El amo

“Y el diablo que los engañaba fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos.” «Biblia», Apocalipsis.
El día en que el Amo del mundo murió, el infierno cambió de dueño. Su gran estampa azafranada hace juego con las llamas rojinegras que avivan en la paila número 5. Su volcánica mirada compagina con el furor vivaz del lugar, sitio ideal, cavila silenciosamente, para comenzar la reconquista de todo el territorio sulfurado.
Las almas del Purgatorio, aun cuando entre sollozos insoportables gritan su nombre, le parecen ánimas despreciables, que le traen malos recuerdos: de seres semejantes de la vida milagrosa, mortales dignos y con sentidos comunes.
El tridente obsequiado por el Consejo Internacional Luciferino se le antoja insuficiente, mas, cuando no hay espíritus que atormentar, ya los penitentes están completos ¿Qué sentido tiene estar en un lugar donde no se puede hacer daño? Piensa hacia sus adentros, dibujándose a la vez, en su rostro, una mueca perversa.
Ya su artera cabeza está urdiendo un nuevo plan, primero terminar de torturar al otrora Director General del Averno, un tal Satanás, y posteriormente crear un diseño de alta política coordinada por Ratrubius -su fiel cancerbero del plano terráqueo- para tratar de invadir otros espacios del Hades.
Hace ejercicio mental de cómo confeccionar un Esquema Sesudo Neoimperial en el que los demonios ardientes, aéreos, subterráneos, terrestres y acuosos cumplan sus órdenes destructivas.
El Amo del mundo se embriaga con sus cocteles de morfina, frunce el ceño y se aburre dando patadas a los charcos pletóricos de fentanilo.
A ratos el Amo del mundo hace pucheros, y cual pícaro se ríe solo de sus ocurrencias remotas, sin embargo -ser ruin y bipolar, finalmente- en instante también llora. Su desazón es la base de su amargura: reconoce que en su existencia pasada no hizo que todos pisaran el “botón rojo”, también se lamenta de que su orgásmica sed demoledora no se hubiera concretado.
Su despecho le hacía meditar cómo su juicio por pedófilo, su voracidad de recursos impropios y su violación abierta del derecho ajeno no le permitieron administrar los tiempos. Las parcas llegaron antes, y ya seco lo habían encontrado en un salón lujoso adornado con su retrato de dos por dos puesto en la pared principal.
Todos los días pasea por la avenida central del Tártaro con su Leviatán, cuyo collar dice que “el fin justifica los medios”.
Generalmente se ve acompañado de Beelzebub, Amon, Mammón, Belfegor y Asmodeo, dignos representantes de sus valores más excelsos, como son la soberbia, la gula, la ira, la envidia, la avaricia, la pereza y la lujuria.
El Amo del mundo aprovecha mirar sus preciados trofeos de viejas hazañas, cuando se burlaba de la razón, de la condición humana, y cuando imponía la cultura de la barbarie como algo normal y hasta simpático.
El Amo del mundo hace simulaciones en la cuales sus “poderes, dominios y virtudes” ejecutan “acciones quirúrgicas”. Su moralidad prevalece sobre las cosas, vociferando mentiras bien elaboradas, fomentando aquelarres, defendiendo la banalidad, el ego, el capricho y la muerte.
El Amo de mundo se ufana de sus victorias, pero olvida lo esencial: que más temprano que tarde será “arrojado al lago de fuego y azufre” y que el bien siempre triunfa sobre el mal.
La entrada El amo se publicó primero en Últimas Noticias.
