13 enero, 2026

Crítica ‘Rental Family (Familia de alquiler)’

rental-family-critica


Valoración

Qué bien nos cae Brendan Fraser y qué gusto da verle en pantalla cuando el material le entiende. Aquí, además, la premisa parece escrita a medida para ese Fraser que conocemos: el buen tipo, el de la sonrisa amable, el que te rompe un poco por dentro cuando le ves pasarlo mal. Y sí, Rental Family juega esa carta con bastante inteligencia… aunque también con una prudencia que, honestamente, termina pesando. 

Hikari (a quien muchos tienen ubicada por Bronca/Beef de Netflix) coloca a Phillip (Fraser), actor estadounidense en Tokio, en una de esas situaciones que son oro dramático: entra a trabajar para una empresa de “familia de alquiler”, interpretando roles en la vida de desconocidos (padre, novio, amigo, lo que toque), y empieza a confundir —o a mezclar— el trabajo con algo que se parece demasiado a pertenecer a algún sitio. El punto de partida es potente porque toca soledad, necesidad de afecto y la forma en que el capitalismo (o la vida moderna, seamos claros) termina empaquetando incluso lo emocional. 

El problema es que la película no termina de morder. Y eso que tiene dientes.

Porque cuando el guion se asoma a lo realmente incómodo —¿qué significa “cuidar” si te están pagando por ello?, ¿qué ética hay en vender presencia?, ¿quién se beneficia de esta ficción?—, Rental Family suele escoger el camino más amable. No es un film redondo, claro: funciona como feelgood movie y, en ese sentido, su calidez es real, pero su mirada acaba siendo demasiado segura, demasiado “para todos los públicos”. Al final, el dilema moral se plantea… y se deja un poco ahí, flotando en la superficie. 

Y ojo, que hay oficio. Hikari sabe encontrar pequeños momentos que sostienen la película (un gesto, una pausa, una conversación que parece banal pero no lo es). También hay un Tokyo que se siente vivido, no postcard, y eso siempre se agradece. Pero la puesta en escena rara vez arriesga: es funcional, correcta, y por momentos parece que la película se conforma con que Fraser haga el trabajo emocional por ella. Y Fraser lo hace, porque es Fraser: su calidez es el motor, su vulnerabilidad el ancla, su “estar” lo que te invita a seguir. 

De hecho, cuando más se acerca a algo especial es cuando el film deja de ser “la idea” (la industria del alquiler afectivo) y se convierte en “la herida”: Phillip como actor solitario que lleva años sobreviviendo, encadenando trabajos, buscando un hueco, y encontrando sentido justo en el lugar más extraño. Ahí la película roza algo muy humano. Pero luego vuelve a lo confortable, a esa sensación de que todo está calibrado para que salgamos de la sala con un nudo bonito en la garganta… sin demasiadas preguntas incómodas en la cabeza. Y a mí, personalmente, no me ha llegado tanto como debería. 

Así que sí: es amable, se deja ver, tiene corazón y a Fraser se le quiere. Pero también es una película que parece asustada de su propio potencial. Ni fu ni fa. Y es una pena, porque con este punto de partida y con este protagonista, había espacio para algo bastante más incisivo.



Source link