72 Tigres muerieron en un zoológico privado de Tailandia
Setenta y dos tigres muertos. No es un error tipográfico. Es lo que ocurrió en Tiger Kingdom, un zoológico privado en Tailandia que hasta hace muy poco vendía una experiencia distinta: la posibilidad de acercarte a uno de los depredadores más imponentes del planeta. Tocarlo. Abrazarlo. Fotografiarte con él.
El brote fue causado por moquillo canino, combinado con infecciones respiratorias. Avanzó rápido. Demasiado rápido para un lugar donde conviven más de 200 ejemplares en cautiverio. Las autoridades confirmaron que este tipo de virus, altamente contagioso, se propaga con facilidad en espacios cerrados con alta densidad de animales.
La muerte de los setenta y dos tigres ocurrió entre el 8 y el 18 de febrero de 2026 en Chiang Mai, Tailandia. El zoológico aun está a puertas abiertas, pese a lo ocurrido.
Es importante destacar, que el moquillo canino afecta sobre todo a perros, pero también puede contagiar a otros cánidos como zorros, lobos, coyotes, mapaches, zorrillos, visones y hurones. Además, se ha reportado en algunos felinos salvajes, como en este caso, en leones, tigres y leopardos. No se transmite a humanos, ni a gatos domésticos.
Pero hay una pregunta que incomoda más que los números: ¿Cómo se llega a ese punto?
El propio zoológico asegura en su web que el bienestar animal es su prioridad. Que los tigres no son forzados. Que están relajados, no los sedan, ni le quitan colmillos o garras… Que el contacto humano es positivo para ellos. En ese mismo espacio, se promociona sin reparo la posibilidad de tocarlos, abrazarlos y posar junto a ellos.
Es ahí donde el discurso empieza a desmoronarse.
Los expertos en fauna silvestre son claros: manipular estos animales les genera estrés y altera sus patrones de comportamiento de formas que muchas veces no son reversibles. El contacto directo y continuo con humanos no es neutro. Y en entornos de alta densidad, los riesgos sanitarios no son imprevisibles, son consecuencia directa del modelo.
Organizaciones como PETA señalaron que estos animales murieron como vivieron: en cautiverio y en explotación. El señalamiento apunta a algo estructural, un modelo de negocio que depende de la cercanía artificial entre humanos y fauna silvestre.
Y lo más preocupante no es solo lo que ocurrió. Es lo que pasa después.
A pesar de la magnitud de las muertes y de las investigaciones abiertas, las plataformas del zoológico no reflejan ninguna pausa real en su actividad promocional. No hay un mensaje claro de suspensión. Se sigue promoviendo la visita y el contacto con estos grandes felinos.
Eso también comunica.
La legalidad de estos espacios no garantiza que sean responsables. Y el marketing del amor por los animales no siempre coincide con prácticas que realmente los protejan.
La próxima vez que alguien vea esa foto, la del turista sonriendo junto a un tigre enorme y aparentemente tranquilo, valdría la pena hacerse una sola pregunta: ¿qué tuvo que pasar para que ese animal estuviera ahí?
