiba. A este papel se le conoce en la historia diplomática como la «Nota del cañón de 20 pulgadas», porque balas de ese calibre podían ser disparadas desde los novísimos acorazados norteamericanos contra las naves británicas que continuaran en aguas venezolanas después de un plazo. Una escuadra naval norteamericana atracó en La Guaira y el mundo queda al borde de una guerra. El factor desencadenante ha sido las concesiones otorgadas por Antonio Guzmán Blanco en su rol de presidente de Venezuela, a ciudadanos norteamericanos en las minas cercanas a las bocas del Orinoco.
¿Cuál es el objetivo de Guzmán? Lo podemos inferir de la comunicación que envía a Silva, cónsul en Nueva York, el 19 de agosto de 1887, sugiriendo que Venezuela envíe tres o cuatro mil hombres para expulsar a los ingleses de Guayana . Este acto produciría la guerra y llevaría a un bloqueo inglés de los puertos de Venezuela y al desembarco de tropas inglesas. «Esto obligará a los Estados Unidos a venir a la defensa de Venezuela y resolver así un fastidioso problema».
Guzmán Blanco confiesa al cónsul que este plan fue el suyo hace cuatro años, pero que «en mi condición de Presidente de la República no creí conveniente proponerlo». Pero ahora, como diplomático, puede hacerlo. Esta confesión está dando la razón a los diputados que interpretaron como actos de provocación las hostiles posiciones de Guzmán ante Inglaterra, llegadas incluso a la ruptura de relaciones, y muestra que la aspiración de Guzmán es, tras remover a los ingleses del Orinoco, entregar ese río a los Estados Unidos, que indefectiblemente alcanzarían «hasta el remoto Plata», como escribe, vale decir se anexaría América del sur a la potencia norteamericana.
De estas tensiones saldrán unas negociaciones realizadas en París donde se enfrentarán Inglaterra y Venezuela, representada, eso sí, por abogados norteamericanos. El presidente del tribunal fue un juez ruso apellidado Martens, cuyo dictámen final será objeto de revisiones y cuestionamientos repetidos hasta hoy. Asigna el Orinoco a Venezuela y el Esequibo a Guyana.
Anuncio, es factible que sectores de Estados Unidos estén maquinando agredir a Venezuela desde Guyana poco antes de las elecciones para evitar seis años más de Maduro. Otros estudiaron hace unos meses lo contrario y lo anunció Schemel: revocación de las sanciones, devolución de lo robado, en síntesis, aceptación por los Estados Unidos de la independencia de Venezuela. Sería cómodo para una potencia que posee el cinco por ciento de las reservas petroleras mundiales y va para elecciones a finales de éste año. Es a esta segunda opción a la que está jugando el presidente Maduro, le ha hecho llamados en este sentido, públicos a Biden. Es el juego.
