14 junio, 2024
De San Remo a Caracas

La madonna brutta (La virgen fea) forma parte del ciclo de relatos creado por el escritor italiano Giovannino Guareschi a través de su personaje don Camilo, un cura de pueblo quien antagoniza con el alcalde comunista Peppone Bottazzi, en la posguerra italiana. A pesar de la incesante lucha entre sí frente a los diversos conflictos que afrontan, unen fuerzas a duras penas y emerge su mutua buena voluntad. Los sentimientos humanos prevalecen sobre cualquier disputa banal.

Destacábase dentro del templo provinciano la figura de una escultura policromada de dos metros de altura de no tan buena factura. Don Camilo no la quería porque era harto fea y ofensiva a la Virgen. Una espina en el corazón le atravesaba cada vez que oía a la gente apodarla así, aunque sin intención irrespetuosa. Intentó deshacerse de ella, pero la población le increpaba que no podía hacerlo por su valor histórico al ser muy antigua. Así que pensó bien en sabotearla, para que, durante el viaje en un camión procesional, se rompiera. Y así fue. La deslucida virgen se desmoronó, apareciendo otra espléndida de plata. De seguidas, tronó en la cabeza del clérigo lo que el Cristo del altar mayor le dijo mientras aquel le rogaba su mediación para librarse de la imagen: “La verdadera belleza es la que los ojos no pueden ver porque está dentro y desafía los estragos del tiempo y no se convertirá, como la otra, en tierra dentro de la tierra”. Recogió los fragmentos y la reparó.

Este cuento desnuda que todo valor cultural tiene un elemento espiritual, puesto que, en un bien material, además de encerrar un interés arquitectónico, artístico, histórico o todos ellos, incluye el afectivo que la comunidad le imprime. Cuando el Instituto del Patrimonio Cultural inició el censo del patrimonio cultural en 2004, rompió paradigmas respecto a la estimación de las manifestaciones culturales propias del pueblo venezolano y que tienen significación para él en toda su dimensión pluricultural y multiétnica. Una comprobación realizada a partir del juicio que la propia gente hizo de ellas, concretizada en sendos catálogos y que valió el reconocimiento por parte de la Unesco. El colofón de esta historia es que, a pesar de la fealdad de la efigie, el pueblo seguía apreciando a su “virgen fea”.

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