17 abril, 2026
¡Hasta cuándo árboles!

Las concesionarias de autos andan lidiando con el duro dilema de decidir entre inyectar aceite quemado y lubricantes o lapidar con cemento las raíces de los árboles que impiden a sus clientes mirar el rostro de sus negocios.

Y aun cuando lo más frecuente es la tala sin rubor y descaro, seguida de  la quema y extracción de raíces con grúas, la lápida con cemento toma cada vez más fuerza, pues permite una excusable caída arbórea sin responsables aparentes.

La santa sepultura con concreto es visible a los pies de cualquier árbol erguido frente a las concesionarias, pero ya se observa con mayor frecuencia frente a cualquier negocio ubicado en las avenidas, calles y urbanizaciones donde la conciencia y organización comunitaria no existe o es débil; y donde las alcaldías municipales permiten a sus funcionarios emplear las ordenanzas ambientales como normas de chantaje para “redondearse” el salario.

Fíjese en la deforestación de Las Mercedes, Santa Mónica, Los Rosales, Caricuao, El Bosque, Catia, La California, El Valle. Tan pronto las antiguas casas y sus frondosos jardines comienzan a ser transformados en “Emprendimientos”, arranca la tala con o sin permiso, argüida con la manida y soterrada excusa de que obstruyen la visibilidad del negocio, levantan el piso o impiden el paso de vehículos.

Los árboles también “ladillan” a muchas familias. Los argumentos preferidos para talar cualquier arbusto, por pequeño que sea, cuando está dentro de la casa, es: “Yo en mi casa hago lo que me da la gana”; y cuando está en la acera, es porque la raíz está deteriorando las bases de la casa o es la culpable de la cañería obstruida, aun cuando al ser destapadas sean visibles, notorio y comunicacionales los vellos púbicos de la señora enrollados en la guaya.

Eso sí. Nuestros medios de comunicación mantienen con fidelidad la línea editorial-informativa de que todo árbol caído es responsabilidad del árbol. ¡Árbol derriba casa y aplasta auto! Ponen en titulares. Jamás la responsabilidad es del inteligente, civilizado y ecológico ciudadano, el mismo que se queja a rabiar cuando el chorro no aparece en las tuberías.

Pero no solo las concesionarias asesinan árboles. También estorban a Corpoelec, el Ministerio para el Poder Popular de la Infraestructura, PDVSA y el organismo que debería velar por ser la razón de su existencia: Hidrocapital.

A la primera no le basta con deforestar miles de hectáreas para sembrar con torres y púas nuestro emblemático cerro Waraira Repano, sino que además tala, sin piedad, toda rama cercana a los tendidos de sus cables.

Al Ministerio tampoco le faltan escrúpulos para “podar” las ramas que intentan crear túneles verdes en algunas zonas de la autopista Cacique Guaicaipuro. Cuando enciende la motosierra uribista, nada le importa desequilibrar los árboles hasta quebrar sus ramas y hacerlas caer sobre el Guaire, histórico y emblemático río que pide, en su lenta agonía, que usen sus orillas para adornar a Caracas con una arboleda de araguaneyes, apamates, trinitarias, desde Caricuao hasta Petare.  

¿Más ejemplos de ecocidio? Con alarde “Bolivariano” PDVSA está empeñada en mostrar su patriotismo inoculando con pintura tricolor las cortezas de los árboles aledaños a su sede en La Campiña, mientras Hidrocapital tala sin piedad el platanal levantado en el jardín ubicado frente a la estación de bombeo de agua de La Florida, para sembrar semillas de piedra y granzón.

Al igual que ocurre con todo quien incumpla las normas y valores de esta fragmentada y segmentada sociedad, léase locos, gays, putas, indigentes, en fin, toda minoría desadaptada, a los árboles les han prohibido integrar la ciudad; les tienen reservado su campo de concentración, con derecho de admisión y enfermedades transmisibles incluidas.

Para mostrar ante el mundo nuestra inhumana incapacidad para cohabitar con los árboles, algunos son confinados en esa Casa tan capaz de vencer las sombras, UCV, que los somete a la tiña y a una especial desatención fitosanitaria; otros son recluidos en el Waraira Repano, donde son torturados con invasiones, extracción de especies, rabietas incineradoras de los manitos blancas amiguitos de Guaidó. O víctimas de las navajas de apasionados excursionistas que en sus ardientes amoríos los apuñalan para juntarse “Te amo”.

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