El peligro de ser intenso (21)
Al parecer ningún zumbido podía romper la consistencia de aquel sueño el 3E. Ni siquiera el de los zancudos que vienen a chuparte un tantín de sangre mientras te dejan una picazón, de esas machas que ni rascándote efusivamente puedes detener. Procede cuando después de leer tanto sobre imperialismo y su accionar en el mundo entero, sobre todo en Latinoamérica, remember Playa Girón o Vietnam, tratas de hablarlo con un clase media emergente recién mudado, hace 40 años por supuesto, a Santa Paula, por decir alguna de las urbanizaciones cuarta republicanas, cercanas a las colinas más encumbradas de nuevo tipo, en el Este de la ciudad. Antes, todavía décadas atrás, era el Country Club, y más atrasote, en tiempos del “ bagre” como le llegaron a decir, se atrevió abrirle el país a los Illuminatis, y sus concesionarias gringas del petróleo. Tiempo del excremento del diablo (oro negro). Sí. Una “bola de ricura” que los doce apóstoles, o los amos del valle, se encargaron de robarse en flagrancia de su disfrazado estado de bienestar para el pueblo.
Puro despotismo ilustrado. Nuestro mentado ciudadano ahora en buena pinta, y bien allegado a las abundantes migajas de lo que dejaba aquella sobreabundante explotación para los propietarios y sus empresas privadas, miserable explotación, hoy transnacionales corporativas del mundo occidental, libre e invasor y saqueador de países supremacista blanco y sionista, lanzador de bombas atómicas y orgulloso de tener las armas secretas de destrucción masiva más poderosas, cuando le hablas del imperialismo, te dice que no existe. Que eres un atrabiliario, alucinador de espejismos ideológicos. Un bicho raro. Eres un comunistaaaaa. Y en Caracas cayeron los misiles. Rompieron mi sueño de amor con la China Yang. Tenían meses con sus amenazantes buques y su portaaviones atómico en el Mare Nostrum. Sí. El imperialismo monroista que considera nuestros países soberanos su patio trasero. Trato de reconstruir mi sueño de amor. Ahora en vigilia, mientras la madre de todos los apátridas, cadáver exquisito, se mete en la Casa Blanca por la puerta trasera y le ofrece su medalla dorada del Nobel de la paix boba al monstruo de los pantanos anaranjados. Más intenso imposible.
