24 junio, 2024
De San Remo a Caracas

Desde hace dos décadas y un poco más, Venezuela está viviendo un proceso de cambios en medio de una crisis que llegó haciendo estragos sociales, mientras en el campo del derecho la situación no es distinta. Estamos asistiendo -como diría Luigi Ferrajoli- a una crisis profunda y creciente del derecho que se manifiesta en diversas formas y en múltiples planos. En el fondo se trata de una crisis del principio de legalidad, y son precisamente esas manifestaciones de lucha por el cumplimiento de la ley las que nos hacen reflexionar con toda seriedad sobre un nuevo sistema de justicia que ayude a morir las viejas estructuras en que descansa el actual sistema, ya cansado de viejos procedimientos y tantos vicios que parecen no acabar nunca.

Una reforma judicial seria, en las circunstancias actuales de América Latina, debe plantearse en los términos de un proyecto de justicia distinto a todos los sistemas de justicia que han existido en nuestros países. Eso significa el acceso de todos, sin excepciones, a los órganos de justicia, dar respuesta a la conflictividad social, rescatar el cumplimiento de la ley o, sencillamente, darle eficacia al principio de legalidad y luchar contra la selectividad, sobre todo en el campo penal, de la ley y el delito, sin olvidar que el Derecho, tal como está concebido en nuestra sociedad, hace tiempo que dejó de ser un instrumento de transformación para convertirse en realidad primaria de grupos que lo utilizan como sustento en clara debilidad de la justicia. Ese no es el Derecho que se corresponde con la idea de lo justo y mucho menos con la razón.

Alguien dijo que la debilidad de la ley y la debilidad de los jueces son dos miradas sobre el mismo fenómeno y es muy difícil saber cuál comenzó primero. En fin, la debilidad del Poder Judicial es histórica. Van pasando los años, pasan los sistemas, mientras la justicia continúa siendo un deseo inalcanzable, algo así como la eterna cuestión pendiente. Pero se habla y se habla de ella sin la posibilidad de contener tantos habladores en vano, tanto vaniloquio, tanto discurso inútil, infructuoso y sin efecto. Diría, a la manera de Borges, que en esa discursiva existe “una fundamental vaguedad”, porque eso ha sido la justicia para los pueblos latinoamericanos.

Estas mismas palabras las dije una vez, allá por 2007 en Maturín, y no ha pasado nada. Hoy vuelvo y las repito por un nueva justicia. ¡Quién quita!

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